
- Domingo, 10 de noviembre de 2002 -
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"BUSQUEMOS
LA SANTIDAD La primera lectura de hoy es apasionante, porque es del Libro de la Sabiduría. Es la palabra inspirada que nos quiere hablar de la sabiduría, de esa sabiduría que el Señor ha querido revelar a la gente sencilla y humilde, a la gente común y corriente. Y leemos en estas palabras que la sabiduría es radiante, que la ven fácilmente los que la aman, y que la encuentran siempre los que la buscan. Ella misma se da a conocer a los que la desean. ¿Y qué sabiduría es esta?, pues no es la sabiduría de la química, ni de la ingeniería, tampoco es la sabiduría de la agricultura. Es una única sabiduría necesaria: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo. Lo que el Santo Padre nos acaba de recordar, una vez más, es la necesidad de ver el rostro de Cristo; esta es la sabiduría que todos debemos conocer ahora, por eso, pregúntate: ¿cómo va en mi corazón esta sabiduría, este conocimiento amoroso de Jesús?. Esta sabiduría es la que me lleva a vivir las situaciones de trabajo, de ayuda a los enfermos, de acercamiento a la gente pobre, es la que me lleva a esforzarme en el trabajo y por la familia, pero siempre con los ojos de Cristo, con los sentimientos de Cristo. Esta es la sabiduría que es radiante -según la sagrada escritura- y es la que ve fácilmente a los que la aman. Por eso, Señor, te pido que amemos esta sabiduría de buscarte, de conocerte, de amarte, de lograr que seas tú mi mejor amigo; pero recordemos que para ello, hace falta un esfuerzo de nuestra parte. El Señor quiere ser nuestro amigo, el Señor quiere acompañarnos, darnos esa luz, ese sentimiento de amor, de alegría; somos nosotros los que hoy, en este momento de meditación, debemos de hacer un examen de conciencia. Voy a leer unas palabras del cardenal Ratzinger, con relación a lo que debe ser esta sabiduría de la santidad, que es buscar a Cristo. Dice el cardenal Ratzinger así: "debemos tener un concepto equivocado de santidad, porque muchas veces se piensa "la santidad no es para mi", o se cree que es algo muy alto para la comprensión humana". Y el cardenal Ratzinger agrega, siguiendo las palabras del Papa Juan Pablo II: "si eso fuera cierto, entonces la santidad estaría reservada sólo a unos cuantos genios, a unos cuantos especialistas, a unas cuantas personas extrañas que resultan que quieren ser santos. No es así, porque la santidad es para nosotros, para todos, y es sólo el deseo que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo", dice el cardenal. Yo se que de repente me dirás que eres débil, y que tienes muchos errores en tu vida, pero eso no es una excusa. Y aquí hay un mensaje de la sabiduría, muy claro: "ser santo, equivale a decir que en tu vida se manifiesta la presencia de Dios, porque Dios hace en ti todo lo que tú no eres capaz de hacer solo. Y ser santo es reflejar la acción de Dios". Esa acción de Dios se manifiesta cuando encuentras en tu vida a una persona que tiene una dificultad, y a pesar de ello está alegre. Te preguntas "¿pero cómo puede estar alegre esta persona en medio de una dificultad?", y la respuesta es porque Dios se manifiesta en esa persona, porque Dios actúa en esa persona que le deja actuar. Pregúntale a esa persona por qué a pesar de su dificultad o de su falta de empleo, está alegre, sereno, y te dirá que "es porque Cristo vive en mí". Por eso, el cardenal Ratzinger nos dice así: "el santo refleja la acción de Dios en medio de su debilidad, de su limitación, y entonces le dicen: "¿y cómo puedes estar amable y cariñoso con quién te insulta?". Pues precisamente porque hay un algo que no es suyo, por eso la Iglesia declara que un santo vive una virtud heroicamente, porque sin ayuda de Dios, la persona no podría", dice. Por eso hermanos, sepamos que la santidad no refleja si esa persona tiene mucha habilidad o es muy inteligente, no, refleja más bien -y es lo que la Iglesia nos enseña- que en su vida está Dios. Por eso, fíjate en su enfermedad o en la paz con que ofrecía sus dolores; fíjate en la calumnia, en la persecución que sufrió, o en la serenidad y el buen humor con que acogía a quienes lo molestaban. Fíjate cuando ese santo estaba débil, o cuando estaba cansado, o con qué gozo seguía atendiendo a los enfermos, y viajando por los pueblos; fíjate en aquella madre, que viendo a esa hija sola y enferma, la acogía en sus brazos para llenarla de cariño y de besos; o fíjate en aquel sacerdote, que caminando horas y horas iba a aquel pueblo a celebrar la santa misa. ¿Y podemos decir acaso que eran hombres y mujeres especiales?. No lo eran, por ello debemos pensar que si buscamos la santidad, ella se reflejará en tu vida y la mía, porque Dios esta allí. Por eso, recordemos que la santidad no significa que tú puedas hacer cosas grandes por ti mismo, no, sino que la santidad significa que en tu vida aparezcan acciones que tú no has hecho, y que has dejado que Dios haga en ti. Por eso la puerta de la santidad es la humildad. Y en este año del Santo Rosario, le pedimos a la Virgen María así: enséñanos a ser humildes, porque si yo le muestro a Dios mi corazón, mis sentimientos que a veces están con odio, con venganza; si le muestro mis pensamientos y le abro las puertas de la humildad en mi alma, el Señor entrará, corregirá, iluminará y pondrá en ella esas palabras de la escritura: "la sabiduría es radiante, por ello el santo o la santa será alegre y serena aún en medio de sus limitaciones". Por eso he pronunciado estas palabras sobre la sabiduría. Y especialmente hoy que celebramos las Bodas de Plata de las Hijas de Nuestra Señora de la Piedad, pensemos de qué servirían todas las obras si no buscamos la santidad. En el evangelio de hoy encontramos el relato de las cinco vírgenes necias y de las cinco prudentes, que fueron a esperar a Jesús. Las diez tenían un mérito, ya que fueron a esperar la venida de Jesús, pero cinco eran prudentes -tenían esa sabiduría- y cinco eran necias, y pensaban que podían hacer todo por su cuenta. Y cuando llega el momento más duro en su vocación, a las vírgenes necias se les termina la fe, se les acaban las ganas, y dicen así: "ya no puedo seguir perdonando", "rezo demasiado", o "esta devoción es muy superior a mis fuerzas". Y entonces las vírgenes prudentes, con esa sabiduría de Dios, con esa humildad con que salieron a ayudar al Señor, le dicen "aquí estoy, Jesús". ¿Y esa sabiduría donde está?, pues en la oración. Por ello, no dejemos de elevar siempre un pensamiento al Señor, al empezar el día, cuando aflojan las fuerzas, o cuando estemos llenos de gozo. Y fíjate que las palabras del Señor nos llevan a tener ese gran amor a la Iglesia. El amor a la Iglesia no está en no ofenderla, sino en amarla; y quien ama a la Iglesia, ama a los sacramentos, ama al magisterio, ama la sagrada escritura, a los religiosos, ama a los sacerdotes. Y tantas veces en el mundo de hoy, ese amor a la Iglesia nos lleva a decirles a esas vírgenes necias que aún existen: "reza, acércate a la confesión", o "ora con tu rosario". Ese amor a la Iglesia, a la esposa, a los hijos, está mucho más allá de no hacerles daño. Por eso, vamos a pedirle a nuestra madre, en el Año del Rosario, así: enséñanos a amar a la Iglesia con obras y de verdad, enséñanos a adqurir esa sabiduría que es decir "quiero ser santo". Quiero Jesús que entres en mi alma, y que de mí, que soy limitado y que estoy lleno de errores, hagas un hombre que refleje el rostro de Cristo. Y se lo pido a Nuestra Madre porque ella me va a decir siempre "yo te guío y te ayudo". Verás como de la mano de María encuentras el rostro de Cristo y no sufres ese gran susto que nos relata la Biblia; porque casi al acabar el evangelio, se dice que hay un gran susto y vienen aquellas mujeres necias a decirle al Señor: "ábrenos, aquí estamos tus amigas, que siempre hemos querido ser buenas, aquí estamos". Y el Señor las mira y les dice: "no las reconozco". En el fondo les quiere decir: "no las reconozco, no veo el rostro de Cristo en ustedes, no veo los rasgos de mi madre, Santa María en ustedes". Pues para no tener sustos, busquemos la santidad, hoy y ahora. Hermanas que cumplen sus Bodas de Plata, que Dios las bendiga abundantemente con santidad y con vocaciones. Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |