
- Domingo, 20 de enero de 2002 -
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Excelentísimo señor Nuncio Apostólico, monseñor Rino Passigato; excelentísimo monseñor Luis Bambarén, presidente de la Conferencia Episcopal. Muy queridos hermanos en el Episcopado, arzobispos, obispos, tengo el gozo de encontrar ya algunos de los nuevos obispos entre nosotros; muy queridos sacerdotes, especialmente me dirijo a los miembros de la Congregación de los Oblatos, que con un esfuerzo especial hoy han venido desde Huari para acompañarnos. Muy querido Antonio Santarsiero, obispo de Huari, hasta hace poco tiempo provincial de la provincia de Santo Toribio de Mogrovejo; me dirijo también al Padre Pedro Ceriani, y a sus representantes, y al Vicario General, Padre Inga; Y a todos ustedes, religiosas, hermanos, que participan de este cariz de los Oblatos de San José, que colaboran de manera especial en la zona de Ancash -por supuesto en la prelatura de Huari- y también aquí en la Arquidiócesis y otros lugares: Hoy, con especial gozo -porque es un gozo para la Iglesia el tener la ocasión de dar gracias a Dios por un nuevo santo- damos el testimonio de que estamos en el camino que Cristo nos ha abierto. En el salmo de la Misa, del domingo 2º, salen estas palabras: "aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad", y la respuesta del salmo 39º es como un resumen que cada uno de nosotros hoy, le queremos ofrecer al Señor a través del santo. Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, ese camino de la santidad que el Santo Padre en esa Carta Apostólica tan bonita, la Novum Millenium, nos ha recordado con palabras del Concilio Vaticano II; sobretodo en el capítulo quince, cuando dice "los padres conciliares, concedieron mucha importancia a esa vocación universal a la santidad". Es decir, que todos estamos llamados por Dios con nombre y apellido, a buscar, cada uno en su lugar, el encuentro con Cristo. Eso es la santidad. Y dice el Papa: "descubrir a la Iglesia como misterio". Es decir, como pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, así descubrimos la santidad de la Iglesia. Y se pregunta el Papa, "¿y cómo puedo programar mi santidad, como puedo hacer un plan para ser santo?". Y dice aquí, en realidad esto significa expresar que desde que hemos sido bautizados, hemos entrado a una unión con Cristo, no soy yo, es El que habita en mi. Y ese don de la gracia, ese regalo, constantemente se encuentra con nuestra respuesta, y el santo es esa luz de una respuesta generosa, heroica a la llamada de Dios. Pero cada uno de nosotros -que también le pedimos a El- queremos ser santos, Señor, es la razón de ser de nuestra vida. Con debilidades, con limitaciones, pero como dice el Papa, "sería algo que no se entiende una vida mediocre, con una ética mínima, o con una religiosidad superficial". Por eso, cuando hoy celebramos esta acción de gracias, nos preguntamos cada uno: "Señor, ¿que debo hacer para seguir buscando esa santidad?, y recordemos lo que nos dice aquí el Papa: "no sólo la santidad es para algunos genios de la santidad. Todavía queda en la mente de muchos la idea de que la santidad "es para algunos genios, algunos privilegiados, algunos que son diferentes". Pero el Papa agrega: "no, no es así, ojo, los caminos de la santidad son múltiples, son para todos, y esos caminos de la santidad requieren de una pedagogía, una enseñanza". Hay que enseñar cómo se logra esa santidad y en esa enseñanza el Papa señala el arte de la oración. Lo explica aquí de una manera muy bonita, que el mismo santo, en palabras suyas, que les voy a leer, decía así: "es necesario ver todas las cosas a la luz de la fe, hacer que la razón prevalezca siempre sobre el corazón, y la voluntad de Dios sobre la razón; aceptar todo de las manos del Señor, tanto las cosas que nos alegran, como las que nos repugnan, y responder siempre, y a todo, con un "gracias a Dios". La oración es ese encuentro íntimo de cada uno -instantes, minutos, horas- en las que el Señor puede ayudarnos a entender que quiere de mi ahora, en la casa, en mis hijos, en mi trabajo, en la enfermedad, en las misiones, en el ministerio...todo esto es ese arte de la oración. Y luego dice el Papa, en esa pedagogía, y en ese camino, "¿cómo aprendo a ser santo?. Y nos responde: "el modo ordinario del perdón, es la confesión. Por lo tanto, la primacía de la gracia, la iniciativa de Dios está en tu alma". Cuántas veces a todos nos pasa que vemos nuestras dificultades y le decimos al Señor, "no puedo", y el Señor le dice "sí, tú no puedes. Yo sí". Y Dios toma la iniciativa, pero nos pide, y el Papa lo dice, "acudir a ese camino normal, donde se logra el perdón, donde se vuelve a comenzar con ilusión, que es la confesión"; y que es ese punto en que el Papa -con tanta ilusión durante el jubileo del año 2000- dijo "hemos visto renacer el amor por este sacramento". Y el tema está en que cada uno de nosotros diga como está ese sentido del pecado, que es ese dolor por los pecados, por mis pecados. Es lo que el Papa nos dice: "ojo, que ese perder la idea de que hay un pecado que yo he cometido, eso es un gran daño para mi alma". Por eso, sin escrúpulos, sin maltratarnos, y con gozo por el sacramento de la alegría, debemos preguntarnos; "¿cómo puedo ser santo?": pues ora, reza, medita la palabra de Dios. Acude a la confesión, acude a la eucaristía; y en el caso del santo de San José Marello, como no puede ser de otro modo se inspiró en el amor a María y en el amor a San José. Te leo unas palabras suyas: "tú, Oh José, que después de la Virgen bendita, fuiste el primero en estrechar en tu pecho al redentor Jesús, se nuestro ejemplo en nuestro ministerio; que como el tuyo, es ministerio de relación íntima con el Verbo divino". Es necesario tomar las propias inspiraciones de San José, que fue el primero en la tierra en cuidar los designios de Jesús, custodiándolo de niño, protegiéndolo de adolescente, y haciendo de padre en sus primeros 30 años de vida en la tierra. Por eso, nos hemos reunido un numeroso grupo de pastores de la Iglesia en el Perú para unirnos a la Congregación de los Oblatos de San José, unirnos a todo este grupo numeroso de sacerdotes, seminaristas, agradecerles el trabajo que realizan en el Perú, y al mismo tiempo darle gracias a Dios por estas muestras de su cercanía. Que busquemos esa santidad, por ese camino de seguir a José y a María. Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |