
- Martes, 31 de diciembre de 2003 -
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"EL DESAFÍO DEL AÑO 2003 ES ESCUCHAR LA PALABRA DE DIOS Y PONERLA EN PRÁCTICA"
Hoy nos encontramos en vísperas de terminar el año, celebrando la fiesta litúrgica de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Por ello, levantamos nuestro corazón para darle gracias a Dios, mientras cada uno de nosotros puede en el interior de su alma, revisar todo lo que ha vivido a lo largo de este año. Y si hemos tenido durante el año un momento difícil en la salud, en la familia, en el trabajo, pues con mayor devoción debemos elevar el corazón a Dios para decirle: gracias Señor. Porque debemos saber que el agradecimiento a Dios brota en buena parte de lo que nos dice el apóstol San Pablo en la segunda lectura, cuando señala: "como somos hijos de Dios, él envío a nuestros corazones el espíritu de su hijo que clama siempre: Padre. Con ello, ya no somos esclavos, sino hijos, y si somos hijos, también somos herederos por voluntad del Señor". Ese es origen de esta alegría, de esta misa de acción de gracias. Medítalo en tu corazón, porque eres hijo de Dios en Cristo, eres hijo de María en Cristo, María es nuestra madre en Cristo, y esto -unido a la fe- hace que en tu corazón y en el mío broten verdaderos cantos de acción de gracias. Y agradecemos a Dios por lo bueno que es, por la misericordia que ha tenido conmigo, y porque nos sigue buscando todos los días. Fíjate que la fiesta que celebramos hoy es la de María, la Madre de Dios. Y en torno a Jesús, a lo largo de la historia de la Iglesia, siempre ha habido como ese enfoque que lo ve, alternativamente, como un perfecto hombre, un gran profeta, un hombre maravilloso, un hombre que hizo mucho bien, pero al que no se le quiere reconocer como Dios. Hace poco leía unas palabras del cardenal Ratzinger, en un documento del Papa Juan Pablo II, cuando nos dice: "esa criatura que ha nacido es perfecto Dios y perfecto hombre. Y esperemos que la Iglesia, que de alguna manera es esa imagen del misterio de Dios hombre, no se vaya a quedar sólo como una institución que hace cosas muy buenas, que despierta muchas simpatías, a la que se le reconocen cosas muy estupendas, pero de la que olvidamos que es Cuerpo místico de Cristo. Por lo tanto, Cristo sólo está en su Iglesia, la Católica". En tu vida y en la mía debemos siempre examinarnos, porque ese Jesús al que yo veo, y al que conozco en esa humanidad en la que trabajó, en la que tuvo una familia, en la que lloró, tuvo hambre e hizo milagros, es la señal que me lleva a descubrir su presencia diaria en mi humanidad, en mi vida, en mi trabajo, en mis sentimientos, en mi cansancio, en mi enfermedad. Ese Jesús me dice: "el camino es reconocer tu dignidad de ser hijo de Dios en Cristo, reconocer en tu ser hombre, el camino para llegar a Dios. Y por lo tanto, debes respetar ese tesoro que te he dado: tu inteligencia, tu voluntad, tus sentimientos, tu familia. Porque te he dado en herencia una verdadera maravilla". Por eso hoy, al terminar el año dándole gracias a Dios, le damos gracias desde esa realidad sobrenatural y humana; porque en algunas ocasiones podemos ver a Jesús como ese Dios ajeno a nuestros problemas. Y a veces también le pedimos al Señor así: "haznos milagros", "arréglanos la vida", o "tú que todo lo puedes, dame esto". Y el Señor te responderá así: "sí, soy Dios, pero también me hice hombre justamente para abrir ese espacio en tu vida". Por eso, al contemplar la fiesta de hoy, contemplamos con toda su luz ese misterio: Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre. No hay el Jesús histórico y el Jesús divino, hay un único Dios, hay un único hijo de Dios, el mismo ayer hoy y siempre. Cristo vivo es el gozo de nuestra fe. Esto es lo que hoy nos lleva a acercarnos a nuestra madre, Santa María, para decirle "gracias, Madre mía. Por este hijo tuyo siempre vivo, siempre reflejado en nosotros, siempre buscándonos". Hoy de manera especial, le pedimos a Cristo con el Salmo que hemos leído: "Señor ten piedad y bendícenos, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que toda la tierra siga tu camino, y todos los pueblos conozcan tu salvación ". Esto nos lleva a darle gracias a María Santísima en este Año del Rosario. Madre de Dios, madre nuestra, madre de los sacerdotes, madre de todos los hogares cristianos, cómo no recordar la tradición maravillosa de devoción de nuestras madres y de nuestras abuelas, cómo no orarle -al contemplar la Sagrada Familia- y decirle a Jesús "bendita sea la Madre que te trajo al mundo". Allí está el desafío del año 2003: escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica. No hay impedimentos para un hombre de fe o para una mujer de fe, más que enfrentarse a este nuevo año llenos de esperanza y optimismo. Nos unimos al Santo Padre en su plegaria por la paz en el mundo, nos unimos al Santo Padre en su plegaria por la familia, el matrimonio y la educación religiosa de los hijos. Nos unimos al Santo Padre en ese clamor por los más pobres, pero lo hacemos llenos de esperanza, alegría y fraternidad. Y por eso recordemos lo que dice el Papa: "los gestos de paz se dan en la vida de las personas que cultivan en su propio ánimo, constantes actitudes de paz. Gestos de paz que brotan del ánimo, de lo que tenemos dentro, como la alegría, la comprensión, el perdón y el amor a la verdad". Cuando echamos afuera esas tentaciones del rencor, del desánimo, de la tristeza, de la violencia, en mi ánimo nace el decir "gracias Dios mío, gracias Madre mía". Por ello, qué gozo celebrar hoy, en el umbral del nuevo año, la Solemnidad de la Madre de Dios, y que el Santo Padre nos recuerda como la Jornada Mundial de la Paz. Hermanos, hagamos gestos de paz. Me preguntarán ¿qué puedo hacer yo en mi hogar, con mis hermanos?; ¿qué pueden hacer los medios de comunicación?, ¿qué podemos hacer por esa gente que no tienen alimentos, o aquellos enfermos que no están solos?; ¿o por aquellos niños que sufren el desamparo? ¿Qué podemos hacer hermanos?, pues gestos de paz. Y añade el Papa: "cuando apreciemos plenamente la dimensión comunitaria de la vida, que nos hace percibir el significado y las consecuencias de nuestros actos, y cuando cada uno de nosotros seamos conscientes de la importancia de esa sonrisa, ese pedir perdón, ese abrazo, esa visita a un amigo, esa llamada por teléfono o el ser parte de una familia, haremos que estos gestos de paz generen una tradición de paz". De lo más profundo de mi corazón, nace un augurio para este nuevo año; que en el ánimo de todos, brote el impulso de una renovada adhesión a la misión que la encíclica Paz en la Tierra del Beato de Juan XXIII, propuso hace 40 años. Cuántas veces nosotros pensamos "que difícil es el tiempo de hoy", pero no sabemos que hace 40 años, el Beato Juan XXIII llamaba al mundo con verdadera conmoción, buscando la paz en la tierra. Y es que esa paz hermanos, brota del corazón. Por eso hermanos, el Papa nos recuerda: "hace cuarenta años, Juan XXIII propuso a todos los hombres y mujeres de buena voluntad -y la calificó como una labor inmensa- una tarea que se concretaba y se concreta en establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo la enseñanza y el apoyo de cuatro principios: la verdad, la justicia, el amor y la libertad". Este sistema de relaciones debía darse primero entre los individuos, hermanos, amigos, padres y compañeros de trabajo. Luego, entre los ciudadanos y los respectivos estados. Luego, entre los estados entre sí; y finalmente entre los individuos, las familias, las entidades intermedias, estados particulares de un lado, y del otro, la comunidad mundial Y me pregunto, como muchos de ustedes: ¿qué puedo hacer por la paz?. Y creo que lo que podemos hacer es mirar a María y decirle así: que en mi corazón se conserven estas palabras, y piense en qué gesto de paz puedo hacer en este año que comienza, o qué oración puedo elevar para que nuestro país vaya por caminos de progreso, paz, unidad. Verás que María nos enseñará el camino. Por eso hermanos, con el gozo, la esperanza, de un nuevo año feliz, también hagamos un agradecimiento gozoso: gracias Madre nuestra, gracias San José, gracias por habernos entregado a Jesús. Abrele las puertas de tu corazón, no le tengas miedo. Y una última palabra: ¿saben cuál es la gran fuerza de la Iglesia para la paz?, pues la oración. Allí está el secreto y la fuerza que lleva a la Iglesia a proclamar con audacia y con esperanza este camino de progreso, de conversión, de paz, de desarrollo, de amor a la verdad. Unámonos en esta eucaristía a las intenciones del Santo Padre, unámonos especialmente a aquella gente pobre, a los enfermos, los niños, los ancianos, a aquellos hombres que padecen en las cárceles. Aquellos hombres y mujeres perseguidos por su fe. Aquellos hombres y mujeres que hoy, en Tierra Santa, están en ese constante temor de la guerra. Qué situación mundial tan penosa cuando en plena época de progreso, el mundo se debate en la duda de una guerra. Y en estos días encontramos el último atropello a la dignidad humana con esta noticia de la clonación, un desafío de la soberbia del hombre que pretende aplastar la dignidad de sus semejantes. Hermanos, que en este panorama tengamos más paz, oración, esperanza, porque somos hijos de Dios, de Jesús, de María, de José. Y que de nuestro corazón brote un ánimo grande, que nos lleve a buscar -como en la historia de toda la humanidad- la luz que ilumine. Esa luz que nos señala el camino para llegar a la salvación eterna. Así sea. |
| [Reseña histórica de
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