
- Domingo, 6 de diciembre de 2002 -
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LA IGLESIA PERUANA LLEVA EN SU CORAZON A LOS FIELES DE LA COMUNIDAD QUECHUA HABLANTE Muy querido Padre Juan Serpa, que Dios le de mucha fuerza ya que realmente es envidiable el enorme esfuerzo con que trabaja tantos años con los fieles de habla quechua, y en el colegio, en la obra de Ñaña, y en el comedor de los niños. Queridos hermanos todos en Cristo: Tenemos que rezar para que hayan más sacerdotes, necesitamos más sacerdotes para que sigan explicando el evangelio, en castellano y en quechua. Hay que tener más vocaciones, por eso mis primeras palabras de saludo van unidas a darle gracias a Dios por este sacerdote, el Padre Juan Serpa, hijo de la Iglesia Católica, fiel a su ministerio, que por la gracia de Dios y por su fe en Cristo va sembrando en vuestros corazones la fe, la esperanza, el amor cristiano. Que Dios lo bendiga, que Dios le de fuerza. Tenemos para muchos años más al Padre Serpa, yo lo veo alegre y lleno de vida, porque esa vida viene de Cristo y viene de ustedes. Mientras ustedes lo acompañen, con trabajo, con su fe, siguiendo los consejos del evangelio, él tendrá una segunda juventud, y permanentemente su alma estará joven. Por eso, quiero pedirle a Dios que lo bendiga mucho Padre, que lo llene de su fe, de su esperanza, de su amor, y también pido a Dios que ustedes sean buenos hijos, sabiendo obedecer todo lo que su Pastor les enseña. Tantas veces yo recuerdo emocionado momentos en Ayacucho y en otros rincones de la sierra del país, porque quien va por la sierra, se queda enamorado de ella. Y hoy he aprendido mucho de lo que ha explicado el Padre Serpa, sobre esas "mamitas", aquellas familias que ofrecen a sus hijos a Dios, y que reciben con tanto cariño al padrecito, a la religiosa o al catequista. He vivido estas fiestas patronales diez largos años, y quiero que siempre vayan mejorando; porque a veces se exagera en esas fiestas con los licores, y por eso les dijo que procuren cuidar que las fiestas religiosas no estén acompañadas de tanto alcohol. Yo aprendí a querer a Dios y a María Santísima con esa fe que es un regalo que Dios nos ha dado; y por eso, aunque no puedo venir con frecuencia, en el programa de radio siempre me acuerdo de la vida de estos poblados, y recuerdo con qué cariño cuidan sus templos, adornan sus imágenes, y me acuerdo de esos mayordomos, de esas hermandades, eso es parte de mi fe. Dios quiso que estuviera diez años en Ayacucho, y en esos diez años aprendí a tener esa fe, sencilla, porque así lo dice el evangelio: Dios Padre quiso revelar el amor de su hijo a la gente sencilla. Siempre que he estado con el Santo Padre -la última vez en junio- él me pregunta: "¿cómo esta ese pueblo peruano?". Y en una ocasión él me decía, recordando su paso por Cuzco: "es alto", porque el día que visitó la ciudad estaba con un poco de fiebre; "es frío", porque ese día llovía; "las montañas son muy altas", y el Papa luego decía que en su país, Polonia, las montañas son más bajas y podía treparlas. "Yo de joven iba con los muchachos a trepar por los montes, pero ustedes tienen unas montañas inmensas, no es fácil subirlas", decía el Santo Padre. Todo esos detalles los recordaba claramente, e incluso me decía: "los ríos en mi país los navegamos en canoas, los de ustedes son más peligrosos y caudalosos". Y además, el Papa recordaba con enorme alegría esa visita del año 1985, cuando visitó Cuzco, Ayacucho, y pasó por Arequipa, Trujillo, Piura, Lima. Por eso, ahora que ustedes piensan "¿cómo hará el Papa para acordarse de todo?", yo les digo: Dios hace que el Papa tenga un corazón muy grande, por eso podemos decir que el Papa es un hombre que "se roba el corazón", porque Dios le ha dado un corazón muy grande, y se acuerda de cada uno de nosotros. El Santo Padre también me dijo: "Cardenal, cuando regrese, les da la bendición". Y ahora, al acabar la misa les daré la bendición, en nombre de él, y porque el Obispo procura ser un buen hijo del Papa, y procura que en su corazón haya espacio para todos. Este año el Papa ha proclamado el Año del Rosario, y por eso cuando rezamos ese rosario de recuerdos, ese rosario de bendiciones, ese rosario de problemas, lo ponemos en manos de la Virgen. Y así nos unimos en el Padre Nuestro, el Ave María, cada uno en el rincón donde esté, pero hablándole a una misma mamacha, a la misma Virgen, al mismo corazón. Somos muchos hijos, con una sola madre, María. Y ella, en un solo corazón nos une a todos, y por eso sabemos perdonarnos, querernos, ayudarnos, unirnos, porque ese corazón de nuestra única madre reúne el corazón de todos nuestros hijos, y lo mismo en la eucaristía. Ese único padre que está en los cielos, envío a su único hijo, Cristo, para que esté en la eucaristía y ahora en el altar, en la hostia santa. Cómo le cantan, con que cariño, a esa tierra bendita de Ayacucho, donde el cuerpo de Cristo nos une a todos en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, por eso hermanos, recordemos siempre que somos una familia. Y yo como obispo, represento a Cristo, por eso cuando les hablo, les hablo de él; represento a mi madre, a la Virgen María, por eso les hablo de ella; y ustedes todos, por el bautismo, son hijos adoptados. Porque Cristo los ha adoptado a todos y les ha dicho "la puerta de entrada soy yo, entren a mi casa que es la Iglesia y allí encontrarás a Dios Padre y Espíritu Santo. Y la dueña de casa es María", nos dice Cristo. Hermanos, pensemos que esto lo podemos hacer en cada hogar, con tus hijos, con tus padres. Cuando tienes problemas ¿no puedes levantar la mirada a la cruz y decir: "estoy viviendo junto a ti Cristo, este momento de dolor"?. Porque así se hará más llevadero, se abrirá una esperanza. Y cuando no sepas qué hacer, o estas confundido, ¿no le puedes decir al Espíritu Santo: "tú que eres el maestro, el mejor catequista, tú que eres el mejor consuelo, dime qué hago?". Realmente ustedes tienen un corazón inmenso, una fe muy grande, y el Señor les pide ahora -en estos días, cercanos a la fiesta de la Inmaculada- que se entiendan y se quieran más; mientras que la Virgen María les recuerda: "estoy a pocas semanas de dar a luz a Cristo". Imagínense una madre que está a pocas semanas de dar a luz. Ustedes, mujeres, acompañen a María en estas semanas finales, y ustedes hombres, acompañen a José, cuidando a María, buscando que no se canse, ayudándola para que no haga esfuerzo, buscando un sitio para el nacimiento: y recuerden que Cristo está en esos niños, en esos hijos, y está a punto de venir al mundo. Recuerdo que en la sierra yo celebraba la misa en el día de navidad, y venían un montón de "niños Jesús" y se colocaban encima del altar; entonces celebraba la misa para cientos de niños pequeñitos, después les echábamos agua bendita y finalmente los regresábamos a su hogar. Todo eso es obra de nuestros hermanos mayores, abuelos, bisabuelos que nos acompañan desde la otra vida. Y esos abuelos, misioneros, sacerdotes, a lo largo de los años han sostenido esa tradición, y ahora el Padre Serpa la mantiene con fuerza. Vamos a rezar, para que hayan sacerdotes, vocaciones, y para que podamos continuar esta tradición. Y ustedes mantengan ese amor a Dios Padre, Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y Santa María. Me acuerdo que en el evangelio dice Jesús: "que se curen conforme a vuestra fe". Esto es lo que me pide el Señor: auméntame la fe, que yo crea que me escuchas, que me ayudes, que me quieres, que yo rece por mis esposa, mi esposo, por mis padres; cuántos milagros necesita la juventud, para que aprenda a ser respetuosa de su fe, y a pedir perdón cuando comete pecado. Hoy solamente he venido a agradecerles su fe, a decirles que sigamos por ese camino, y para rezar en la Santa Misa por ustedes. Sepan que este Pastor los lleva en el corazón, siempre. Que Dios los bendiga a todos, y muchas gracias. Así sea. |
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |