
- Domingo, 15 de setiembre de 2002 -
|
Muy queridos hermanos concelebrantes, sacerdotes: Quisiera, en estos 80 años que celebra la Hermandad del Señor del Santuario de Santa Catalina, rendirle mi homenaje a esta imagen de Jesús crucificado que presidió el Congreso Eucarístico Nacional el año 2000: También mi saludo especial a la hermandad del Señor de los Milagros, al cumplirse 351 años desde aquel día en que Jesús quiso dejar ese rostro moreno en las paredes del santuario: Saludo también a mis queridos hermanos de la Vicaría de habla quechua, que hoy con su Vicario, el Padre Serpa, nos acompañan en esta celebración; También a mis queridos hermanos de Manchay, aquellos pueblos olvidados, aquellos hombres sencillos, que también han venido con su párroco, el Padre José Chuquillanqui; A los movimientos, a los grupos que trabajan con los enfermos, también al Movimiento Juan XXIII, y a todos los que hoy nos encontramos en esta Basílica Catedral para dar gracias a Dios: Hoy es fiesta de la Virgen de los Dolores, nuestra madre Santa María al pie de la cruz, y la lectura del domingo nos habla -en el Libro del Eclesiástico- sobre el perdón, el furor, la cólera; y San Pablo en la segunda lectura nos dice "ninguno vive para sí mismo, ninguno muere para sí mismo, vivimos y morimos para Cristo". Esta es la noticia para los medios de comunicación, escuchen, el saber que vivimos para Cristo. Y el evangelio de San Mateo es sobre aquella pregunta que todos nos hacemos, y que le hizo Pedro a Jesús: "¿cuántas veces hay que perdonar?". Y Jesús, usando aquella imagen de la ley Judía en la que el número 7 es signo de plenitud le dijo: "debemos perdonar 70 veces siete". En el evangelio se recuerda una parábola de Jesús: "un hombre perdonó a aquel empleado que le debía, pero ese mismo empleado, cuando fue donde otro que le debía a él, le apretó el cuello diciéndole: págame todo lo que me debes o te meteré a la cárcel". Entonces, cuando Jesús se enteró de esta actitud, le dijo: "éste pagará sus culpas porque no sabe perdonar". Hoy, Virgen dolorosa, Hermandad del Santuario de Santa Catalina, la cruz nos habla de un planteamiento muy bonito, muy claro, muy actual, estando frente a la cruz de Cristo: o se le ama o se le rechaza. Ningún corazón en el mundo a lo largo de la historia quedó indiferente ante la cruz de Cristo, por eso escuchamos las voces de quienes tal vez rechazan la cruz de Cristo. Si a Jesús, el hombre que hizo el bien, el hombre que pasó por la tierra predicando, perdonando, lo premian con la cruz, el discípulo no va a ser más que el maestro. Más bien se ofrece en paz, con firmeza, con gozo, los perdona, y pasamos la página. Yo quería hablarles hoy de quien es el ejemplo de esta conversión, quien es el ejemplo de lo que es la cruz de Cristo en los corazones; tenemos a San Agustín que nos cuenta cómo era su vida: "yo me olvidaba de Dios, y todos decían ¡qué bien, olvídate de Dios!, y es que la mayor parte de los hombres viven lejos de Dios. Y por eso le gritan a uno, ¡qué bien, no te acerques a Dios, pide tu verdad!", decía San Agustín. Pero recuerda que tu verdad no es la Verdad, porque la Verdad siempre nos hace libres". Y San Agustín decía también: "me daba vergüenza que vayan a pensar que yo me convertía, y entonces esa palabra de elogio me impedía cambiar". Más adelante agrega: "yo no tenía ninguna medida, no tenía ninguna seguridad para nada, yo iba de aquí para allá al ritmo de la música que tocaban, y estaba cegado por el odio, por la soberbia, estaba cegado por la lujuria, la fuerza de mi juventud. Estaba ofuscado y a oscuras, y mi corazón no distinguía, no sabía lo que era amistad, solamente buscaba el apetito de la carne, buscaba el odio y la venganza. Estaba sordo por el ruido de mis propias cadenas", decía. Es que San Agustín iba detrás de esas satisfacciones estériles, no tenía voluntad, y entonces, cuando estaba en esas circunstancias, encontró las palabras de su madre, Santa Mónica, que le pidió a Dios: "convierte a mi hijo". Y entonces le respondió el Señor a Mónica: "habla menos a Agustín de Dios, y habla más a Dios de Agustín". Es decir, no se trata de estar dialogando, discutiendo, insultando, se trata de hablarle a Dios y pedirle: "Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen, dales un poquito de tolerancia con la fe católica. Si a ti que hiciste el bien te trataron de esa manera, es un elogio para el hijo de Dios esta cruz, es un elogio para el Pastor el saber que pasa por el mismo camino del Redentor. Es una señal de estar en el camino correcto, el perdonar, el escuchar, el sonreír, el estar en paz, porque ese es el camino que él nos ha enseñado. La Verdad os hará libres". Entonces vamos viendo como en ese camino, Agustín, atado a su pecado, cerrado en sus ojos, va buscando su soberbia, su orgullo, su odio, su placer carnal, a pesar de que su madre trata de darle el ejemplo. Pero finalmente llegan las palabras con que Agustín -de una manera muy clara- nos abre su alma: "yo me daba cuenta que Dios hablaba en mi corazón, pero el tiempo pasaba, yo retrasaba mi conversión, porque pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a esos amores, y no pensaba en la medicina del amor a Dios, que sana esta enfermedad. Pensaba que controlar mis pasiones se logra con las propias fuerzas, y era tan necio que no sabía lo que está escrito; y por eso me abandonaba y retrasaba mi conversión, y le decía al Señor, "todavía no". Y más adelante, San Agustín nos vuelve a decir: "yo estaba como encadenado, no podía callarme porque tenía una pasión que no me dejaba, el odio la venganza, la soberbia, el orgullo, y no podía callarme. Era un grupo pequeño, pero estaba encadenado, el demonio era dueño de mi voluntad, y con mi voluntad había hecho una cadena, con la que me tenía preso. Y es que a la mala voluntad -si se obedece al deseo de las pasiones, si no se rompe esa mala voluntad- no hay manera de enderezarla. Y yo siempre me preguntaba si no era el momento para cambiar mi conducta", escribió. Esa es la vida nuestra, ese es el crucifijo, o se está con él o contra él; igual en el caso del discípulo con su maestro, o lo sigue o está contra él. Y por eso, tenemos que pedirle al Señor "ayúdanos, enséñanos ese camino de Agustín, ese camino de la conversión, ese camino del control de las pasiones, ese camino en que la Virgen María, la Virgen Dolorosa, perfectamente nos escucha, nos ayuda, y podemos contemplamos; esta es la palabra de la libertad que se vive". Pocas veces en la Iglesia hemos escuchado que cien personas, a la vista y paciencia de las autoridades, puedan interferir con un acto religioso. Católicos, a unirnos frente a cien personas y ante la pasividad de instituciones que tienen la obligación de mantener el orden público. Yo los quiero, los perdono, me alegra que el Señor vea esto, pero al mismo tiempo he de despertar las conciencias: ¿es razonable que cien personas ataquen a la Catedral de Lima, al Pastor de Lima, y los demás miren y contemplen?; ¿podemos decir que esto es libertad, tolerancia?, ¿podemos decir que estos son los derechos humanos, el derecho al insulto?. Vamos a pedirle al Señor: conviértelos, cambia sus corazones, enséñanos a vivir en paz como una familia unida, pero el Pastor tiene que estar al frente, el Pastor tiene que estar al frente de la familia católica para no admitir muchas cosas, para levantar la voz y decir -ya lo dije gritando, ahora lo digo en voz baja- basta. Pero ahora es el momento para (acabar) esto, que se llama libertad y es libertinaje, esto que se llama tolerancia y es intolerancia con la fe católica, esto que es una minoría y es un circo montado para el consumo de los medios de comunicación. Esto no lleva a la paz, el progreso, el trabajo, a lo que queremos, a ser buenos cristianos ni ayudar a los más pobres. Que el Señor los perdone, y que nos ayude a estar con esa paz que sólo viene de él. Gracias a las oraciones de ustedes está mi corazón lleno de paz, de gozo, de serenidad, y de una fuerza que es de Dios. Así sea.
|
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |