- Lunes, 28 de octubre de 2002 -

Excelentísimo Señor Nuncio de Su Santidad, Monseñor Rino Passigato, que acaba de volver de Roma, donde ha tenido el honor y la alegría de encontrarse con el Papa Juan Pablo II.

Nos acompañan también los obispos auxiliares de Lima y Monseñor Salvador Piñeiro, obispo castrense.

Nos acompañan también los sacerdotes, seminaristas, y los integrantes de la Hermandad del Señor de los Milagros, que con tanto cariño preparan este mes morado a lo largo del año.

Para todos ustedes, para todas las familias que nos encuentran y nos ven a través de la televisión.

Para los señores periodistas, que con tanta generosidad cubren esta devoción tan maravillosa; que el Señor esté siempre con ustedes:

Hoy, en la fiesta central del Señor de los Milagros, hemos escuchado que debemos tener los mismos sentimientos que tenía Jesús. Por ello, que cada uno procure pensar dentro de su alma sobre qué sentimientos tenía Jesús cuando estaba en la cruz, como vemos en ese lienzo dibujado por la mano de un moreno hace 351 años.

Desde que Jesús está en la cruz, el Papa nos dice: "nunca acabaremos de conocer ese misterio de la cruz". Y yo les pido a todos que nos adentremos en ese misterio, en pensar qué está pensando Jesús cuando nos contempla desde su pasión.

La sagrada escritura nos dice que Jesús pronunció ese grito de dolor: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado", y es difícil pensar en un sufrimiento mayor. Por eso, desde la cruz él nos enseña así: hijos míos, el pecado es una ofensa a Dios, el pecado es algo muy grave, no nos acostumbremos. El pecado es voltearle la mirada a Dios, es clavar a Jesús en la cruz otra vez, además el pecado nos deja tristes.

Recuerden que el pecado nos desune, que el pecado trae la violencia, la inmoralidad, y por eso el Señor clama aparentemente como desesperado ("Dios mío, dios mío, por qué me has abandonado"). Sin embargo, dice el Papa que estas palabras "no son de angustia, sino que constituyen la oración que el Señor de los Milagros ofrece a su Padre Dios por cada uno de nosotros".

Jesús desde la cruz y sufriente, se abandona en las manos de su Padre; qué ejemplo más bello para nosotros, para que cuando sintamos el peso, el dolor del pecado, o cuando sintamos que hemos abandonado al Padre, volvamos la mirada a su hijo en la cruz, para decirle "me abandono en tus manos".

Esa experiencia de todos nosotros nos tiene que llevar a un propósito muy claro: padres y madres, los invoco a que eduquen a sus hijos desde pequeños, explíquenles que el pecado es una ofensa a Dios, que aunque la mayoría lo cometa no está bien.

Explíquenles que Dios ama al pecador, pero no ama al pecado, y por ello, siempre tendremos que decir que el aborto es un pecado, aunque la Constitución quiera aprobarlo. Porque el aborto es el asesinato de un no nacido, y un pueblo católico no puede aprobar el asesinato de una criatura no nacida, eso es un pecado gravísimo.

De la misma manera, también queremos recordar que este pueblo limeño ha tenido un gran misionero en el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, quien recorrió miles y miles de kilómetros anunciando el evangelio, bautizando a los niños, confirmando a los jóvenes y abriendo escuelas en todos los campos.

Y ese hombre de Dios, patrono de todos los obispos de Latinoamérica, también nos dice y nos recuerda a todos los obispos, pastores, sacerdotes, padres de familia, y educadores, que la religión católica es una enseñanza que los niños desde pequeños necesitan en la escuela, y que a todos ha hecho mucho bien.

La enseñanza de la religión católica no es una imposición, es un ofrecimiento que por siglos realiza la Iglesia a este pueblo peruano, y por ello, seguimos reclamando que la educación religiosa sea un curso que tenga toda la importancia para esos niños y jóvenes, siguiendo la tradición de siglos. Que podamos continuar enseñando en esas escuelas lejanas, donde no llega nadie, pero donde sí llega una religiosa, un agente de pastoral o un catequista.

Por eso mi homenaje y mi agradecimiento a los maestros, a los jóvenes, a los religiosos y religiosas que en todos los rincones de la patria llevan la fe a nuestra gente.

Hace algunos momentos monseñor Piñeiro me decía: "vengo desde Tumbes, vengo desde la selva, ya que estoy recorriendo por mi trabajo todos los rincones de la patria; y en este mes morado encuentro en todos los rincones del país el hábito y la imagen, en las diferentes iglesias y pueblos. El Señor de los Milagros es el gran misionero", me dijo.

Gracias Señor, por este regalo al pueblo peruano que se pasea por todos los rincones con devoción. Eres tú Señor quien nos dice "tengan los mismos sentimientos que Cristo en la cruz", por lo tanto hermanos, ojalá tengamos fe no solamente en la procesión, sino en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en la política, en el deporte. Porque en todo momento de mi vida, Jesús quiere tener tus mismos sentimientos.

Y por eso te leo un pensamiento del Papa: "especialmente en los momentos en que sientas el desaliento, especialmente cuando sientas la angustia, cuando la vida y la salud parece que quieran desplomarse, no olvides las palabras que dijo Jesús: "vengan a mí todos los están fatigados, todos los que están oprimidos, yo los aliviaré. Tomen sobre ustedes mi yugo, aprendan de mi que soy manso, humilde de corazón, y vas a hallar el descanso para tu alma, que mi yugo es suave, mi carga es ligera".

Cuántas experiencias tenemos cuando acudimos al sacramento de la confesión, cuando depositamos en ese sacramento del perdón nuestras dificultades, nuestras ofensas, cuando nos quiere entrar la desesperación y el Señor te dice "ven" .

Por eso, como cristianos podemos recordar hoy cuántas cosas hemos hecho mal Señor, cuántas veces te hemos ofendido. Podemos pensar cuántos desengaños, cuánta falta de trabajo, cuánta violencia, cuánta mentira hemos pasado. Podemos acumular en el corazón ese dolor, ese desengaño, pero recuerda lo que te dice Jesús: "no acumules ese dolor, sino que piensa en el Señor de los Milagros, ponte delante de él y verás como te hará entender de otra manera la vida. El te dará ese consejo: "ven a mí", "acércate a la confesión", o "enseña a tus hijos a rezar"".

Levanta tu voz, cuando quieras mantener tu fe y tus sentimientos. El Señor quiere que en este Perú, su doctrina, su vida, sea un ejemplo para todos nosotros.

Señor, quédate con nosotros, no te alejes. Con él encontraremos siempre esa libertad. Por eso, los sentimientos de Jesús nos llevan a esos compromisos.

Yo quiero agradecerle de manera muy especial a la Hermandad, ayer hemos visto todo un homenaje en la TV donde se veían artistas, deportistas, jóvenes y muchos testimonios. Ha empezado una tradición muy bella de preparar la celebración desde el día anterior, para que todos los peruanos puedan ofrecer su testimonio, su homenaje al Cristo en su santuario.

Y también quiero pedirles, con especial cariño y emoción, que demos un aplauso a esas hermanas maravillosas del Monasterio del Señor de los Milagros, ya que ellas son las que lo visten, lo cuidan, lo arreglan, y lo acompañan en año entero.

A ellas, que el Señor las bendiga y las llene de vocaciones. Y para terminar, les digo que el Papa este año nos ha pedido que sea el Año del Rosario: porque María siempre lleva a Jesús.

María, con sus ojos, siempre está mirando a Jesús, y siempre está diciéndonos: "mira a mi hijo, haz lo que él te diga. Descarga tu peso, él te ayudará".

Por eso, les pido a todos, y en especial a la Hermandad, que promuevan esta devoción maravillosa, el contemplar la vida de Jesús con los ojos de María. Recen el Rosario, recen despacio el padrenuestro, el avemaría, que el Rosario se rece en la escuela, en las parroquias, en los campos, y en todos los rincones del Perú.

Porque a Jesús se va y se regresa por María, que María Santísima, la Reina de la Paz, traiga a través del Señor de los Milagros la paz, la moralización, la limpieza de las conciencias, el trabajo, la alegría, el optimismo, a este pueblo que se rinde delante de ti, Señor de los Milagros, en agradecimiento y en petición de perdón.

Perdónanos y ayúdanos Señor, para que como un pueblo unido, trabajemos por el bien de la juventud, de todos los jóvenes y de todas las familias, para que nadie se sienta dejado de lado. Porque en el corazón de Jesús cabemos todos.

Así sea.

 

 

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