- Domingo, 19 de mayo de 2002 -

Excelentísimo Monseñor José Antonio Eguren, Obispo auxiliar de Lima:

Queridos hermanos todos en Cristo:

Hoy que celebramos con gozo la solemnidad de Pentecostés y la venida del Espíritu Santo, nos damos cuenta que hemos olvidado la gran promesa de Jesús: "yo les enviaré el Espíritu Santo", y por lo tanto, debemos darnos cuenta que ya está con nosotros. Porque el Espíritu Santo es él el maestro, el amigo, el consolador, es quien se presenta con esas palabras de paz ante todos nosotros.

Haz un poquito de examen en tu propia vida ahora, y piensa cuántas veces esa falta de paz es la que te lleva a tener dificultades en tu vida, por una inquietud, porque te da la impresión que no estás como debes, porque sientes que tu conducta no es correcta, porque te falta el cariño de alguien, o porque te da la impresión que no te han tratado bien. Entonces piensa cuántas veces, esa palabra de Jesús es el núcleo de lo que la Iglesia nos enseña, a buscar la paz.

San Agustín nos decía que la paz es la tranquilidad en el orden, y que la paz es una tranquilidad dentro del alma y del pensamiento. Por ello debo decir "estoy tranquilo, no estoy complicado, no estoy de mal humor, no estoy inquieto, estoy tranquilo, porque hay orden". Y en ese orden está Dios, está Dios que preside toda mi vida, pero la preside no para obligarme, sino lo hace como una madre que cuando ve correr a su hijo, simplemente se fija que no se vaya a caer por una escalera o que no se asome demasiado por una ventana, pero no lo tiene amarrado de ninguna manera.

Del mismo modo, Dios quiere poner orden en nuestra vida, pero no con una cadena o una jaula, sino mirándonos y por eso el Espíritu Santo es aquella voz que te dice "cuidado", es aquella voz que te dice "espera", es aquella voz que te dice "conviértete, cambia", te dice "no pierdas el tiempo en esos pensamientos", o te dice "pide perdón, porque te has equivocado".

Ese es el modo en el que actúa el Espíritu Santo, que es maravilloso. Por eso, cuando nos habla de la paz, nos está diciendo "te quiero alegre, sereno, te quiero unido, te quiero con amor, te quiero de buen humor". Me está diciendo mucho, y recordemos que todos estamos unidos a la Iglesia por amor, y quién es el amor, pues el Espíritu Santo.

Todo amor, ya sea el que le pueda tener a mis padres, o el que le pueda tener a mi esposa o a mis hijos, nace del amor del Padre al Hijo, y del Hijo al Padre. Ese amor se llama el Espíritu Santo, pero el amor que yo le tengo a mis padres, no es una persona; yo quiero a mi padre o quiero a mis hermanos, o quiero a mi esposa, pero no puedo representarlos en una persona, es una comunicación, tiene un lenguaje (con la palabra, el abrazo, el beso) y unos símbolos, como el anillo, etc.

Hay varias maneras de expresar el amor, pero lo que no puedo es decir "esta es la persona que se llama amor", ¿verdad?; pues para Dios, si es así, y esa persona que se llama amor es el Espíritu Santo.

Por eso, cuando el Espíritu Santo nos trae la paz, nos dice: "esa paz solamente se entiende si cada uno de nosotros descubre lo que es el amor preguntándole a Dios; y al descubrir lo que es el amor, descubre para que ha venido al mundo, para que trabaja, para que se esfuerza y por qué ocurren estas cosas, Y las cosas pasan por amor".

Le invoco al Espíritu Santo ahora, llama a esos corazones, enséñales esa escuela de tu amor. Y el Espíritu Santo aparece por primera vez, en el Nuevo Testamento, cuando nos dice que María concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, y por eso la llamamos "esposa del Espíritu Santo".

Fue el Espíritu Santo quien engendró en María, y quien de un modo milagroso hizo que María empezara a engendrar a Jesús, y al final de la vida de Jesús, estando María y los apóstoles juntos, ese Espíritu Santo volvió. Había nacido Jesús, había padecido, había muerto, había resucitado, tenía que volver a nacer, y viene el Espíritu Santo, y esta vez les dice a todos: "al venir sobre los apóstoles, el Espíritu Santo da inicio a la Iglesia".

Si antes dio a luz a Jesús, ahora el Espíritu Santo da a luz a la Iglesia, y por eso hermanos, todos los que hemos sido bautizados somos Iglesia. El Espíritu Santo habita en tu alma, y si me dices "pero monseñor, mi alma está sucia", te respondo que habita en tu alma; y si me dices "pero monseñor, cometo pecados", te reafirmo que está en tu alma, lo que está esperando es que tengas un momento para decirle, "Espíritu Santo, escuela de amor, enséñame a amar".

El Beato José María, fundador del Opus Dei, decía "yo no he tenido que aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a amar". Fíjate que bonito panorama para una vida, que tu amor por Dios, tu amor a los demás, te lleve a tener tal paz, tal entrega a los demás, que digas "yo no me siento ofendido por nadie, no necesito aprender a perdonar porque nadie me ofende". Veo en los demás la acción del Espíritu Santo, y recuerdo también cómo la Iglesia no es -aunque es lógico que el mundo lo pueda ver así- una institución.

Yo comprendo que se tiene que hablar de la Iglesia de alguna manera, pero se quedan muy cortos cuando la llaman una institución, no profundizan en que la Iglesia es cuerpo de Cristo, animado por el alma del Espíritu Santo, y es acción de Dios a través de los hombres y mujeres pecadores; no es una fuerza ni política, ni social, ni económica, ni es una agencia de beneficencia, un poco de todo lo hace, pero no es eso. Y hoy el Espíritu Santo me dice: "explícales que estoy presente en cada uno de ellos, para darles paz, pero necesito que respondan".

Hay una obra clásica de literatura que se llama "El Platero y yo", y en esa obra hay una frase muy breve que nos puede explicar la acción del Espíritu Santo. El Platero era aquel burro que servía a un hombre, y que tenía la sabiduría de un animal leal, sano, trabajador; y le dice este hombre al Platero: "yo te dejo ir adonde tú deseas, y tú siempre me llevas a donde yo quiero".

Fíjate que parece algo confuso; o sea, yo lo dejo a aquel animalito que vaya donde quiera, y resulta que aquel animalito me lleva adonde yo quiero. Así es el entendimiento entre nosotros y el Espíritu Santo, que nos hace con tanta frecuencia, recibir aquel consejo: "haz lo que desees". Y al final el Espíritu Santo te dirá, "haz hecho lo que yo quería".

¿Y por que has hecho lo que el Espíritu Santo quería?, pues porque lo amas. Y a veces tenemos una reacción mala, y no entendemos que esa mano amorosa de Dios nos está ayudando, y entonces nos molestamos, o nos ponemos rebeldes.

Por eso ha querido la Iglesia que ese diálogo con el Espíritu Santo se manifieste en primer lugar en el bautizo, donde los padres le prestan su fe a quien ha sido el resultado de su amor; y prestan su fe para recibir el regalo más grande de su vida, ya tienen la vida y ahora son hijos de Dios. Qué regalo más grande.

Luego encontramos el momento de la confesión, cuando cada uno va, ya mayor, y dice "¿para que me voy a confesar si voy a volver a caer?". Pues no te dejes engañar, se más listo, son tretas del demonio, si no yo te diría ¿por qué comes si tienes hambre otra vez?, o ¿por qué vas al médico si te vas a volver a enfermar?. Esa lógica no tiene sentido, entonces ¿por qué la usas para la confesión?.

En realidad tú no quieres volver a pecar, por eso te leo un ejemplo de oración maravillosa para el Espíritu Santo: "Ven Espíritu Santo, ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos, ilumíname, que yo conozca que es lo que quieres. Fortalece mi corazón contra las insidias de mi enemigo, cuántas veces se mete la cólera, el rencor, el odio, la dureza, Espíritu Santo fortalece mi corazón, no dejes que cambie por las insidias del enemigo, inflama mi voluntad, dame esa fuerza en mi voluntad, he oído tu voz, no quiero endurecerme, no quiero resistirme y decir bueno, será para después, será para mañana.

No, debe ser ahora, no vaya ser que el mañana me falte, por qué dejar para mañana si hoy puedo empezar. Cada día es un nuevo amanecer. Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento, de consejo, de gozo, de paz".

Aquí podría venir ese diálogo de Platero, el que dice: "quiero lo que quieras". Pero debes pedírselo al Espíritu Santo, o se lo digo yo en tu nombre: "quiero Señor, lo que tú quieras", o "quiero, porque tú quieres. Si ese es tu mandato, y es lo mejor para mí, quiero como tú quieres".

Oración total, entrega sencilla, todo esto debemos cumplir hermanos, y entonces vamos a pedirle al Espíritu Santo, "auméntanos la fe". Y le pedimos a la Virgen, esposa del Espíritu Santo: tú que trajiste a Jesús, por obra de El, tú que le diste a la Iglesia el Espíritu Santo, ilumina ahora nuestros corazones, nuestras inteligencias, danos ese gozo y esa paz, e ilumina a todo nuestro pueblo peruano, para que unidos, como familia, comprendiéndonos, con rectitud y con sinceridad, seamos esa gran Iglesia donde hay amor, hay verdad, hay justicia, no humana, sino con ayuda del Espíritu Santo.

Basta que uno solo de los que está aquí se haya convertido ahora, y eso será señal que el Espíritu Santo ha actuado. Siempre es tiempo, ojalá que hoy todos sintamos ese impulso de descubrir que la vida es amor, y que sin amor, no tiene sentido.

Así sea.

 

 

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