- Domingo, 21 de julio de 2002 -

Excelentísimo Monseñor José Antonio Eguren, Obispo auxiliar de Lima;

Queridos diáconos, seminaristas, y queridos hermanos todos en Cristo:

Hoy Jesús nos explica de una manera muy clara cómo debe ser nuestra vida y les explica a los discípulos la parábola del sembrador, aquel que siembra la semilla buena y aparta la mala semilla.

Jesús nos dice: "el que siembra la buena semilla es el hijo del hombre, y el campo es el mundo". El Señor aquí dice dos grandes verdades: una es que Jesucristo ha sembrado la semilla de manera especial, en el bautismo, haciéndonos hijos suyos, y por ello, este hijo debe estar con su padre, conocerlo, obedecerlo y quererlo. Esa es la buena semilla, y como todas las semillas se puede regar, cultivar, abonar, pisotear, o también puedes dejar que se seque.

Pensemos que el hijo del hombre está en cada uno de nosotros, los bautizados, y que contamos con ese privilegio que Dios ha dispuesto; por lo tanto, la semilla de la amistad con Dios está en tu corazón.

Entonces, piensa cómo te acuerdas de tu padre Dios, y el cómo lo vas conociendo en esa intimidad de la oración; pero también piensa que el campo en donde siembras la semilla es el mundo, y por lo tanto, a Dios le interesa tu vida y la mía.

Ante la pregunta "¿qué puedo hacer para amar más a Dios"?, la respuesta de ese sembrador es breve: sólo es cuestión que pienses en dónde te ha puesto Dios, quizás en una familia, quizás en el trabajo, en un hospital, en el campo, o en esas alturas del sur que hoy sufren las heladas, quizás con ese dolor de tantas familias al que estamos respondiendo con una solidaridad maravillosa. Justamente por ello, las colectas de todas las parroquias de Lima serán destinadas hoy para los damnificados, y también debemos recordar el día de ayer en que todos los medios de comunicación se unieron para darles abrigo, medicinas y alimentos a esos hermanos del sur.

Cada realidad, la de aquella madre de familia, la de aquel niño, la de aquel hombre o aquella mujer que hoy nos escucha, le interesa mucho a Dios; por eso la respuesta a la pregunta "¿qué debo hacer?", está en vivir honestamente las obligaciones del lugar donde estás.

Por ejemplo, yo soy Cardenal, entonces debo cumplir mis obligaciones, quizás el otro es un joven que está haciendo deporte y también tiene obligaciones, y también hay una madre que está haciendo algo en su casa; también hay quien está en el mercado, o aquel que está sufriendo el dolor de un hijo o una hija fallecidos en la tragedia de la madrugada en esa discoteca; todas ellas son realidades muy diversas, pero a la vez muy importantes.

Lo único que nos pide el Señor es que no lo separemos de esa vida maravillosa, no hay que alejar esa semilla de Dios de mi vida, más bien debemos descubrirla en el trabajo, el deporte, la vida familiar, el festejo, el descanso, el dolor, la enfermedad, y en lo que ocurre cada día. Recuerda al sembrador que dice: "he puesto la semilla de mi amistad, aquí estoy contigo, te acompaño, háblame, salúdame, si es domingo acércate a la misa. Si te duele algo, acércate a la confesión, porque el pecado me está poniendo triste o de mal humor. O rézame esa oración que te enseñe, un Padrenuestro en la calle, en el trabajo o en el hospital".

De esa manera, Dios nos dice: "yo estoy presente en el mundo, he puesto la semilla a través del sacramento del bautismo y eres hijo mío, por ello no olvides que soy tu padre". Y agrega que "hay que decir la verdad, que por el bautismo tenemos la obligación de ser coherentes, de pensar con esa fe de cristianos, hablar con esa fe de cristianos, pero también debemos responder a los demás con el ejemplo, para que ellos puedan decir "qué bien trabajas", "qué buen amigo eres", o "qué buen enfermo eres".

Pensando en ello esperamos que con confianza y fe recibas de Dios cualquier dolor, quizás tú has perdido un hijo o una hija, o estás en esas alturas muerto de frío, pero igual levanta tu mirada a Dios que sabrá contemplarte en esa dificultad como un hijo preferido.

Nuestra fe católica nos dice que el mundo salió de las manos de Dios, y luego ya vino el hombre, con libertad. Y después los partidarios del maligno, del diablo, pusieron la mala semilla en el mismo mundo. Por eso encontramos gente en el mundo que odia, que a pesar de conocer a Dios maltrata y miente.

Pero nosotros debemos reconocer -como dice San Agustín- que esa palabra de Dios, esa semilla de Dios, construye la ciudad donde habitamos con un sentido cristiano; por ello debemos tener la fe, cumplir los mandamientos y amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Pero hay otros que con su orgullo, su odio, y con dar la espalda a Dios construyen su ciudad terrena. Para ellos no hay Dios, el dios son ellos, y así lo advierte el Señor: "la cosecha es el fin del tiempo, tenemos por delante 30, 40 o los años que Dios quiera, pero llegará el tiempo de la cosecha y El dirá: "los cegadores que vienen a sacar la cosecha buena son los ángeles, y todos los que vivieron de espaldas a Dios se le separarán, y serán arrojados al horno encendido".

Hermanos, hay premio y hay castigo, eso es parte de la enseñanza de Dios, y por eso quisiera bendecir de una manera especial a nuestros hermanos que sufren en el sur. En estos días hemos visto el sufrimiento de esa gente pobre y humilde, lejana y abandonada, y hemos visto cómo entre todos podemos poner nuestro granito de arena para ayudarlos. Esa es la semilla buena.

También hemos visto la tragedia con varios muertos en una discoteca, y tenemos que cuestionarnos, ya que tenemos que tener más orden, más disciplina, más respeto; por esos debemos cumplir los diez mandamientos, llevar una vida cristiana y divertirnos sanamente, en el familia, en el hogar, en el deporte y el descanso. Por eso dice el Señor: "los justos brillarán como el sol en el reino de su padre, el que tiene oídos que oiga".

Ese es el ofrecimiento de Dios, por eso cultiva esa buena semilla, reza, medita, confiésate, y acércate con el corazón limpio a comulgar; y luego vive esa vida intensamente, educa a tus hijos, trabaja con ilusión, esfuérzate, descansa, ten tus amigos y amigas, y fomenta ese clima que es la vida maravillosa de este mundo.

Que la Virgen María nos ayude a todos a descubrir esa semilla buena y también a descubrir que el demonio siembra -cuando te descuidas- odio, mentira, abuso del sexo, rencor y egoísmo. Por ello, despierta y no dejes que en tu corazón se meta esa mala hierba.

Y si la mala hierba logra entrar a tu corazón, pues acércate a la confesión, allí el Señor te quitará el pecado para que vivas la alegría del que se sabe hijo de Dios, y vivas la alegría de amar a este mundo apasionadamente. Los cristianos queremos dar ejemplo, sin sentirnos mejores, pero brindando el ejemplo de esa semilla que Dios ha puesto en nuestros corazones.

Así sea.

 

 

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