- Domingo, 31 de marzo de 2002 -

Excelentísimo monseñor Rino Passigato, Nuncio Apostólico de Su Santidad; muy queridos hermanos Obispos auxiliares electos que el próximo domingo recibirán la ordenación episcopal; seminaristas, religiosos, y muy queridos hermanos todos en Cristo:

Hoy, en primer lugar les deseo a todos una muy feliz Pascua de Resurrección, que significa la alegría y el gozo sobrenatural por el regalo que Dios ha querido hacer a la humanidad. Tratemos hoy de reflexionar, cuando veamos la imagen de Cristo, que finalmente la Vida ha triunfado sobre la muerte.

Si algo quedaba pendiente en nuestra vida, era el misterio de la muerte. Todos mueren, y las diferentes filosofías, las diferentes religiones con todas sus explicaciones buscan un camino; a nosotros, en cambio, Cristo nos dice que la Vida ha triunfado sobre la muerte, y por lo tanto, que nuestras almas, al separarse del cuerpo son inmortales. Y que esa vida continúa, bien en el cielo, o en el infierno.

Y también Cristo nos dice que se producirá al final de los tiempos, la resurrección de nuestros cuerpos. Con ello, se abre un panorama totalmente diferente para la humanidad, y por eso decimos que la Pascua significa el triunfo de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal. Es el triunfo de la verdad sobre la mentira, y de la paz sobre la violencia, también.

Y el Papa cuenta que en cierta ocasión le preguntaron: “Pero Santo Padre, al contemplar el mundo, ¿no le da la impresión que esta verdad ha fracasado?”. Y el Papa contestó con enorme sencillez: “el hecho de la redención, de la resurrección, es un hecho histórico, lo demás son discusiones de cada uno”.

Es decir, el que quiera salvarse, tiene el camino de la salvación. Pero lo que no está en discusión es el hecho histórico que Dios se hizo hombre por amor a nosotros, y que trabajo, vivió, habló, comió, durmió, e hizo todos los actos nuestros, menos el pecado; y que por amor a nosotros sufrió esa pasión, esa muerte, y que vino para que tengamos vida, y tengamos Paz.

Por eso, cuando la oscuridad que tantas veces llena de sombras el mundo, intentó discutir esta verdad, el Papa respondió con tanta sencillez: “yo proclamo la Verdad revelada, el que tú la creas o no es un problema personal”. Por ello, le pedimos a Cristo resucitado, atrae a la fe, anuncia tu resurrección en todos los rincones del país y del mundo, porque la resurrección de Cristo instaura un concepto cristiano para la vida.

Esto es muy importante, porque desde que Cristo resucita, esa verdad revelada configura un modo cristiano de vivir, no un conjunto de reglas ni un conjunto de prohibiciones; nos enseña que hay que alguien que vive, Cristo, hoy y ahora, en tu alma y en la mía, y en aquel niño, en aquel enfermo, en aquel hombre alejado de Dios, en aquella mujer, en aquellas monjas de clausura.

También vive Cristo en aquellos pastores en la montañas abandonados, en aquellos pueblos que hoy están sometidos a una guerra implacable en Tierra Santa, en aquellos que hoy permanecen en las cárceles, en aquellos que hoy sufren persecución, en todos ellos está Cristo. Porque la religión no es una lista de normas, sí hay unos mandamientos, pero esos mandamientos son para seguir a Cristo, y se usan sólo cuando tenemos dudas. Entonces los mandamientos me enseñan los límites, diciéndome: “si te sales de aquí empiezas a perder la visión de Cristo”.

Y cuando a veces te encuentres débil o cansado, allí tienes los sacramentos. Entonces, que triste papel es ese de querer enjaular los principios de la Iglesia en un conjunto de prohibiciones, cuando la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, cuya cabeza vive.

Hermanos, bastaría con esto y meditarlo: Cristo está en mí, Cristo está en mi hogar, Cristo está en aquel hombre pobre, en aquella persona que está en un hospital, en aquella madre; también en aquellos hombres y mujeres que no están ya en este mundo, y cuya alma está en el purgatorio, el cielo, o gozando del rostro de Cristo. O está condenado eternamente.

Yo les pido hermanos que tengamos esa creatividad de explicar este concepto cristiano de la vida, mostremos la belleza del mensaje de Cristo, especialmente para la juventud. Si uno ve la historia de la Iglesia en estos dos mil años, observa muchos momentos del martirio, millones y millones de personas que mueren por seguir a Cristo. Y también vemos esos tres siglos de la Iglesia en que la resurrección de Cristo es tan fuerte, es tanta la fe, que dan la vida por él. Por ejemplo, aquella mujer de 15 o 16 años, Blandina, soltada para que los toros la destrozaran a cornadas, y todos aquellos mártires que cantaron gozosos al encuentro del martirio, porque sabían que la vida no terminaba aquí.

Hermanos, hay momentos de la historia que tal vez conviene que esa belleza de lo que es lealtad, lo que es el heroísmo de entregar tu vida a Jesús, quede plasmado en historias llenas de esa audacia que hoy la juventud desea. Y cuando contemplamos otras épocas, vemos el florecer de esos momentos de gran erudición, de estudio, de la conquista de lo que es la geometría, la física, la matemática, y encontramos a hombres y monjes estudiando los fenómenos de la naturaleza, imbuidos de ese deseo de conocer la belleza de la creación. Encontramos por ejemplo, a un San Francisco en la contemplación de la naturaleza.

Hoy nuestro espíritu se renueva, huye del frenesí, y busca la quietud y la paz, pero no encerrándose, sino abriéndose a la creación. Y lo mismo digo de aquellas otras épocas, en que la fe católica plasmó el derecho positivo, en que sociedades enteras recuperaron el camino del bienestar, con los principios de la doctrina social de la Iglesia, con ese destino común de los bienes, y con esas iniciativas maravillosas en el mundo entero, que llevaron la vivienda, la salud y la educación a millones y millones en el mundo

Que belleza la de un San Juan Bosco, la de un San Francisco de Sales, que belleza reciente la de la Madre Teresa de Calcuta; son parte de la historia de la religión, plasmada en personas como tú y como yo, pero que hicieron bello el concepto cristiano de la vida, y no ocultaron ni mintieron. Siempre tuvieron a la cruz en el centro de su pensamiento, de su palabra, de su trabajo.

También tenemos una Teresa de Avila, con su poesía; un San Juan de la Cruz, recio, valiente, como una mística extraordinaria, y al beato Josemaría, que nos dice: “encuentra a Jesús en lo cotidiano, en lo de cada día, en tu trabajo, en tu familia, en tu hogar, en las calles”. Y debemos mencionar también aquí a Juan Pablo II.

El día de ayer, el Papa participó en la Vigilia pascual, una ceremonia de tres horas, y ha querido presidirla, ha querido que el dolor que todos sabemos que siente, esté al servicio del amor. Esto debe conmover a la juventud, y nosotros no debemos dejar que esa juventud se abandone a proyectos engañosos, efímeros, que producen una alegría de un minuto o dos. No debemos dejar que acudan al matrimonio buscando una especie de felicidad pasajera, y cuando vengan los hijos, ese tesoro, su familias empiecen a resquebrajarse.

Por eso hermanos, cuando hoy contemplamos a Jesús resucitado, se nos presenta un gran desafío. Presentemos este mensaje, lleno de verdad, de fortaleza, de belleza, de plasticidad con el deporte, con los medios de comunicación. Qué maravillas se pueden hacer mostrando los testimonios de millares de hombres y mujeres, sencillos, que entregan su vida al servicio del prójimo.

Exaltemos aquello divino en lo más pequeño de lo humano, y así podremos entender esa concepción cristiana del hombre, del niño, de la mujer, del arte, de la universidad, del progreso, de la economía, de la política. Y recordemos que si nos olvidamos que Dios se hizo hombre, perdemos a Dios, y perdemos al hombre.

El Papa lo decía en su primera encíclica: “si el Señor ha querido que yo venga a la sede de Pedro, será para que transmita lo que llevo meditando desde hace mucho tiempo, en el fondo de mi alma”. Y en esa encíclica “Redentor del Hombre”, dice también: “sin Jesucristo, el hombre no se conoce a sí mismo”.

Piensa en eso, no hace falta filosofía, hace falta meditación. Jesús resucitado, muéstrame quién soy, muéstrame en ti, quién soy. De esa manera, la vida del cuerpo es el alma, y la vida del alma es Dios. De esa manera, hermanos, al resucitar Cristo, le daremos más espacio a esa alma, donde está tu amor, tu gozo, tu dolor, tu alegría, tu fe, tu esperanza, tu solidaridad, tu coraje, tu firmeza, tu deber, tu compromiso, tu palabra dada. En ese campo del alma y del espíritu, dejemos que Cristo crezca, respire.

No permitamos que la sociedad contemporánea haga una cárcel del cuerpo, en donde le da todos los placeres a quien tiene enjaulada el alma, a quien tiene el espíritu encogido, y solamente despierta a los sentidos, las pasiones.

Busquemos esa armonía. Decía San Agustín: “haré una escalera en mi corazón, y unas gradas para subir a lo más alto de mí mismo; y por esa escalera subiré a mi Señor, que está sobre mi cabeza”.

Cristo resucitado, nos revela a Dios y al hombre. María Santísima, nuestra madre, sigue siendo la abogada, la consejera, acudamos a ella. Y quiero repetir estas palabras que hoy el Papa ha dirigido el mundo entero: “hombres y mujeres del tercer milenio, un mensaje: déjenme que les repita, abran el corazón a Cristo crucificado y resucitado, que viene ofreciendo la paz. Con él entra la verdadera paz”, dice.

Sólo me atrevo a dar dos pequeñas explicaciones: la paz es don de Dios y tarea de los hombres. No hay paz social, si no hay paz en el interior de tu conciencia. Por eso, en el interior de la conciencia, todos debemos hacernos el propósito de encontrar a Cristo en este día de fiesta maravillosa, de gozo indescriptible.

Tengamos esa creatividad, se la pedimos al Espíritu Santo: haz en nosotros ese mundo que sepa transmitir al mundo de hoy, la maravilla en el deporte, en el arte, en el estudio, en la universidad, en la convivencia social, en las normas legales, en la familia, en la niñez, en la enfermedad, etc.

Danos esa facultad de la nueva evangelización, que presente de un modo verdadero, el rostro gozoso de Cristo resucitado. La religión gozosa ofrece al mundo un nuevo concepto de vida cristiana, en el cual la paz es el fruto maduro; y eso supone tu encuentro personal en la reconciliación, en la eucaristía.

Nuevamente una muy feliz Pascua de Resurrección, a ustedes y a todos los hogares. Que el Señor, príncipe de la paz, reine en todos los corazones.

Así sea.

 

 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]