- Domingo, 24 de marzo de 2002 -

Señores miembros del Cabildo, sacerdotes concelebrantes, y muy queridos hermanos todos en Cristo:

Acabamos de escuchar la lectura del gran misterio de la Pasión, y fíjense que digo "misterio" porque la Pasión es ese hecho que no acabamos de entender, el preguntarse por qué Dios, con todo su poder, tenía que morir así. Y es un misterio de amor, en este caso un amor hasta la muerte.

Cuántas veces nosotros le decimos "te quiero" a alguien y le regalamos un chocolate, o le compramos un vestido, o la llevamos a comer a la calle; en cambio, cuando Jesús nos dice "te quiero" a cada uno de nosotros, entrega su vida para salvarnos como muestra de su amor.

Esta es una lección, en primer lugar, de humildad, y una humildad que nos dice que el camino de la cruz, y el camino del dolor -por mis pecados y por mis malos actos- es el camino que hoy, al iniciar la Semana Santa, el Señor quiere mostrarnos. Por ello, debemos reconocer el dolor por los pecados cometidos, y ese dolor debe llevarme también a la necesidad de decirle al Señor, "enséñame a ser humilde, porque no reconozco mis pecados".

Y cuando pase por ese camino del dolor, de la humildad, y reconozca mis pecados, entonces veré la luz del misterio de amor, y entenderé que la vida es una maravilla, y que nuestros amigos, nuestros hijos, nuestras familias, son una bendición. Y entonces entenderé que el dolor y la enfermedad son un tesoro, y que los niños son seres privilegiados para Dios.

Cuando pase por ese camino del dolor y de la humildad, se abrirá un panorama totalmente diferente, y el mundo entrará a una nueva dimensión para los que tenemos la gracia de la fe. Entonces, no podemos impedir que en mi alma y en la tuya brote esa alegría, esa paz, hagamos que todo no sean sólo palabras sino una realidad en tu alma, en tu casa.

También nos daremos cuenta que Jesús, estando en la cruz, siempre está a tu lado, y aún cuando está por morir injustamente no hace más que decirte "es por amor a ti, lo hago porque te quiero. Acompáñame, emprende ese camino". Pero, ¿sabes cuál es la puerta que puede cerrarse en mi alma y en la tuya ante Jesús?: pues la soberbia.

La soberbia es el origen de casi todos los males, ya que es un amor sin orden, a nosotros mismos. Tú dirás que exagero, pero te digo que el soberbio siempre dice "me amo más a mí que a Dios", pero es tan soberbio que no se atreve a decirlo. Lo guarda en el fondo de su alma, y eso lo podemos notar cada uno de nosotros, cuando sólo reconocemos nuestras cualidades.

Por ejemplo, yo digo: "soy trabajador, tengo mucha paciencia, soy muy cariñosa, tengo gran generosidad, y no hago mal a nadie", pero en cambio no reconozco mis defectos; no reconozco que soy flojo, que a veces miento, que a veces deseo la mujer de mi prójimo, que a veces admito un pensamiento que no es bueno, o que a veces aplasto con mi egoísmo los derechos de los demás. Pero no lo reconozco.

Y cuando te dicen "oye, ¿pero tú no te das cuenta que eres un poco desordenado?", dices que no; y no te das cuenta que no respetas a tus padres ni que tus hijos siempre quieren lo mejor de ti, porque los soberbios se ciegan. Hermanos, ayer en un programa de radio, me decía con tanta sabiduría un buen periodista: "¿Usted no cree que la Semana Santa es una gran lección de la humildad contra soberbia?". Y es verdad, allí está el centro de nuestras vidas.

Porque hay el camino de la soberbia y el camino de la humildad, los hipócritas se van por el medio, se dicen humildes pero son soberbios. Ese es el camino del soberbio, que va con la frente alta, lleno de elogios y de éxitos, cantando y festejando.

Pero también está el camino del humilde que sabe sus defectos, los reconoce, y por lo tanto, no es susceptible ni orgulloso. Al humilde lo puedes corregir porque acepta sus errores, y acepta a los demás según el mandamiento de "ama al prójimo como a ti mismo". Entonces, como él reconoce sus defectos, comprende a los demás.

El soberbio juzga con severidad mientras el hombre humilde juzga con firmeza, pero con comprensión. En el hombre soberbio surge la envidia, porque nunca reconocemos bien todas sus cosas buenas, y tiene rencor porque los demás tienen cosas buenas y a él no se las reconocen. El soberbio es traidor, porque cuando algo no le sale bien traiciona y engaña, no acepta los consejos, y hace muy difícil -y ésta es la tragedia- que se relacione bien con los demás, con sus hijos, con sus amigos, con sus padres, y con sus compañeros de trabajo.

Porque el soberbio siempre piensa que lo están molestando, siempre piensa que alguien no le está haciendo caso. Cuántos hogares serían una maravilla de gozo, de paz, de esperanza, y sin embargo, la soberbia de la mujer, del hombre, hacen que sean lugares de cólera, incomprensión y rencor.

Por ello, la pasión del Señor inaugura un tiempo nuevo. Piensa, hermano, que bonita sería la sociedad, la familia, el trabajo, si hubiera ese deseo de ser humildes. Digamos "Señor, enséñame a ser humilde, porque la soberbia me hace muy difícil, todo el tiempo. Me impaciento, no aguanto correcciones, y empiezan los silencios, las mentiras, los engaños"...

Hermano, sabes que lo peor de todo es lo que nos dice la Biblia: que Dios aborrece la soberbia, que Dios resiste a los soberbios, y por lo tanto, el soberbio pone con su actitud, un muro que lo separa de Dios. O sea, el soberbio dice: "no lo oigo (a Dios), ni me escucha". Hermanos de mi alma, yo le tengo mucho más miedo a la soberbia que a todos los demás pecados.

Vamos a pedirle al Señor porque allí tienes el camino de Judas, la soberbia, y de Pedro, la humildad. Este es uno de los grandes mensajes, y te preguntarás qué debo hacer, pues te voy a leer unos consejos que te pueden ser útiles:

Si amamos mucho, tendremos muchos motivos de dolor. Pero no tengas miedo al dolor, ya que el que quiere amar sabe que le va a doler, porque el que pone su corazón en sus hijos, en la Iglesia, en la gracia de Dios, o cuando se enferma, siente un dolor, porque ama. En cambio, el egoísta es un pobre hombre y una pobre mujer que guarda su corazón para sí mismo, porque tiene miedo de que al ponerlo en alguien, pueda sufrir.

El egoísta no sufre más que por sí mismo, cuando tiene poca salud o cuando siente que no lo comprenden. Quien quiere servir a Dios y a los demás tiene, en cambio, muchos motivos de disgusto, porque ama muchas cosas que no son para su beneficio, y aumentan los sufrimientos que derivan de los seres que él quiere. Y esto sucede porque los dolores y sufrimientos de los demás pasan a ser suyos.

Cuánto más se ama, más motivos hay para sufrir, pero tu vida va en alegría. No tengas miedo a querer, ni tengas miedo a que el cariño sea pisoteado por el egoísmo, el orgullo, el amor propio.

Déjate querer, cambia, mira a los demás como son, y verás cómo de esa manera, encontrarás consuelo en estas palabras de San Agustín: "hay un amor propio que desprecia a Dios y construye esta ciudad y esta tierra, y hay un amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo, que construye la ciudad celestial. La ciudad terrena busca la gloria de los hombres, mientras que para la otra, su máxima aspiración es la ciudad celestial, es Dios. Mientras en la ciudad terrena los poderosos someten, por afán de poder, en la segunda todos sirven a los demás en ese amor mutuo".

Hermanos, al empezar esta Semana Santa tuvimos esa presencia generosa y cercana del presidente de los Estados Unidos, y contemplamos la dimensión del poder humano. Hoy, en cambio, contempla la humildad de Jesús entrando en un borriquito, o sea el poder divino entra encima de un pequeño animalito para decirnos "fíjate en la humildad".

Que en estos días, cada uno de nosotros busque en el corazón ese pecado que hay que confesar, ese perdón que quieres ofrecer, y también les invoco a inaugurar una era de amor, íntimamente unido al dolor de reconocer tus pecados, al dolor de pisotear tu orgullo, de no mentirle a los demás. Inaugura la fiesta del amor que Cristo, desde la cruz, nos ha señalado hoy.

Así sea.

 

 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]