
- Domingo, 15 de diciembre de 2002 -
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LA
IGLESIA NOS LLAMA A VIVIR LA NAVIDAD Queridos hermanos todos en Cristo: En este domingo cercano a la Navidad, la Iglesia nos llama a meditar sobre el valor de la alegría, y sobre lo importante que es vivir alegres. Así lo dijo el apóstol San Pablo a los filipenses, en una epístola donde les recuerda la importancia de "estar siempre contentos". Y San Pablo les dice a los filipenses "alégrense", y luego reflexiona así: "¿por qué tengo que estar siempre alegre?: pues porque el Señor está cerca" También recuerdo unas palabras de San Josemaría, en su obra "Camino", que dicen así: "si estas triste, fíjate si entre tú y Dios hay algo que esta separándolos, y casi siempre te darás cuenta que es el pecado. Si te falta la alegría, es porque hay algo que se ha interpuesto entre tú y Dios, y que no deja que sigas esa amistad con él". La razón de nuestra alegría en esta Navidad es porque se acerca Jesús, y con él se acerca también la solución a mi tristeza, a mis momentos de desánimo, se acerca la tranquilidad, la paz al país y a todos los sectores; pero ello se producirá siempre y cuando recibamos en nuestro corazón al niño Jesús que está por nacer. Por eso en los hogares, en las escuelas, aquí mismo en el templo, o en la ciudad, ya se ven esas señales, las señales de la alegría de la Navidad. El color rosado de esta casulla que uso hoy, constituye un signo del tercer domingo de adviento, porque es un color más alegre que los usados anteriormente; por todo ello, debemos orar así: "Jesús va a nacer, en tu corazón, en tu casa y en tu mente. Entonces Señor Jesús, no tardes en venir". Por eso no cerremos la puerta de nuestro corazón, porque Jesús está cerca y sus misterios son todos misterios de alegría. Los misterios dolorosos los hemos provocado nosotros, y allí tenemos entre otros ejemplos, al niño desamparado, la falta de empleo, la salud quebrantada, la falta de verdad, y la falta de respeto a la honra y a la dignidad que todos los hombres merecemos. Jesús es gozo, y para entenderlo debes pensar en esos niños de uno, dos o tres años, que se constituyen en la alegría de la casa donde nacen, aunque lloren o rompan algo; porque tu ves luego que los abuelitos y los padres, criándolo, adquieren otra vida, y alcanzan mucha felicidad. Por eso recuerda que nos va a nacer un niño a ti y a mi, no en Belén, sino en tu corazón, en tu hogar; por eso, ábrele las puertas de tu corazón. Jesús no puede llegar donde hay pecado porque él es la Verdad, la Sabiduría, y si te toca la puerta y no le abres es porque aún no te has acercado a pedirle perdón. Que la alegría sea entonces la cercanía de la Navidad, o el acudir a la confesión con Cristo. Pídele perdón, y recuerda lo que le ocurrió a San José, cuando buscaba un sitio para su hijo que estaba a punto de nacer, y tocaba una puerta tras otra sin obtener ninguna respuesta. Por ello, debes recordar que en tu corazón puede pasar lo mismo: porque puedes repetir "te quiero Jesús" pero finalmente le dirás "no hay lugar para ti en mi corazón", o "no tengo espacio para ti en mi alma". Es que si no me confieso, o si no tengo mi corazón limpio, Jesús no puede entrar en mi alma. Jesús es un niño que ya está en todos los hogares, en esos nacimientos, en esos cantos, en esas imágenes que vemos en la ciudad; pero al mismo tiempo, Jesús nos recuerda que él puede nacer en un pesebre o incluso entre gente que ha cometido pecados, pero que se ha arrepentido de corazón. Jesús también nos dice que puede estar incluso en medio de la mayor dificultad y soledad que exista, hasta en un hospital, una cárcel o con un niño abandonado; pero nos dice muy claramente que en el único sitio donde no puede estar es en el pecado. Por eso, el ángel le dijo a la Virgen: "alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo". Y el ángel también les dice "no temas" a los pastores, "porque yo les traigo una gran alegría: ha nacido hoy el Salvador", según cuenta la Biblia. Hermanos, no hay motivos entonces en el mundo para que en el fondo de tu corazón ignores la alegría. Puedes decirme "estoy triste", porque hay dificultades y dolores que te ponen en el corazón obstáculos, y no sabes qué hacer; pero dime ¿por eso vas a perder la paz de la alegría, la esperanza de la alegría, la seguridad que Dios está siempre en nosotros?. En estos días, yo te repito estas palabras de la escritura: el Señor está cerca, por eso el cristiano debe ser una persona fundamentalmente alegre en el dolor, en la enfermedad, en la familia, en el trabajo, o cuando no lo comprenden, lo insultan o maltratan. Eso es para que cuando nos vean con una sonrisa, digan que vale más que mil palabras. En cambio, dime ¿quieres seguir con el rostro fruncido, con la palabra dura o con el grito mal dado?; ¿no puedes sonreírte, o alegrarte ante la venida de Jesús?. El mundo de hoy debe de ser capaz de recibir con sencillez a un niño, para llenarlo del cariño de tu corazón. Jesús, te invoco para que aprendamos a quererte y a recibirte, para que limpiemos el alma y encuentres un pesebre en mi corazón. Y que allí donde estén José y María, les pueda decir: "José, no sigas buscando, en mi corazón hay sitio"; y a María, pueda decirle así: "no tengo mucho que ofrecerte, pero en mi corazón y en mi casa, hay un lugar para ti. He limpiado mis pensamientos y mis recuerdos, y estos días estoy gozoso, exultante, alegre". Ahora te pregunto: cuando a veces te falta la alegría, ¿qué crees que te pasa?. Pues te diré que entre tú y Dios hay algo que se interpone, que se llama pecado; entonces quítalo inmediatamente, ya que casi siempre el pecado es motivo para que falte la alegría. Y esa falta de alegría no es justificable siquiera por un mal estado de salud, porque muchas veces he visitado enfermos, gente a punto de morir, que desean enseñarnos mucho más de la vida. Aprendamos de esa sencillez, de esa limpieza; alégrate, no mires con cierta distancia, porque la Navidad no es sólo una época, sino que es Jesús que viene y nace entre nosotros, y es el mismo ayer, hoy y siempre. Jesús Niño, el mismo que nació ayer, va a nacer ahora y nacerá siempre. Somos tú y yo los que oramos así: Jesús, María y José, quiero que entren a mi alma, porque si estoy con ustedes, voy a estar más alegre, voy a perdonar, voy a pensar mejor, voy a querer a los demás, voy a querer a mis hijos, y voy a trabajar en paz. Qué momento más bonito para que el país se vea inundado del sosiego, del gozo, y de la paz de la navidad. Son momentos en que calla la tierra y habla el cielo. Así sea. |
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |