
- Domingo, 30 de junio de 2002 -
|
Muy queridos hermanos en Cristo Jesús: Nos encontramos en la presencia de Dios en esta Basílica Catedral de Lima, y para mi es motivo de particular gozo el transmitirles la bendición y el cariño del Santo Padre, Juan Pablo II, así como su recuerdo, su oración y su cercanía. Y hoy, al leer estos pasajes de la Sagrada Escritura, Dios quiere decirnos algo a cada uno de nosotros; y San Pablo nos dice "los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos también incorporados a su muerte, ya que por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros andemos en una vida nueva". Hermanos, el bautismo es el sacramento por el cual nacemos a la vida en Cristo. Meditemos palabras muy sencillas, que entren en nuestro corazón y nuestra mente, porque hemos sido hechos hijos de Dios, participamos de la misma vida de Cristo, y nuestro Dios es un dios de vivos, nuestro Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Porque nuestro Dios es Cristo, ese Cristo al que -como dice San Pablo- "hemos sido incorporados". Hermanos, a partir de ese momento, yo ya no puedo vivir dos vidas, sólo puedo vivir una sola vida, que es la de ser hijo de Dios en el trabajo, en el descanso, en la enfermedad, en la salud, en la alegría, en la tristeza, en el deporte, ya que en todo momento soy hijo de Dios. Y ese ser hijo de Dios tiene consecuencias, por eso les pido a cada uno que meditemos sobre el bautismo que recibimos de pequeños, y recordemos que con ese sacramento, el agua se volvió un signo de la acción de Jesús en nuestras almas. Por ello, recuerda aquel momento y levanta tu corazón a Dios, dándole gracias a tus padres, a tu familia, y pensando que a partir de ese momento tienes una misión. Y es que ahora el mundo entero pasa por una oscuridad, por lo que los cristianos nos estamos acostumbrando al asombro de que Dios esté con nosotros, y nos acostumbramos a que aquel hermano tuyo, aquel hijo tuyo, aquel amigo tuyo sea la imagen de Dios; nos acostumbramos también a que en la Casa de Dios, en la misa, el mismo cuerpo de Cristo y la misma sangre de Cristo se ofrezcan por ti y por mi. Por eso nos dice San Pablo que este andar en una vida nueva, el lograr la conversión personal, significa que cada día Señor, en tu alma y en la mía hay algo nuevo, si tienes fe. Si no hay fe, solamente estoy esperando lo que a mi me gusta, lo que yo quiero, lo que la gente reconoce, pero el Señor en ese misterio dentro de cada uno ahora, a ti y a mi nos dice "anda en un nuevo camino". Aquella preocupación, aquel dolor, aquella alegría, aquel recuerdo, se da junto a él, con él, por él. Esa vida en Cristo cada día se estrena, es nueva, y en el evangelio nos dice San Mateo con una claridad muy grande: "el que encuentra su vida, la perderá, y el que la pierde por mí, la encontrará". Hace unos días meditaba unas palabras que son muy útiles para entender cómo es que perdiendo la vida, la encuentro; para entender cómo es que de esa manera, Dios está en mi vida. Quisiera que las meditaras, porque son palabras sencillas, se trata de la presencia de la ausencia o la ausencia de la presencia. La presencia de la ausencia es ese mundo que vive sin Dios, ese mundo cada día más soberbio, de espaldas a la ley de Dios y que quiere inventar una nueva ley, generando violencia, injusticia y protesta. Pero fundamentalmente, ese mundo reclama por la ausencia de la presencia; o sea, reclama ese Dios que yo no veo, ese Dios que no lo puedo tocar, pero que seguramente está presente. Hermanos, el mundo pide la presencia de Dios, que nos ha dado la ley natural y que nos recuerda que el amor es el camino, y que ese amor cuenta con escaleras de dolor para llegar a la alegría. Esa presencia de Dios nos recuerda que su camino son los mandamientos, que son diez, no son ni siete ni cuatro mandamientos; y nos recuerda también que somos débiles, que tenemos errores, que somos pecadores, y por eso el Señor -con esa infinita misericordia- nos ha dejado esos sacramentos, sobretodo la confesión, la eucaristía, para que de esa manera esa ausencia de la presencia exija los ojos de la fe. Esta exigencia se mostrará cuando digamos: "Señor, no te veo, pero creo en ti", "a veces mi vida se me hace difícil, espero en ti", o "Señor, con tantas dificultades, donde está tu amor", y Dios me conteste "mi amor está en la cruz", y me conteste "no pretendas hacer una ley humana como si fuera divina. Yo he dejado en tu corazón una imagen, la ley natural, y te he dejado dentro la inclinación de hacer el bien y rechazar el mal". El mundo se porta a veces de una manera realmente cínica -hay que ser honestos- ya que en otras ocasiones rechazábamos a Dios con una filosofía, un ateísmo, no queríamos a Dios, y se le atacaba; pero en cambio hoy se dice "creo en Dios" aunque no se cumple ni se vive siguiendo a Cristo. Y el mundo contemporáneo quiere hacer las leyes de los nuevos mandamientos, las leyes del nuevo Dios, y por eso debemos saber que Cristo, hermanos, es el mismo ayer, hoy y siempre. ¿Donde está Cristo?, pues en tu vida y en la mía, hermano. Jesús, dime algo cuando hablamos de crisis y hablamos de problemas. Qué triste que los hombres no levantemos la mirada para decirte: "Señor, no te queremos dejar, esa presencia de tu ausencia solamente la podré leer con la presencia de la fe. La podré ver con la verdad, con la confesión, pero estará siempre ausente porque tú quieres que yo crea en ti". Entonces, Dios, te quedas en el sacrificio de la eucaristía, pero qué pena si en lugar de esa ausencia de tu presencia encontramos la presencia de tu ausencia. Ello significaría, Dios mío, un mundo que no te espera, en donde está presente el vacío de la soberbia, y significaría el vacío de un mundo que quiere actuar como si tú no existieras. Hoy solamente se habla de la verdad por mayoría. Falso. Se habla de la norma moral por lo que la mayoría cree. También es falso. Este mundo, que salió de las manos de Dios maravilloso, para ser felices, para ayudarnos, se presenta violento e injusto porque dejamos a Dios de lado, y eso se refleja en todas partes, no solamente en la Iglesia. Y por eso hoy, como Pastor, te digo que la Iglesia viene a recordamos que Cristo está presente aquí, que Cristo está presente en medio de nuestros pecados, cuando sabemos pedir perdón; en cambio, cuando Cristo está como ausente genera en nosotros una gran nostalgia, porque extrañamos a Jesús pasando entre nosotros. Estas no deben ser sólo palabras o prédicas que están en el aire, esta palabra de Dios tiene que encarnarse en tu hogar, tu trabajo, tu amistad, en las calles, en los gobernantes, en la sociedad; esa palabra de Dios se debe encarnar. Por eso, recordemos la primera lectura del libro de los Reyes, cuando se dice: "me consta que ese hombre de Dios es un santo". Hoy la gente te pide modelos, quiere testigos vivos de Cristo. Entonces hermanos, levantemos esa mirada de fe a Dios que va más allá del hoy y del mañana, que te conoce a ti, a cada uno, y en cada uno es nuevo. Por eso yo le pido -y te lo sugiero como ejercicio personal- con estas palabras: Jesús dime algo, hoy dime algo. Madre mía, enséñame a escuchar a tu hijo. Vamos a pedírselo por nuestra patria, por nuestras familias, por todas las inquietudes que todos tenemos, y no perdamos esa esperanza, ya que sólo Dios tiene palabras de vida eterna. Así sea.
|
| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |