
- Domingo, 27 de octubre de 2002 -
|
Excelentísimo Monseñor José Antonio Eguren, Obispo auxiliar de Lima; Queridos hermanos, hermanas en Cristo: Hoy la liturgia de la misa empieza con el Salmo 104, que dice así: "que se alegren los que buscan al Señor. Recurran al Señor y a su poder, y busquen continuamente su rostro". Estas palabras nos recuerdan el llamado permanente del Papa Juan Pablo II -"busquemos el rostro de Cristo"- y nos instan a cumplir esa misión con alegría. Pero a veces, la respuesta que tenemos ante ese llamado es decir: "Señor, no te veo, ¿dónde esta tu rostro?"; o decir "Señor no te oigo, ¿dónde está tu palabra?"; o "Señor no te encuentro, ¿en donde estas?". A muchos les puede pasar que buscando el rostro de Cristo se encuentren con estas dudas, pero permíteme que en nombre de Dios te pregunte con sinceridad: ¿de veras quieres ver el rostro de Cristo?, ¿de verdad quieres oírlo?, ¿de verdad quieres obedecerlo?. Porque el Señor mira tu corazón y él ve si ese deseo de verlo o de oírlo es sincero. Por eso, pregúntate si realmente quieres ver el rostro de Cristo en ese amigo, en tus padres, en tus hijos, en el dolor o en la felicidad, ya que la primera condición para buscarlo es la sinceridad. Porque las palabras son fáciles, pero dentro del corazón puede haber una pequeña voz que le diga al Señor: "quiero ver tu rostro pero no me comprometas", o "quiero seguirte pero no me pidas demasiado". Para evitar eso hay que acudir al Señor con confianza, con sinceridad. Y por ello te leo unas palabras de San Josemaría Escrivá, recientemente canonizado: "pide a Jesús una visión nueva de la vida, pídele una luz que se encienda dentro de ti con un impulso misterioso que no es tuyo, que es su vida, su gracia, que es un don, un regalo. Ese impulso misterioso te empuja desde dentro a dedicar tus más nobles energías, toda tu vida, a amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser". Tal como lo hemos leído en el evangelio de hoy. San Josemaría habla de una visión nueva, una luz que se enciende dentro de ti, tú no la enciendes, la enciende él; también habla de un impulso, una fuerza que viene de ti, que te da una visión nueva de la vida, y que te lleva a dedicar tus energías más nobles (tu trabajo, tu familia, tu cansancio, tu esfuerzo, tu salud, tu enfermedad, tu pobreza) a amar a Dios. Esa luz es un don, es un regalo, y por ello, en este mes del Señor de los Milagros, pídele a Dios ese milagro que se llama la conversión, para que él encienda esa luz dentro, para que te la fuerza, para que puedas dar el paso que no te atreves a dar solo o que no puedes. Entonces, ese llamada a la conversión, a la santidad, es un milagro que en tu vida y en la mía se produce cada día. Ese milagro de la conversión es tan grande como hacer que un ciego vea, porque a veces en mi vida espiritual estoy cegado y no puedo avanzar para mejorar, para cambiar mi vida, para calmar mis pasiones, o para controlar mi ira. No puedo ver la luz de la Verdad y me tropiezo, y no acepto que estoy equivocado, que debo cambiar; y me hace falta esa fuerza para acercarme, para rezar un padrenuestro y decírselo a Dios con cariño, buscando su rostro. Y el Señor te responde -en palabras de San Josemaría- "con un acto de autoridad y se mete en tu alma". Es decir, Cristo con autoridad entra en tu alma porque tú lo has invitado, porque tú les has abierto las puertas, le has contado tus problemas, les has pedido perdón. Le has dicho que quieres cambiar, y él empieza a poner orden, diciéndote: "no te preocupes, ese hijo va a sanar", "la salud te la va a devolver el Señor para que puedas trabajar", o te dirá "quédate tranquila", "quita esa pena de tu corazón", o "acércate a la confesión". Como un acto de autoridad, el Señor se meterá en tu alma para llamarte, para decirte "aquí está mi voz, aquí esta mi rostro". Y por eso viene la pegunta clave, dime con sinceridad: ¿quieres que Cristo se meta en tu vida, te atreves a decirle "entra en mi alma"?. Porque Cristo entra en nuestras almas para hacernos felices, y me va a enseñar a ser feliz amando al prójimo como a ti mismo, como dice el evangelio. Es un amor que como tantos otros conlleva amor, sacrificio, humildad, saber escuchar y sobre todo, comprender. Puedes decir "me faltan las fuerzas", y en verdad te falta la humildad, te falta esa confianza para decir "estoy seguro que cambiaré, pero me va a costar". Por eso, debemos decirle al Señor, "sí quiero ver tu rostro, y amarte sobre todas las cosas, y quiero amar al prójimo como a mi mismo". Y como el Papa Juan Pablo II nos ha invitado este año a redescubrir el Santo Rosario, vamos a acudir a María, diciéndole: "descarga en el Señor tu peso, y él te sustentará. Medita con el Rosario, pon todos tus afanes, ilusiones, en el corazón misericordioso de Jesús y María". Dice el Papa respecto al Santo Rosario: "yo, después de largos años, recordando a veces los sinsabores, los momentos de dureza, de tristeza, de desánimo, que no han faltado tampoco en mi ejercicio como Papa, deseo repetir -casi como una cordial invitación dirigida a todos- que el Santo Rosario marca el ritmo de la vida humana". Por ello, vamos a decirle a la Virgen María: "Madre mía, me encomiendo a ti con tu Santo Rosario, con esas avemarías dichas despacio, con ese padrenuestro dicho con calma, con esa contemplación de los misterios de Cristo". Luego te pido que contemples a nuestra madre, que recuerdes que junto a ella encontrarás el camino para encontrar el rostro de Cristo. Se encenderá la luz, tendrás la fuerza que te falta, y tu vida la embarcarás íntegra en esa familia, en ese trabajo, y sabrás decirle al Señor "te quiero, enséñame a quererte". Y el Señor te dirá "corta esa situación, cambia esa vida, te espero para que seas feliz, acude a la confesión, o pide al Señor de los Milagros que te haga ese milagro". Conviérteme Señor. Y preguntémonos hasta cuando no sabré entregar toda mi vida para amarte, Dios mío, y para amar al prójimo como a nosotros mismos. Así sea.
|
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |