
- Domingo, 28 de julio de 2002 -
|
Nos encontramos presentes en la Basílica Catedral de Lima, en la tradicional Misa de Acción de Gracias -Te Deum- para elevar nuestros corazones y nuestras mentes a Dios, en este 181 aniversario de la Independencia del Perú. Hemos leído en la primera lectura: "Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar...para discernir el mal del bien" (Primera lectura del primer Libro de los Reyes 3,5, 7-12) Estas palabras de la Escritura nos llevan a plantearnos, cada uno de nosotros -personas responsables de la vida nacional- la necesidad de mover nuestras conciencias, para discernir cada día mejor el cómo debemos orientar nuestros actos en la búsqueda del bien común. Al conmemorar la independencia del Perú, el valor de la libertad resuena en nuestros corazones con particular emoción. Sabemos por experiencia que el primer ámbito de este valor moral se halla en el interior de nuestras conciencias. La libertad es valorizada en plenitud solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad, la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos (Carta Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II) Al mismo tiempo, el valor de la libertad aparece íntimamente ligado, en su dimensión social, al valor de la justicia. La virtud moral de la justicia es la garantía legal que vela sobre el pleno respeto de los derechos y deberes, y sobre la distribución equitativa de beneficios y cargas. Puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a los egoísmos y limitaciones personales y de grupo, la justicia debe ejercerse -y en cierto modo completarse- con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas por las injusticias y los conflictos humanos. El perdón no se opone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Por el contrario, conduce a la tranquilidad en el orden, que es la definición de San Agustín sobre la paz. El jurista, decía Raúl Ferrero, tiene una "profesión que no envejece, ni claudica ni desmaya" (Raúl Ferrero, Obras completas). Insistamos en la defensa de la justicia para todos por igual como requisito para garantizar la libertad, porque sin credibilidad en la administración de la justicia, la libertad pierde su sentido práctico. Para mirar con esperanza este nuevo amanecer de nuestra Patria, que es cada aniversario de la independencia, debemos contemplar como una unidad concatenada los valores morales de: Libertad, Verdad, Justicia y Paz, como enseñó el Beato Juan XXIII. Sólo así lograremos ese discernimiento del bien y del mal en nuestras conciencias y en nuestros correspondientes actos. Si no se contemplan en profundidad -de manera armónica- estos valores, pueden aparecer desviaciones en la actividad nuestra que, con el tiempo, pueden aparecer desviaciones en la actividad nuestra que, con el tiempo, producen desconfianza y apatía, disminuyendo el espíritu de participación entre la población que se siente perjudicada y desilusionada. (Carta Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II) Hemos leído hoy en la segunda lectura: "Sabemos que a los que aman a Dios, todo les sirve apara el bien". (Segunda lectura de San Pablo a los Romanos 8). Los cristianos, porque conocemos y amamos a ese Padre Nuestro que está en el cielo, debemos dar testimonio de que confiamos en la gracia divina para superar las dificultades de la vida. Como recordaba tantas veces el ilustre pensador Víctor Andrés García Belaúnde, para que exista una moral mínima o media, es necesario el ejemplo de la minoría heroica que practica la moral máxima. Sin esta minoría, sin la luz de sus enseñanzas y sin el estímulo de su ejemplo, nuestra vida se deslizaría en un valle oscuro y estrecho, sin la visión de las altas cumbres que reflejan la luz eterna. Es un eco de las enseñanzas evangélicas del grano de trigo que muere para dar fruto, de la pequeña semilla de mostaza que produce un árbol que cobija a muchos con su sombra, que de la levadura que fermenta a toda la masa, de la sal y la luz que da sabor y alumbra a toda la casa. El temple personal del ciudadano se forja con el tejido de sus virtudes morales, sabiendo así asumir riesgos y responder coherentemente con sus actos; manejar sus miedos y ser creativos frente a situaciones desconocidas; controlar sus pasiones y rechazar la cultura del odio y de la venganza. Es el ejemplo de la persona recta que, buscando el bien común y no el bien para sí mismo, convoca a todos a participar dando lo mejor que poseen, respetando las normales diferencias, y abriendo solidariamente nuevas posibilidades de desarrollo. Urge fortalecer el concepto de pertenencia a una Patria sin excluir a nadie. Reconocer nuestra patria mestiza, en la que Dios ha querido fundir como en un crisol, las múltiples combinaciones de razas y colores, de modo maravilloso. Esa es una riqueza. Todo ello ocurre, en primer lugar, al interior de la familia, y se proyecta desde ahí a la vida social. No son las estructuras el punto de partida de la lucha por el progreso, aunque ellas puedan ser necesarias para trabajar mejor y rendir más. Por tanto, ¡Promovamos, defendamos, fortalezcamos en primer lugar la unidad familiar!. En resumen, todos los peruanos somos miembros de una misma familia, y, como consecuencia, socios de un destino común. También la independencia nos evoca un deber de reconocimiento a nuestras Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional. Ellos son portadores de una historia y una herencia de luchas y sacrificios por la Patria, a lo largo de nuestra vida republicana. Ellos tienen una misión de salvaguarda y de defensa de todos nosotros. Comprendemos sus sacrificios y limitaciones y los alentamos a acudir a Dios en petición de ayuda y fortaleza. El Evangelio de Hoy nos habla de que "El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo". (Evangelio según San Mateo) Debemos tener en nuestra mira, con esperanza cristiana, el premio de la eternidad, con la alegría de estar con Dios. Pero, asimismo, debemos mirar de tejas abajo, cómo santificar y dignificar, en el transcurso de nuestra vida terrena, todos los quehaceres humanos. Hora es ya de que todos los peruanos, y de modo prioritario los empleadores y los trabajadores comprendan que la armonía social es un deber para todos. El debate social asume hoy una línea de ofensiva de verdadera emergencia humana. Ello plantea un deber de responsabilidad para todos los agentes involucrados en el proceso de producción. Hay que producir más respetando la dignidad de todos. Empresarios, inversionistas y trabajadores deben entender que asumir el riesgo de hacer empresa es servir a quienes se les brinda puestos de trabajo e ingresos para el bienestar de sus familias. Ese es el desafío solidario que afronta hoy la generación de empleo, lejos de todo tipo de confrontaciones en una clima de transparencia indispensable. Debemos ser capaces de afrontar este desafío moral de multiplicar el trabajo dependiente e independiente, con clarísimas y urgentes consecuencias de tipo económico social y político. El país espera este esfuerzo con esperanza e ilusión. Paulo VI dijo en la encícilica Populorum Progressio que "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz". Esa propuesta es hoy especialmente vigente. Existe la responsabilidad colectiva de promover el desarrollo; es posible construir una economía social que oriente el funcionamiento del mercado hacia el bien común; falta un gran esfuerzo de comprensión recíproca, de conocimiento y sensibilización de las conciencias. (Carta Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II) Deben ser sobre todo los laicos bien formados en los principios básicos de la doctrina social, en virtud de su propia vocación, quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales (Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte). La Iglesia jerárquica es respetuosa de las múltiples formas de organización social, económica y política; y es ajena a tomar partido por determinadas alternativas, salvando siempre la doctrina que nos enseña el Magisterio. Juan Pablo II anima a los jóvenes: "Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir a las nuevas generaciones una perspectiva de confianza y compromiso". (Mensaje para la Jornada de la Paz, Enero 2002) El Perú es un país con futuro, que deberá ser engrandecido por el trabajo de los jóvenes. Tienen el aliento y el respaldo de la Iglesia, que vela especialmente por ellos. Hace pocas semanas, en esta misma Basílica Catedral, velábamos los restos de Don Fernando Belaúnde Terry. Recordemos con él que todo peruano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. La reconciliación es siempre un buen camino para el cristiano y un buen ejemplo para las nuevas generaciones. En esta Eucaristía, elevemos nuestras plegarias por todos los habitantes del país, particularmente por nuestros hermanos del sur que han sufrido la inclemencia de las heladas, así como de todos los que por diversos motivos pasan momentos de dolor y tribulación. Que Nuestra Señora de la Paz acoja nuestras súplicas en su corazón misericordioso. Así sea.
|
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |