
- Martes, 24 de diciembre de 2002 -
|
"EL NACIMIENTO DE JESÚS ES UN CANTO A LA ESPERANZA, LA LIBERTAD, LA VERDAD Y EL AMOR" Queridos hermanos en Cristo Jesús: San Pablo en la segunda lectura le dice a Tito, con palabras inspiradas: "ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro, Cristo". La fe, hermanos, nos dice que Cristo vino a salvarnos, y es bueno recordar que ello es la razón de ser de nuestra religión católica, una religión que anuncia la salvación eterna. Esta salvación no apunta a la solución de los problemas inmediatos del hoy y del mañana, sino que es la salvación que nos señala San Pablo: "esperamos la aparición gloriosa, la segunda venida de Cristo". Por eso mi primer mensaje al celebrar el nacimiento de Jesús es que todos debemos pedirle al Señor, con esa confianza de siempre: "auméntanos la fe". Porque Dios no rechaza a nadie, y la libertad humana permite que la criatura pueda, incluso, rechazar a su creador. Pero Dios, en ese designio eterno, ya tomó una decisión: "quiero salvar al mundo. Por eso, tomo la iniciativa y envío la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, que no solamente es la palabra en el sentido humano, sino que es el ser mismo. Entonces, envío mi mismo ser", dijo Dios. Dios Uno y Trino hace ese milagro -que es un misterio- de enviarnos a su hijo, porque su compromiso con nuestra salvación, con la humanidad, es absoluto, y él considera que no hay mejor modo de salvarnos que anunciarnos a todos: "yo, Dios, no rechazo a nadie, pero me pongo en manos de tu libertad, de esa libertad que es creada, que es limitada, y que con esfuerzo, voluntad, serenidad y trabajo, crea esa permanente ilusión de buscar el rostro de Cristo". Ha aparecido la gracia de Dios que ha traído la salvación a todos los hombres. Y esa salvación nos invita a la plenitud de la vida, y esa plenitud tiene varias dimensiones; porque podremos vivir una vida plena sólo si tenemos amor a la verdad. Cristo nos dijo "soy la Verdad", y ese amor a la verdad también debe buscarse en el trabajo, en la familia, en las relaciones humanas, en las relaciones internacionales, o en las cotidianas. Esa verdad que nos hará libres es la que nos hace llevar una vida más plena, más serena, más gozosa, aunque a veces la verdad cueste. Y esa verdad tiene su punto de partida fundamental en la palabra de Dios, cuando el verbo se hizo carne. Por eso, el nacimiento de Cristo ilumina una dimensión muy importante en la vida de cualquier persona, de cualquier sociedad, de cualquier familia. Y te permite conocer cuánto amas, cuánto buscas y cuánto promueves la verdad, tanto en ti mismo como en las relaciones con los demás. Cuando la verdad se degrada, la persona pierde una parte muy importante de su dignidad, y eso es lo que Jesús ha venido a rescatar, diciéndote: "vengo a traerte la verdad, no te la impongo". Y esa plenitud que nos anuncia la salvación está en el amor divino. Meditemos con calma sobre el amor divino que se hace humano. Ese es Jesús, estamos ante el misterio de la encarnación, y tu experiencia y la mía nos dicen que ese amor humano es tanto más humano cuanto existe en el marco del amor divino. Por eso, desde el momento en que hoy celebramos el nacimiento de Jesús, sabemos que el corazón humano -como dice San Agustín- nunca está quieto, porque permanentemente busca el encuentro con el amor divino. Y eso se da, volviendo a lo anterior, sólo por el camino de la fe. Esta orientación a la salvación eterna, que hoy se hace más intensa con la venida de Cristo, no nos debe llevar sin embargo a una indeferencia con respecto al mundo de hoy. Al revés, el nacimiento de Jesús nos plantea muchas interrogantes, y nos deja abiertas muchas inquietudes y esperanzas, porque la redención es un hecho que se realiza en tu vida, en la sociedad, en el mundo, y eso depende sólo de nosotros. El Señor Jesús ha querido quedar en tus manos, pero la Iglesia -ese cuerpo de Cristo vivo- es quien le da vida a los acontecimientos humanos y terrenos. Por eso el Santo Padre hoy -yo diría que con una pena profunda en el alma- pide por la paz en el mundo. Allí tienes una interrogante por resolver, acerca de la llegada del Señor a un mundo envuelto en problemas, ya que justo cuando él nace se multiplican los problemas en todo el orbe. Por eso, todas esas interrogantes la Iglesia las contempla con paz, son serenidad, con fe, con esperanzas, pero no con los brazos cruzados. Por eso la Iglesia exhorta y reza, pero no se deja capturar por la inmediatez de la historia, no se deja limitar por los sucesos que acontecen en una semana, un mes o cinco años: La Iglesia irrumpe en el tiempo para trascender, ir más allá en nuestras vidas. Por eso, el nacimiento de Jesús es un canto a la esperanza, a la libertad, a la verdad, al amor. Es un decir "no" a la limitación, a lo efímero, a lo precario de nuestra existencia, y abrir nuestro corazón ante ese Dios que se hace hombre. Y San Lucas recuerda lo que le dijo el ángel a los pastores, los primeros a los que se les anuncia esta alegría del nacimiento: "no teman, les traigo una buena noticia, una alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, no teman". Hay motivos para recordar esto el día de hoy. A veces en el entorno cercano, familiar, del trabajo, del país, o del mundo, hay motivos para recordar que si el mundo se cierra a la dimensión del creador, se oscurece la conciencia, las relaciones humanas y se incrementa el maltrato a las personas. Por eso, el "no temas", es el primer mensaje para la Navidad. Porque el nacimiento de Jesús debe dar inicio en nuestras vidas a una nueva actitud, el cultivar en nuestro corazón esa dimensión maravillosa, sobrenatural, del trato entre Dios Padre con sus hijos. Somos hijos de Dios en Cristo, y en ese niño que nace hoy hemos nacido todo por la fe en el bautismo, para unirnos en la vida de la Santísima Trinidad. No son palabras vacías, porque ese niño ha abierto una dimensión maravillosa; y a partir de ese momento, los rayos de la paternidad -que están en el misterio de la trinidad- iluminan nuestras vidas de manera impresionante y maravillosa. Esa paternidad de Dios inicia una nueva relación con la humanidad, lo que nos permite decir y decirnos: "hermanos en Cristo" e "hijos de Dios en Cristo". Frente a esta luz está el pecado original con el que nacemos, el pecado personal que tantas veces oscurece este mensaje, y al que nos enfrentamos con gozo, con esperanza, y con esa nueva luz del niño acostado en el pesebre. ¿Y cómo se que ese niño es Dios?. Pues porque encontrarás a un niño recostado en pañales y acostado en el pesebre, es decir, encontrarás la grandeza de la inocencia, del indefenso, de la bondad, al Niño Jesús. Esa es la señal que estamos en el camino de Dios. Y vale la pena pensarlo, para descubrir de que manera influye el Niño en mi vida, mi trabajo, mi conciencia. Medítalo, porque Jesús -perfecto Dios y perfecto hombre- genera hombres y mujeres que se dejen guiar por la responsabilidad, por el amor responsable; y genera hombres y mujeres santos, es decir, a quienes pertenece el futuro del mundo. Yo recuerdo a San Josemaría, cuando viendo el mundo convulsionado -allá por el año 1938- decía: "estas crisis mundiales, son crisis de santos". Ahora, piensa en esa llamada maravillosa y bonita del Papa Juan Pablo II a la santidad, cuando dice que no hay genios, ni especialistas, y que la santidad es para todos. Hoy nos dice Jesús desde el pesebre: "se santo", es decir un verdadero cristiano. Porque a ti, hermano, te pertenece en definitiva la misión de traer la luz a este mundo. Y no olvidemos la escuela de la Virgen en el año del Rosario, porque la Virgen es el personaje en el nacimiento de Jesús. Porque hoy, cuando nace el Niño, el personaje humano es María, quien lo trae al mundo. Por eso, madres de familia, pidámosle a ella, a esa escuela de María: enséñanos a contemplar con humildad, con fe ese misterio que no se ve, que se entiende o no se entiende, enséñanos a contemplar ese misterio en la enfermedad, en el pecado, en el nacimiento, en la alegría, en la muerte, en cada instante de tu vida y la mía. Madre mía, enséñame a contemplar ese misterio con esperanza, con paz, y para ello quiero que seas mi modelo en la vida de humildad. Que seas modelo en mi vida de limpieza, de cómo tener un corazón para saber amar. A ella le encomendamos estos deseos de felicidad, de paz, en nuestros corazones. A San José, su casto esposo, le pedimos que fortalezca a las familias, y que sea nuestro maestro -como decía Santa Teresa de Jesús- de la vida espiritual. Que él sea el maestro de esta escuela de santidad. Nos unimos especialmente al Santo Padre, quien con mucha ilusión nos recuerda que este año se cumplen sus 25 años de pontificado. Por ello, pongamos nuestra oración unida a sus intenciones y su persona, para que el Señor le de mucha vida, para que el Señor lo bendiga en esa fortaleza, en esa santidad, y lo siga iluminando por muchos años. Realmente la Iglesia y el mundo tienen mucho que agradecer a este hombre, a este santo, el Papa Juan Pablo II. Señor Nuncio, su presencia nos hace siempre cercanos al Papa. Queremos que él sepa que esta Iglesia de Lima con gozo se une a las intenciones, a la salud y a la persona del Santo Padre. Así sea. |
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |