
- Domingo, 29 de setiembre de 2002 -
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Muy queridos hermanos: La palabra de Dios, de una manera maravillosa, viene a iluminarnos hoy. No es sólo la palabra de un hombre, no es sólo la palabra que cada uno pueda tener, sino es la palabra que nos presenta la Iglesia. Y por eso, ahora, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos meditar qué significan las palabras que hemos escuchado. En la primera lectura hemos leído acerca de un profeta, Ezequiel, cuando le cuenta al pueblo judío lo que Dios le dijo: "Dios me dijo así: mucha gente dice que no es justo la manera en que actúo, ellos se quejan. ¿Pero por qué se quejan contra mi?; cuéntale a ese pueblo lo que yo pienso, me dijo Dios. Y luego, Dios se hizo una pregunta: ¿es que yo, Dios, soy injusto, o es que ustedes son los que proceden de una manera injusta?". Todo esto se lo dijo a Ezequiel. Es que Dios encuentra muchas veces que nosotros como que lo interpelamos, o que nosotros entramos en un diálogo con él, diciéndole: "¿por qué permites esto que está mal?, ¿por qué mi hijo se enferma?, o ¿por qué tengo este problema en la casa, o por qué no me comprenden?". Cuántas veces, en nuestros corazones hay ese pensamiento, al igual que lo relatado en el Antiguo Testamento. Preguntamos a veces: "¿por qué Dios me ha dado salud y se la quita a otros?", y le echamos la culpa a Dios, lo juzgamos. Y por eso nos dice el Señor: "yo no soy injusto, ¿no serán ustedes quienes no ayudan a quien lo necesita, no serán ustedes quienes no escuchan a quien requiere de un consejo; no serán ustedes quienes no acompañan a quien esta enfermo?". Preguntémonos entonces: ¿no seremos nosotros los que nos alejamos de Dios?. Y por eso, cometemos esa injusticia con él. Por eso recordemos a Ezequiel cuando se hace esta pregunta: "¿es Dios el injusto, o soy yo?". Y no juzguemos tantas veces a Dios, más bien hagamos un examen de nuestra propia vida. Ya el Salmo me lo pregunta: "¿quién es Dios?", y nosotros debemos responder que el Señor es siempre justo, es misericordioso, es lento a la ira, y su ternura, su perdón, son eternos. El Señor es bueno, es recto, y le enseña el camino a los pecadores. Ese es nuestro Dios, misericordioso, tierno, comprensivo, que sale al encuentro de cada uno. Y por eso, San Pablo en la segunda lectura nos dice algo que nos lleva a una gran meditación: "ojalá tengamos todos los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús". San Pablo nos anima diciéndonos: "ten en tu corazón los mismos pensamientos, deseos, acciones, del mismo Jesús". ¿Y cómo puedo hacer eso?, dímelo porque no puedo seguir tus pensamientos Señor, por eso sólo te digo así: abre mi corazón y pon dentro de mi esa fe. Me arriesgo a creer, y si me arriesgo a creer en ti, voy a conocer al verdadero Dios misericordioso, comprensivo, amigo. Cristo murió en la cruz, entonces no le pidas a Dios "no quiero sufrir", no, más bien dile así: "dejo en tus manos mi honra, mi familia, mi trabajo, lo dejo todo en las tuyas, que son las mejores manos". A veces el Señor te dirá: "necesito de tu ayuda para cargar la cruz", y se te presentarán pequeñas o grandes dificultades, pero procuremos siempre no juzgarlo a él. Mas bien, analicemos nuestro corazón y preguntemos: "¿Señor, cómo estoy yo contigo?". Preguntémonos también: "¿cómo puedo hacer para tener esos pensamientos, esos sentimientos tuyos, Señor?. Con mi cabeza no puedo tenerlos, porque esos pensamientos son de Dios. Entonces ten piedad de mí, dame esa luz en mi inteligencia, alumbra la inteligencia que me has dado para que yo pueda conocerte mejor. Fortalece mi corazón, para que no entre la insidia del enemigo, que mi corazón sea un corazón que ama, que perdona, que se alegra, que llora, un corazón humano, pero a tu medida Señor". Y este camino de San Pablo se hace con la oración, en ese rato que estamos juntos pidiéndole al Señor así: "dame esa ternura, esa luz de tu entendimiento, porque a veces no te entiendo. Damela tú, con tu fe, con tu gracia, enséñame a conocer la bondad que hay en cada uno de nosotros; enséñame a conocer la cruz cuando pides que me entregue a ti, y conserva la unidad entre todos nosotros". Y cuando escuchamos el evangelio, nos encontramos con una actitud muy parecida a la que cada uno podemos tener a veces: el evangelio cuenta que un hombre tenía dos hijos, y un día le dice a uno de ellos: "ayúdame, vamos a trabajar la tierra juntos". Y el chico, rotundo, le dijo: "no quiero". A nosotros, a cada paso, nos puede pasar lo mismo, porque el Señor me dice a veces "ayúdame en esto, cambia en esto, procura acercarte más a tu esposa o tus hijos, olvida ese problema, o acércate a pedir perdón". Y es entonces cuando yo le contesto: "no quiero Señor". Entonces recordemos que en el evangelio también se cuenta que este hijo rebelde, que dijo primero "no quiero ayudarte padre", luego recapacitó, se puso a pensar sobre su padre, su trabajo, su capricho de no ayudar, sobre su soberbia y orgullo, y al final se fue a trabajar. Es como una fotografía nuestra, porque cuántas veces Señor te hemos dicho "no quiero", y después recapacitamos, nos acercamos a ti, y te decimos "Señor, sí quiero". Y el Señor nos dirá: "ya lo sabía, te estaba esperando". Eso es lo que se llama la conversión, cada día lo viven muchas personas que encuentran a Dios. El evangelio cuenta también que había otro hijo, que parece que iba a dar una mejor respuesta, porque su padre también le pidió ayuda y él le dijo "ahorita voy". Pero al final este hijo no fue, lo engañó, sólo quería quedar bien con su padre, pero no era un hombre recto. Ahora dime, ¿con qué personaje te sientes más cercano?; probablemente con el que dijo "no quiero", y luego cambió, ¿verdad? Recordemos la parábola del hijo pródigo, cuando este personaje se va, se aleja, comete pecados y hace daño, hasta que un día se dice: "tengo que regresar". En cambio, el otro hijo sólo quiere quedar bien, por ser el hijo mayor y además le dice a su padre: "Yo siempre he estado en tu casa, ¿por qué a mí no le has dado todo lo que a este hijo tuyo pecador?". Igual dicen algunos hoy. Le dicen a Dios "voy ahora mismo", y no van, sólo tratan de quedar bien. Por eso, el Señor termina el evangelio diciendo: "muchas veces los pecadores arrepentidos irán por delante de los que les falta el arrepentimiento". Por eso, yo le pido al Señor con todas mis fuerzas por todos nosotros, danos ese camino de la humildad, de la verdad. Necesito tu ayuda, Madre mía, se abogada, háblale bien a Cristo de mí, para que yo cambie, para que yo, aunque te he dicho tantas veces que no, hoy pueda decirte que sí. Allí tenemos el itinerario de la palabra de Dios que actúa en tu corazón, por ello no te asustes cuando te dicen "no quiero", y no te asustes cuando le hayas dicho al Señor "por qué eres injusto conmigo". No te asustes porque hoy, ahora, podemos cambiar. Quería decirles, con verdadero gozo, que en estos días viajaré a Roma, a la canonización de quien será San Josemaría. Te leo lo que dice el catecismo de la Iglesia Católica al respecto: "al canonizar a ciertas personas, es decir, al proclamar solemnemente que esas personas han practicado heroicamente las virtudes, y que han vivido cerca de la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del espíritu de santidad que está en la Iglesia, y sostiene la esperanza de los fieles, cuando los propone como modelo, como intercesor a los santos. No se les adora, los vemos como un ejemplo y acudimos a su intercesión". Por eso, este gozo es particular para mi, porque tuve la ocasión de conocer a Josemaría Escrivá de Balaguer cuando estuvo en Lima en 1974, y era un hombre que sólo hablaba de Dios, era alegre y sencillo, y nos dijo a todos en el mundo -y esto es lo que la Iglesia hoy destaca- "todos los caminos, sea en el trabajo, la familia, el deporte, sean casados o solteros, todos los caminos tienen algo divino que debemos descubrir. Por eso, la llamada a unirme con Cristo pasa por el esposo, la esposa, el trabajo, la enfermedad o el deporte. Por todas las ocasiones". Todos estamos llamados a buscar a Cristo en medio de la calle, en medio de tu vida. El próximo 6 de octubre, el Santo Padre reconocerá a este sacerdote sencillo, que cuando fundó el Opus Dei, decía que sólo tenía "26 años y buen humor". Vamos a pedir al Señor para que la Iglesia nos siga mostrando ejemplos de personas que procuren encontrarse en su camino con Cristo. No dejes que las cadenas de la soberbia, las cadenas de mi debilidad, Señor, triunfen; cuántas veces mi carácter, mis errores, mis pecados, me impiden volver a ti. Quiero ser como ese hijo que tantas veces dijo "Señor no quiero", y que hoy, a través de la Virgen María dice: "Madre mía, dile a tu hijo que sí quiero, que quiero cambiar y convertirme". Así sea.
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