Muy queridos
monseñores Carlos García y José Antonio Eguren,
obispos auxiliares electos, que el día 7 de abril serán
ordenados obispos en esta Catedral;
Monseñor Rafael Reátegui, colaborador en este aspecto
tan importante de las hermandades.
Muy queridos miembros de las hermandades, y muy queridos artesanos:
Hoy es un domingo
triste debido a la noticia del asesinato de un hermano nuestro en el
Episcopado, el arzobispo de Lima, Isaías Duarte, que hace pocos
meses estuvo visita en Lima. Por eso, esta Cuaresma y esta semana anterior
a la Semana Santa, adquiere un tono de dolor, ante el espectáculo
que vemos en el mundo y al que no podemos acostumbrarnos.
La paz se construye, y la construyen hombres y mujeres de buena voluntad.
No es exclusivamente una dimensión política o social,
es el centro del objetivo de cualquier Estado: lograr que los ciudadanos
vivan en paz. Es un derecho y un deber, y cuando vemos estas muertes
innecesarias, cobardes, realmente nos sorprendemos y levantamos al Señor
nuestra mirada de esperanza para decirle: "Señor, basta,
acorta esta tiempo".
El Salmo responsorial de hoy dice: "si llevas cuenta de mis delitos,
Señor, quién puede resistir. Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto". Este debe ser el clima de la Cuaresma,
y por eso nuestra esperanza, porque si el Señor llevara la cuenta
de nuestros pecados, ¿quién podría resistir?, como
dice la pregunta del Salmo.
El mensaje cristiano está íntimamente unido al dolor,
al perdón y al arrepentimiento; pero aprendamos hermanos, que
el dolor no quita la alegría si se vive unido a la entrega de
Jesucristo, por nuestra salvación.
Si unimos el dolor a la Cruz, que acompaña la vida de todos en
la salud, en el trabajo, en el estado de ánimo, con noticias
como las que recibimos ayer, o por tantas dificultades que puedes tener,
entonces no se pierde ni la esperanza ni la alegría. La alegría
se pierde por el egoísmo, por el pecado, por el olvido de amar
a Dios y de amar al prójimo; se pierde si vivimos solamente en
un ambiente donde se busca el éxito, el poder, o cuando uno se
deprime ante un fracaso, ante una dificultad económica o, incluso,
ante el avance de los años.
Si nos damos cuenta que la alegría está unida a la cruz
de Cristo, entonces podemos vivir gozosos en el dolor, a través
del dolor, y sin temor al dolor; pero si el mundo va reduciendo el espacio
de lo que es el amor, de lo que es el dolor, de lo que es el perdón,
de lo que es la presencia de Dios en tu alma, se va haciendo cada día
más difícil un momento de silencio, un momento para contemplar
a la Virgen y de dejar que tu corazón se abra para decirle: "Madre
mía de la esperanza, mueve mi corazón al arrepentimiento".
Luego le podrás decir también a la Virgen: "me siento
tan lleno de pecado, veo a veces que se oscurece el panorama de mi trabajo,
de mi familia, por eso Madre mía, dame una mano". Entonces,
cuando hay espacio en tu alma, en tu hogar, en tu trabajo o en las calles,
y cuando la Semana Santa que se viene adquiere presencia en la vida
del país, resulta grato que las familias se contagien en ese
espíritu de penitencia, de ir a confesarse, de acercarse a esa
devoción. Por eso las hermandades son tan maravillosas, porque
permiten acercarse a visitar aquel Cristo o aquella imagen de la Virgen,
porque allí está la tradición de sus vidas, heredada
de sus padres y de sus abuelos.
Pero hermanos, no pretendamos de ninguna manera ver en el Señor
sólo ese rostro de castigo, de venganza, no es así. El
Salmo nos llena de esperanza, y nos dice: "si llevas cuenta de
mis delitos Señor, quién puede resistir. Pero de ti procede
el perdón, y así infundes respeto". Por esa razón,
el perdón se expresa en estos días, de manera muy especial,
en el sacramento de la penitencia, la confesión.
Nos dice San Pablo en la segunda lectura de hoy a los romanos: "el
que no tiene el espíritu de Cristo, no es de Cristo". Entonces,
los cristianos en ese dolor y amor, en esa esperanza, tenemos que ir
sembrando ese espíritu en las calles, en el trabajo, en la política,
entre los amigos, en la escuela, en el deporte, en el hogar. Sembremos
ese espíritu en todos los sitios por donde pasa el hombre que
tiene a Cristo, y que quiere dejar la huella silenciosa de su fe.
No podemos dejar de ninguna manera que la economía imponga su
modelo, no podemos dejar, como decía el Papa Juan Pablo II, que
el ritmo del desarrollo ahogue los valores del espíritu, el amor,
la educación, el cariño, el dolor, la amistad, el descanso,
las relaciones humanas sanas; no podemos dejar que nadie las maltrate.
Y lo tenemos que hacer con el ejemplo, ya que ningún otro poder
-sino la credibilidad- es el que da el buen ejemplo del cristiano.
Procuremos que lo verdadero, como dice el Papa, prevalezca sobre lo
útil; que el bien esté por encima del bienestar, que la
libertad esté por encima de las modas, que la persona esté
por encima de las estructuras; y que no nos dediquemos solamente a criticar,
sino principalmente a construir.
Cada uno de nosotros que hemos sido bautizados, hemos visto en la Cruz
a la esperanza; hemos visto en el amor a Jesús, la alegría,
la ilusión. Y también hemos visto que en nuestra vida
se repetía ese dolor, ese amor, esa alegría, y se repetía
también esa misión de "id por todo el mundo",
no con éxitos, no con aplausos, sino con la paz interior del
que cumple su misión de cristiano. Debemos ser sembradores de
paz, sembradores de justicia, sembradores de ese bien y de esa verdad.
Y el evangelio de hoy nos habla de una familia maravillosa: Martha,
María y Lázaro, quienes eran amigos de Jesús. Te
acuerdas de aquel momento, en que María estaba a los pies de
Jesús, rezándole -como estamos hoy aquí-, contemplándolo,
y vas a ver cómo sentimos ahora, en el fondo de nuestras almas,
el reflejo de nuestra Madre y de nuestro hermano Jesús.
No dejes que ese espacio en tu familia, en tu trabajo se pierda, ya
que hacen falta esos silencios tan necesarios, para que tu vida, tu
trabajo, tu familia o tu empresa funcione bien.
Cuando no hay silencio no hay humanidad, el silencio es una dimensión
maravillosa, donde habla tu espíritu; y Martha, aquella otra
hermana de María era hacendosa, era la mujer que estaba permanentemente
trabajando, y era amiga de Jesús. Y cuando aquel hermano Lázaro,
que vivía con sus hermanas, muere, vemos que Jesús llora,
porque amaba a sus amigos.
Volvamos a valorizar
la amistad sincera, la amistad del que da la vida por sus amigos, la
amistad que se apoya en la verdad. Y por eso Jesús le dice a
Martha: "Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en
Mí, no morirá".
Busquemos esa alegría, esa paz; busquemos todos esa santidad,
el estar con Cristo y María en medio del mundo, de tu familia.
Por ejemplo, Cristo hoy está en medio de los artesanos, hombres
y mujeres que con esa habilidad maravillosa llevan la religiosidad del
pueblo a través de esas imágenes y a través de
las artesanías.
Y también vemos que Cristo está hoy entre las hermandades,
que tienen una tradición de siglos, y en las que se reciben las
promesas desde los abuelos, los padres, para ser transmitidas luego
a los hijos y hasta los nietos; así, va caminando el Espíritu
Santo a través de esa dimensión de la religiosidad, en
esas imágenes que vemos hoy. Cómo no recordar al Señor
de los Milagros, cómo no recordar a tantas imágenes de
Cristo llegadas de todos los rincones del país, que nos recuerdan
el paso de Jesús por la tierra...
Y al ver a María, ¿cómo no recordar a nuestra Madre?.
Por eso, los santos están en el cielo, aquí somos pecadores,
pero pecadores con deseos de conversión. Los invito a todos a
esa conversión, deja que Jesús toque tu corazón
y haga -aunque tus pecados te aplasten contra el suelo- que levantes
tu mirada ante la cruz y digas: "Jesús, y María,
Madre mía, dame ese empujón, tú puedes curarme".
Calma este corazón que a veces se agobia con el dolor y aquieta
esa justa protesta social, ya que no es razonable que la muerte y la
violencia sean el modo de expresarla. Y también a esos empresarios
y miembros responsables de la sociedad, les digo que abramos los ojos
a esas verdaderas necesidades; dialoguemos, pero con la verdad de Cristo,
no basta una ideología.
La Semana Santa nos habla de algo que trasciende, que va más
allá, y nos habla de la garantía de un hombre, Dios, que
muriendo en la cruz, dice "es verdad lo que te prometí";
y nos habla de una Madre, que con esa cara de dolor, amor, y con esos
silencios, nos dice: "yo confío, mi hijo está con
ustedes".
Así sea.