- Sábado, 1 de noviembre de 2003 -

“LA MISA DEBE SER EL CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA”


Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Monseñor Carlos García, Obispo auxiliar, está haciendo la visita pastoral a esta Parroquia. Y es que cada cierto tiempo, el Obispo debe reunirse con el Párroco para ver cómo está trabajando, cómo está la iglesia y qué necesidades tiene. A mi me corresponde celebrar luego la eucaristía, el momento más importante de la visita pastoral.

Al escuchar las lecturas de hoy, encontramos esa palabra de Dios que es palabra viva, porque Dios nos habla a ti y a mi ahora. Y en la primera lectura se nos cuenta de una muchedumbre estaba repitiendo: “la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”; entonces, nos damos cuenta de la promesa con ese cordero, nos damos cuenta de ese sacrificio al entregar a Dios un animal y marcar con su sangre a los elegidos.

Hoy vemos que ya no es un cordero lo que se ofrece en la eucaristía, sino es el mismo cuerpo de Cristo el que es ofrecido por nosotros.

PIENSA EN CUANTO TE AMA DIOS

Tenemos que pedirle a Dios entonces: auméntame la fe, porque al darme cuenta que Dios va a derramar su sangre, que va a entregar su vida, que va a clavarse en la cruz para perdonarme, para ayudarme, debo estar eternamente agradecido a él. Sin embargo, a veces nos preguntamos: ¿por qué ya no voy a misa? y luego pensamos con dolor: ¿será que no me doy cuenta de ese enorme amor que Dios me tiene?.

Cada vez que venimos a la misa, el Señor nos dirá: “aquí está mi cuerpo, te lo entrego”. Pero también te preguntará: “¿y tú qué me das?”. Y a veces tenemos que darle sólo promesas que vamos a mejorar, que vamos a tratar de confesarnos más, que vamos a perdonar a los demás, o que vamos a quitar el pecado del corazón....

En esta primera lectura de la misa, Cristo nos dice: “esto son los que vienen de una gran tribulación. Han luchado, han lavado y han blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”. Pues de igual manera, cuando salimos de la misa, el Señor podría decirnos así: “has entrado aquí con tus problemas, con tus necesidades, y te has lavado en la eucaristía, en la sangre de Cristo”.

Escucha bien las palabras que pronuncia el sacerdote durante la consagración, y te darás cuenta que dice: “este es mi cuerpo, esta es mi sangre, que será derramada por vosotros, por todos los hombres”: Recuerda que estas palabras no son historia, relatan lo que está pasando ahora en tu corazón.

LA GRAN MISIÓN DE LIMA

El Santo Padre, con el que me pude reunir hace poco, ha recibido del pueblo limeño todo el cariño y las oraciones por su salud, por su trabajo, y nos ha enviado la bendición apostólica. Por eso recordemos lo que nos dijo sobre la misa como el centro de la vida cristiana.

¿De que me sirve decir que soy católico, si no asisto a este encuentro maravilloso del hijo de Dios que muere por mi, que derrama su sangre para lavarme y que me espera para consolarme?. Sin embargo, a veces le digo: “no tengo tiempo”.

Este es un problema de la Iglesia actualmente, porque mucha gente que se dice católica y ya no asiste a la santa misa, o no se acerca a la confesión.

Veamos ahora la segunda lectura de la misa, del Apóstol San Juan, que nos dice: “mira que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios”. Basta que pienses esto y recuerdes con orgullo esa condición, porque eres hijo de Dios a través de Cristo.

Recuerda la pregunta que te hará Dios en cualquier momento de tu vida: “¿cuento contigo?”, por eso mismo debes confiar en que la Gran Misión del Arzobispado convocará a miles y miles de colaboradores, para que vayan de puerta en puerta, colegio por colegio, local por local, anunciando la buena nueva en Lima: “Cristo está aquí, Cristo vive aquí”.

Me pregunto: ¿cómo es posible que nos quedemos callados cuando vemos esas sectas que se separan de la iglesia, y que ahora se dedican a criticarla?; ¿vamos a esperar que sólo los sacerdotes o los obispos vayan a predicar?. Piensen que ustedes pueden predicar en el trabajo, en la casa, educando a los chicos, o en las calles, cuidando la moralidad pública.

Predica con el ejemplo tu espíritu cristiano, trata que te vean alegre, honesto, sincero, para que vean que eres una buena persona. Y si ven tus defectos, que tu prójimo sepa que también puedes pedir perdón.

NO REHUYAS TU CRUZ

El evangelio nos cuenta que Cristo vio de lejos una multitud, y como eran muchos, tuvo que subirse a una montaña, para que lo pudieran ver. Luego, desde la montaña se puso a predicarles: “feliz el que llora, feliz el que es perseguido, feliz el pobre, feliz el que es limpio de corazón”.

Seguramente muchos me dirán que no puede ser feliz el que llora, sin ponerse a pensar que la cruz de Cristo es también la del Cristo Morado, que ahora es señal de gozo, de paz, de alegría, de perdón. Desde allí reina Cristo, porque él no reina desde el poder o desde el éxito.

Es que la cruz dejó de ser para los católicos una tragedia, y se convirtió en una fuente de perdón, de alegría, de cariño, de amistad. Por eso, no podemos arrancar la cruz de nuestras vidas, ya que la cruz simboliza el esfuerzo por levantarnos cada día, por trabajar mejor, o incluso por soportar el carácter de un familiar o un amigo.

Y a esa juventud que tantas veces no quiere cruz, sino sólo diversión, placer o licor, debemos decirles que así no se vive como hijo de Dios, porque la cruz significa luchar contra “ese hombre viejo que vive dentro de nosotros” como dijo San Pablo.

“Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo”, dijo Cristo al gentío, según la Biblia. Hoy hermanos, pensemos que la vida se pasa rápido, a veces con grandes problemas que resolver, pero también recordemos que cuando todos cumplen su labor -como el que joven que estudia, las religiosas que rezan, y los padres que educan- pues la vida puede ser el inicio del cielo aquí en la tierra.

TODOS BUSQUEMOS UNA COMUNIDAD SEGURA

Hoy, fiesta de Todos los Santos, Cristo dice: “me he hecho hombre, he venido a la tierra, para que todos ustedes sepan que son llamados a también ser santos”. Por eso, recuerda que los santos son hombres y mujeres de carne y hueso, con defectos, pero que cada día buscan luchar contra ellos, diciendo “Jesús, en ti confío”.

En la eucaristía está la fuente del gozo, por ello les pido que estemos unidos a Cristo y María, para buscar la santidad.

Una última palabra: Entre todos debemos buscar que este distrito del Rímac siga siendo el lugar donde se reconoce la Lima tradicional, evitando que algunas personas dañen su prestigio. El mal no puede ganarle al bien, por ello busquemos que nuestras calles sean siempre lugares acogedores y seguros

Así sea.

 
 

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