
- Domingo, 10 de febrero de 2002 -
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Muy queridos hermanos en Cristo: De manera especial quiero saludar a estos hermanos nuestros, enfermos, que hoy van a recibir la unción de los enfermos. Que sepan que el Señor está especialmente cerca de ustedes. Y también quiero saludar a los miembros del cuerpo médico, a los miembros de diferentes voluntariados, a los capellanes, a todos los que de alguna manera trabajan en la asistencia de esta dimensión humana, tan especial. Justamente quería recordar unas palabras del beato Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, que en ese libro tan conocido, que se llama "Camino", escribió estas palabras: "niño, enfermo, al escribir estas palabras siempre tengo la tentación de ponerlas con mayúsculas, porque para un alma enamorada de Dios, los niños y los enfermos son El, son Cristo". Esta es predilección de Dios, es el tesoro de la Iglesia, y es esa dimensión de la sociedad que se refleja al tratar con especial cariño a los niños, a los enfermos; y se expresa cuando se moviliza el voluntariado por el mundo entero, también en el Perú, y cuando vemos que las congregaciones religiosas -por siglos- han hecho de su servir a Dios, y del estar junto a Cristo y al enfermo, su vida. Y a ustedes hermanos, que pasan por una etapa de sufrimiento, el Papa les escribe: "la respuesta al porqué del sufrimiento ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Cristo. Allí el sufrimiento asume un nuevo significado hermanos -y esto es para todos- ya que asume el sentido del pecado; el darnos cuenta que tenemos dentro, todos, una falta con Dios, y que muchas veces el Señor y su bondad nos une a la cruz y a su hijo". Y entonces el dolor deja de ser un problema, el dolor adquiere un significado, no es que físicamente no te duela, pero espiritualmente hay una fuerza en el corazón; entiendo por qué me uno a Jesús para pedirle perdón por mis pecados, para pedirle perdón por los pecados de los demás, y de esa manera, esta gran familia que hoy se ha reunido en la Catedral tenemos ese privilegio, de estar cerca del misterio, del amor de Dios, de la cruz. Que nunca perdamos de vista, ni ustedes en su enfermedad, ni los voluntarios, ni las religiosas, ni los capellanes, ni los familiares, que no perdamos de vista que son predilección del mismo Dios. Es un motivo especial de solidaridad, y el Papa se refiere de manera especial a todos esos hombres y mujeres que trabajan en el ámbito de la asistencia sanitaria: directores de los centros sanitarios, capellanes, médicos, investigadores, enfermeros, farmacéuticos, personal de enfermería, voluntarios, a todos ellos les dice "estoy conmovido profundamente ante el extraordinario testimonio cristiano de ustedes, que se ocupan generosamente de los enfermos". Por eso hoy, expresando ese testimonio del Papa en su mensaje, también yo quiero transmitirle mi agradecimiento y mi exhortación: ayuden a esos miles y miles de enfermos, no sólo los que están en los hospitales, ya que hay muchos que ni siquiera llegan a los hospitales; háganle ver que ese dolor, que esa postración no tiene por qué ser soledad, indiferencia. Recuerdo una anécdota que contaba el fundador del Opus Dei cuando a un enfermo le preguntaban, "¿y cómo te atienden?", y decía el enfermo "aquí me atienden con mucha calidad, pero en mi casa me atendían con mucho cariño". Que a nadie le pase que sienta esta soledad. Por ello, debemos saber vivir esas virtudes, las que yo te señalo citando al Santo Padre: "para nosotros, la vida diaria, aparentemente gris, aparentemente monótona, está hecho de gestos que parecen que son todos iguales, pero que tienen un relieve de una dimensión sobrenatural. Ese es Cristo, en mi hermano, en el enfermo, en todos ustedes, en cada uno de nosotros". Por eso Señor, auméntanos la fe, porque esa dimensión sobrenatural está en esos pequeños detalles, en esa sonrisa amable, en ese pedir un "por favor", en los enfermos, en esa paciencia, en ese obedecer a los médicos, en las enfermeras; en esos detalles pequeños como mover un poco al enfermo para darle el alimento...en fin, son tantos momentos en que esos detalles pequeños nos hacen ver que allí está Cristo. Por eso hoy, nuestra sociedad nos pide más que nunca ayudar al prójimo, de la manera que hemos escuchado en la segunda lectura, de San Pablo: "Cristo me ha enviado a evangelizar, pero no con sabiduría, para quitarle eficacia a la cruz; no se trata de palabras bonitas, de decir cosas muy sentimentales, Jesús quiere que tu cruz se ilumine y no sea una cosa negativa, pesimista, violenta. Quiere que sea el trono de la paz, de la amistad, del cariño, de la fraternidad, de la cruz". Y este mundo que huye de la cruz, huye de Dios. Por eso, cuando hoy celebramos esta jornada de los enfermos, sabemos que estamos reunidos quienes vivimos en ese clima de respeto y amor a la cruz, y quienes estamos en esos pequeños esfuerzos de cada día. Por ello, esta oración de San Agustín la hacemos nuestra: "haz Señor que te busque, invocando, y que te invoque creyendo en ti". La fe es fundamental, cuántas veces ustedes que se pasan horas aparentemente monótonas, aparentemente iguales, recuerdan que Jesús está dentro del alma de cada uno de ustedes, especialmente cercano. Y cada enfermo sabe que todos los que trabajan en el voluntariado, y todas las religiosas y religiosos que ayudan, están sólo por ti; cada enfermo es el único, no hay grupos, cada uno es Cristo. Por eso, nos dice la antífona hoy en la oración de los sacerdotes: "el árbol de la vida es tu cruz, oh Señor". Vamos a pedirle al Señor que esta sociedad, que este mundo, que a veces se torna frío y áspero -esa sal de la que hemos hablado en el evangelio- cambie con la presencia de unos niños, de unos enfermos que encuentran todo el cariño, el calor, la cercanía, la asistencia médica, no de un gobierno, no de un estado, sino de la humanidad, de cada uno de nosotros. Y quiero saludar especialmente a las autoridades que están aquí, representando al ministerio de Salud, representando al sistema de Essalud, representando a tantos voluntarios de todo el país. Quiero decirles que la Iglesia les agradece su trabajo, sigan convocando a tanta gente para hacer este mundo más humano. Y veremos así esa revolución pacífica. Ya desde ahora invocó a mis hermanos del Sutep para que terminen esta huelga de hambre, debemos seguir la revolución pacífica del diálogo, del respeto, en la que se respete a la dignidad humana, toda dignidad humana. No hay diferencia, ni de clases, ni de condiciones humanas, ni de razas, ni de colores, hay una sola dignidad, una sola familia, los hijos de Dios. Para que resurja la comprensión, la capacidad de perdonar, no hay vencedores ni vencidos, esa vieja lucha de clases ya pasó, hoy hablamos del perdón, hoy hablamos de la justicia, hoy hablamos del diálogo, hoy hablamos de la apertura hacia los demás. Hago un llamado a la solidaridad, no solamente son estructuras ni instrumentos legales, es poner en funcionamiento un suplemento de alma, compartir, dar, ayudar, todos estamos convocados. Ese deseo de ser felices, o de ver felices a los demás, es un desafío para la Iglesia Católica; hoy la gente pide a la Iglesia, "queremos testigos vivos de Cristo, no queremos sólo palabras, queremos ejemplos vivos que esta doctrina es realidad, de que Cristo sigue vivo de manera especial en los niños, en los enfermos, y en los jóvenes". No se logra con ideología política, ni con manipulación, sino con un mensaje evangélico, eso es lo que nos piden; y esto es lo que el beato Josemaría Escrivá -a quien esperamos verlo pronto en los altares- fundador del Opus Dei, siempre nos enseño, cuando iba por esas barriadas pobres y paseaba por esos hospitales, y les decía a los enfermos, "ustedes son un tesoro, ustedes apoyan a esta obra que nace". Es igual hoy, cuando veo a estas religiosas, y a estos voluntarios, a estos sacerdotes, a estos enfermos, y les digo lo mismo: la Iglesia cuenta con ustedes para ser santa, para vivir en paz, para ser felices, para ver felices a los demás. Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |