
- Domingo, 12 de mayo de 2002 -
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Excelentísimos Obispos auxiliares de Lima, excelentísimo señor Dean del Cabildo de la Catedral, excelentísimo Director de la Oficina del Santo Rosario, queridos miembros de las hermandades que hoy nos acompañan, y queridos hermanos todos en Cristo: Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor, la ascensión del Señor que ha quedado en los corazones de todos nosotros como esa permanente necesidad de tener una visión de fe, de sentir el deber de no quedarnos tranquilos viendo las cosas solamente a un nivel humano, porque necesitamos también ver detrás. Debemos preguntarnos Señor, "¿qué quieres tu de mí, ahora?". Esa ascensión del Señor nos lleva a tener siempre el deseo de mirar a Dios, de buscar a Dios, de escuchar a Dios. Y ese deseo lo tenemos todos, quizás a veces no lo queremos poner en práctica, pero todos tenemos una inquietud buena que nos dice: "nunca encontrarás toda tu felicidad aquí en la tierra, nunca llegarás a tener esa alegría plena que buscas, por eso te invito a que te pongas los anteojos de la fe, y al mismo tiempo midas tu trabajo, tu hogar, tu esfuerzo, tu descanso, tu enfermedad, con ojos humanos". Y también nos dice el Señor: "eleva esa mirada como los discípulos, elévala y busca las cosas de Dios". Preguntémonos qué quiere Dios de mi vida, qué quiere Dios de mi trabajo, de mi hogar, y así verás cómo este suceso histórico fue real: un día, estando los apóstoles en el monte donde Cristo los había convocado, vieron como el Señor se elevaba, y con ello la humanidad, nosotros, fuimos introducidos a la divinidad. Por eso hermanos, si en esta época parece que la dimensión divina de nuestra vida está apagada, tenemos que preguntarnos cómo podemos hacer para reavivarla en el hogar. Por ejemplo, bastaría con esa costumbre maravillosa de rezar el rosario, bastaría con esa costumbre de iniciar el día ofreciéndoselo a Jesús, bastaría con darle gracias a Dios por habernos dado un día más de vida; y cuando vamos a la calle o al trabajo, deberíamos hablar con él, para decirle: "ayúdame que hoy, en mi trabajo, tengo alguna preocupación", o para decirle "tengo alguna dificultad en mi hogar, dame paz, dame serenidad, dame gozo, enséñame a mirar con ojos de fe". Sólo así podremos volver a vivir este hecho de la ascensión. Por eso, la fiesta de hoy nos ha dejado una nostalgia, como cuando uno extraña a un pariente, a un amigo que se fue lejos, o algún familiar que ya no está aquí, y uno lo recuerda con cariño. Nosotros desde este momento de la ascensión, extrañamos la mirada, la voz, los gestos de Jesús, pero a veces nos hace falta también tenerlo al lado, y por eso nos hemos quedado con esta inquietud. Digamos "Señor, quiero ver tu rostro", porque allí es donde debemos poner esa humildad para pedirle a María que nos aumente la fe, porque sólo puedo ver el rostro de Cristo con esa mirada de la fe; y con fe podremos ver su rostro en el hogar, en los hijos, en el trabajo, o en la enfermedad. El Señor me hará ver detrás de aquel hijo, aquella esposa, aquella abuelita o aquel niño, y me dirá "aquí estoy", para que no seamos hombres y mujeres sin fe. Decimos que tenemos fe, y ¿donde están las obras?, ¿por qué te desesperas cuando hay una dificultad?, ¿por qué no sabes perdonar cuando a veces te equivocas?, ¿por qué vivir siempre esa soberbia, ese orgullo, por qué no podemos entendernos?. Dime por qué no veo con los ojos de fe y veo con los ojos puramente mundanos y sólo pienso en cuál es el beneficio, cuál es lo que yo saco o para qué me sirve esto. También dices a veces ¿para qué tengo yo que cambiar?, o dices "yo no tengo que pedirle perdón a nadie", "yo no me equivoco", y entonces aparece esa soberbia de hombres y mujeres metidos en el mundo como si todo fuera a terminar aquí en la tierra. Pensemos en esas palabras que hemos visto en los Hechos de los Apóstoles, en las que unos ángeles le dicen a aquellos hombres: "¿qué hacen aquí mirando al cielo?. El mismo Jesús que nos ha dejado para subir al cielo, volverá, y del mismo modo que lo han visto elevarse al cielo". Por eso, al celebrar hoy esta solemnidad de la Ascensión del Señor, sabemos que Cristo está con nosotros en la eucaristía, en la confesión, en la oración. Y ese Cristo quiere participar en el mundo que salió de sus manos, pero muchas veces encontramos que la gente dice que cree, pero no cree. La mentira no puede ser al mismo tiempo que la fe; la violencia no puede estar unida a la fe; el egoísmo no puede estar unido a la fe, el matrimonio, cuando se rompe, no puede estar unido a la fe. Cuando vemos todas estas manifestaciones de mentiras, de violencia, de egoísmo, preguntamos ¿dónde está la fe?, ¿por qué no me puedo yo entender con mi hermano, con mi esposa, con mis padres, con mis hijos?. Pues porque me falta fe. Por ello, te pedimos Jesús, danos esa confianza porque te necesitamos. Y San Pablo que vivió esa época nos dice que Jesús nos da el espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo. Y para conocerlo, hay que tratarlo, hay que hablar con él, hay que leer el evangelio, hay que visitarlo en las iglesias, hay que saber tratar a nuestros amigos. Cuando veas a Jesús detrás de aquel niño, aquel padre o madre, verás que la sabiduría, la revelación, te va a dar esa fe para conocer a Dios. Porque sin Jesús esta vida es muy, muy complicada, nada fácil, casi imposible. Dios es necesario en tu alma, en tu hogar, por eso le decimos "danos ese espíritu de sabiduría". Ilumina los ojos de mi corazón, para que yo comprenda cuál es la esperanza, esa esperanza que es la que me lleva a comprender, a esperar, a tener paciencia. Me acuerdo que un amigo comentando algunas cosas de la familia, del trabajo, me dijo: "bueno, Cardenal, el problema es que yo no tengo paciencia", y vemos cuántas veces allí radica la dificultad. Pero la paciencia no se compra, la paciencia se la pedimos al Señor y nos vamos entrenando en ella. Así, evito esa palabra porque es incorrecta, no digo esa broma porque puedo molestar, evito esa mirada que no es buena, o decido esperar cuando el hijo, los padres o el abuelo, no hacen lo que yo quiero. Son peticiones concretas que le hacemos al Señor, y él nos dice muy claramente que este regalo de la fe, de la sabiduría, y de la esperanza, se la dio Jesús a la Iglesia. Por eso, cuando yo hablo no es un discurso, es una oración para que Dios, quien nos ha dado este regalo, nos lo comunique a todos, y salgamos de esta santa misa con más esperanza, más sabiduría, más deseo de conocer el rostro de Cristo en la vida diaria. Y finalmente el evangelio dice, "vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos. Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo". Que promesa más bonita, el evangelio nos dice vayan por todo el mundo hermanos, a dar esta buena nueva, a hablar, y no tengan vergüenza, porque muchas veces nos da vergüenza decirle a un amigo "oye, por qué te portas así", "oye, por qué no me acompañas a misa", y a veces por ello no podemos comunicarles el gozo del evangelio. Por eso, la Iglesia no se siente poderosa, la única fuerza de la Iglesia es la oración, esa confianza de que Dios está con la Iglesia, para que la Iglesia sirva, no con el poder, sino con la humildad, con la enseñanza. Y hoy, que celebramos el Día de la Madre, un saludo muy especial para todas las mujeres y todas las madres. Hoy que tenemos a la Señora de la Evangelización, madre de Dios, madre de la Iglesia, madre de todos los hogares, yo le pido a ella, María, que los matrimonios se unan, que los matrimonios realmente tengan confianza, que Dios está con ellos. Que de esa manera la familia sea ese lugar maravilloso de cariño, de educación, y no permitamos madres, en su día, que quede lejos lo más importante: ustedes son madres, y la madre ama, educa, une. No dejemos que esta fecha se convierta sólo en una fiesta social, porque hoy celebramos a la mujer madre, y la mujer madre está en el hogar con sus hijos, con su esposo, está con cariño, con amor, con ternura. Nada le impide a la madre que trabaje o que haga mil cosas, pero hoy la celebramos como madre, y por eso celebramos también la fiesta de la vida. Madres, cuiden a esos hijos, denles cariño y ternura. Pensemos que ellas no quieren tanto dinero, no quieren tantos regalos, no quieren tantos homenajes, cuántas veces la madre sólo quiere una mirada de cariño, un beso de amor, una palabra de cercanía. Esto es lo que María quiere hoy para todos ustedes, esa felicidad en los hogares, siendo verdaderamente madres. La Iglesia, con gozo, se une a este homenaje, y hoy en la misa rezaré por ustedes y por todas las madres del Perú, para que realmente sepan unirse en el matrimonio, ya que es un sacramento grande constituir una familia para siempre, luchando para que ese amor no decaiga cuando vienen las dificultades. Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |