- Domingo, 5 de octubre de 2003 -

“RENOVEMOS NUESTRA FE EN EL SEÑOR DE LOS MILAGROS, DE LA MANO DEL SANTO PADRE”


Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy con enorme gozo nos encontramos en esta Plaza de Armas, asistiendo a la Santa Misa, al gran misterio de gozo, de redención, en el que encontramos respuesta a todas nuestras inquietudes. En ese gran misterio de la fe, le diremos al Señor presente en la eucaristía: anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús.

Con este pensamiento de alegría, de asombro, de agradecimiento, queremos hoy rendirle homenaje al Señor de los Milagros, la procesión más numerosa en el mundo entero.

MAS DE 300 AÑOS DE FE Y TRADICIÓN CATÓLICA

Contemplamos ante nosotros una réplica de la pintura del Cristo Morado que es del año 1650 aproximadamente, imagen que ha sido contemplada hasta por seis generaciones. Y durante estos siglos, la imagen ha sido objeto de las miradas, de las peticiones, del dolor, de la fe, de la esperanza, y por eso, al tenerla aquí, presidiendo la eucaristía, quiero de manera especial agradecer a la Hermandad del Señor de los Milagros, porque son ellos lo que han ido pasando la devoción de padres a hijos con mucho sacrificio.

De alguna manera esta devoción, este regalo de Dios para el pueblo peruano, se ha convertido en una carta de presentación para nuestro país; el Perú se conoce por el Señor de los Milagros, el Perú se visita no solamente en Lima, sino en todas sus ciudades, por el Cristo Morado. Y esa respuesta de fe que suscita es porque hace milagros, no necesariamente los que yo y tú queremos, sino los que él quiere hacer.

El Papa Juan Pablo II recordó la devoción que tenemos en el Perú por la cruz, allá por el año 1985, cuando se dirigió a todo el país desde esta plaza. Y él dijo que “esta devoción que encuentro en el Perú por la cruz de Cristo, el crucificado Señor de los Milagros, es prueba del amor del pueblo peruano por el símbolo de la cruz”.

En la cruz se consumó el sacrificio de nuestra salvación, porque la cruz es la señal más elocuente del amor de Dios a los hombres, como lo acabamos de escuchar en el evangelio: “tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su hijo”. Y ese Señor de los Milagros nos está preguntando en la cruz: “¿dónde está tu corazón, tus problemas, tu arrepentimiento, tu dolor?; ¿dónde está ese amor que -como buen padre- espero de mis hijos?”.

Son preguntas que cada uno -aunque seamos muchos miles- las sentimos de manera muy personal hoy. Por eso, dile así al Señor: Jesús aquí estoy, te damos gracias por tantas cosas buenas, te pido perdón porque tantas veces no respondo como debo, y con gran confianza te pido que me ayudes más.

QUE EL DOMINGO SEA DÍA DE LA FAMILIA

Decía el Papa Juan Pablo II, refiriéndose al Perú: “tiene hambre de Dios un pueblo que ha visto florecer su fe en venerados santos que son orgullo y modelo para toda la América Latina. El nombre de Perú, después de la evangelización, habla de figuras tan notables como Santo Toribio de Mogrovejo, Francisco Solano, Rosa de Lima, San Martín de Porres, Juan Macías, Ana de los Angeles”.

A todos los reunidos aquí, les pido que su presencia en este momento solemne sea una confirmación de esa piedad por la eucaristía; porque el Santo Padre nos invita a que recuperemos el domingo, la asistencia a la misa, para que ella sea el centro del domingo, y el domingo sea el centro de la semana. Para que el domingo sea el día de la familia.

Por eso, confirmemos esa piedad por la Santa Misa, nuestro amor al Señor de los Milagros y nuestra tierna devoción a la madre de Dios, con Juan Pablo II; especialmente hoy que hemos hecho una oración por su persona, por su salud, en agradecimiento por su entrega tan generosa a la Iglesia.

Y el Papa nos dice: “date cuenta que eres amado. Advierte que el evangelio es una invitación a la alegría, no te olvides que tienes un padre, y que cualquier vida - incluso aquella que a los ojos de los hombres es más insignificante- tiene un valor eterno e infinito a sus ojos”.

Hoy hemos rezado el Santo Rosario en vísperas de ese 16 de Octubre en que el Santo Padre, al clausurar el Año del Rosario, conmemora sus 25 años de pontificado. Con agradecimiento recordamos sus dos visitas al Perú, en los años 1985 y 1988, ocasiones en las que esa convicción nacida de su fe, lo ha llevado a dar siempre razón de su esperanza a un mundo invadido por la tempestad de la duda, tantas veces invadido por noches oscuras, que insidian nuestra fe.

No vacilemos, Cristo aquí está presente, Cristo vivo, muerto y resucitado, el mismo ayer, hoy y siempre, el camino, la verdad y la vida. Cristo está en tu corazón, y el Señor de los Milagros es esa imagen que veneramos y que vive hoy.

RENOVEMOS LA FE DE LA MANO DEL PAPA

Renovemos de la mano del Santo Padre esa fe católica, para que no vacile. Dios mediante, pronto tendré el gozo y el honor de acompañar en la Plaza de San Pedro al Papa en esa fiesta por sus 25 años, por ello quiero decirles con toda confianza, -como un Pastor que está con sus hijos- que voy a llevarle al Santo Padre el cariño y el amor de este pueblo peruano.

El Santo Padre es esa mano firme del soldado de Cristo, es ese rostro amable del padre, es la segura palabra del confidente de Dios; es el gesto acogedor del padre que recibe al hijo pródigo, es la fortaleza del mártir, es la perseverancia del buen Pastor. Y me atrevería a decir: es el Cristo que desde la cruz nos entrega el último hálito de su fuerza, de su amor y de su entrega.

Apoyemos a nuestro Santo Padre con el amor, con el cariño, con el agradecimiento, la alegría. Por él, que dirige la Iglesia con tanto amor, con tanta entrega, y que la seguirá dirigiendo por todos los años que Dios quiera, ya que el Espíritu Santo bien sabe lo que es mejor para el mundo y para la Iglesia.

Por eso, la salud del Papa nos duele como hijos, pero ya está en manos de Dios, que son las mejores manos. Que Dios le conceda muchos años de vida a este hombre santo, que ha promovido –como nadie- los valores cristianos, y que nos ha dicho que la sociedad debe apoyarse en los valores que la sustentan.

La Carta encíclica “Esplendor de la Verdad” es ese gran regalo de sus testimonios y de su palabra, en un mundo que está permanentemente acechado por el relativismo moral, y que sólo quiere decir que la verdad o lo bueno es lo que dice “la mayoría”. No es así hermanos, porque el pensamiento de Dios resiste a todas las situaciones y es lo mejor para nosotros.

JUAN PABLO II, DEFENSOR DE LA VIDA

Por eso, el Santo Padre ama la verdad del hombre, ama la verdad de Dios y de su hijo Cristo; ama la verdad de la Iglesia, del sacerdocio, del hombre y de la mujer. Ama a la familia, ama a los niños concebidos y todavía no nacidos, porque es el defensor de la vida, es el defensor de los más pobres, y lo hace en nombre de Cristo, no en nombre de ninguna ideología política.

Por eso, ese amor hermoso, ese amor a los enfermos, a los atribulados, nos lleva a contemplar este verdadero heraldo de la verdad, esa luz que ilumina las conciencias; con las palabras de Cristo: “la verdad os hará libres”, porque el Papa es un hombre apasionado por la verdad, no admite ningún tipo de esclavitud y no subordina los fines de la Iglesia.

El Santo Padre anuncia siempre el mensaje de la Iglesia con amor, acogiendo y convocando con cariño, por eso es un apasionado de la verdad y la libertad. De allí recordamos esa llamada de cariño: “no tengas miedo”, además de lo que dijo muy claramente en una ocasión: “los sistemas que crean los hombres, son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuando el hombre está más seguro de sí mismo”.

Por eso, el no tener miedo es señal que estoy con Dios, porque él habita en mí, y está con nosotros. Entonces, cuando a veces tengas ese miedo, esa inquietud, debes saber que ello viene de un corazón donde no habita Cristo.

Le pido al Señor de los Milagros: haznos el milagros de convertirnos, de mejorarnos, para que cuidemos más la vida, la familia, la verdad.

GRAN MISIÓN MAR ADENTRO

Por eso, la Iglesia de Lima siguiendo el mandato de Cristo y las pautas del Papa Juan Pablo, se lanza hoy a esa Gran Misión Mar Adentro, recordando con gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos al futuro con confianza. Nuestros compromiso de emprender la Gran Misión se apoya en el mandato de Cristo: “vayan por el mundo entero, por toda la creación”.

Se abre para la Iglesia una nueva etapa, en la que es necesario pensar en el futuro que nos espera y caminar con esperanza, cumpliendo la misma labor de los cristianos de los primeros tiempos: esa Gran Misión de evangelizar y de construir en cada corazón una escala de valores cristianos.

Que la fe le de una mayor cohesión social a nuestra cultura, como garantía de un futuro mejor. Y que la niñez y la juventud no sean víctimas inocentes de estrategias inconfesables, de estrategias permisivas que atentan contra la formación moral, primera responsabilidad de los padres de familia.

La sociedad reclama la presencia moral de los padres en la educación de sus hijos. Y en esa escala del valores, el Santo Padre nos ha dejado una tarea desde que vino en el año 1985 y 1988 a nuestro país.

Leo sus palabras de hace años, que siguen siendo actuales:
Construyan un Perú más fraterno y reconciliado, más justo. Sin violencia, siempre anticristiana, construyan un Perú donde reine la honestidad, la verdad, y la paz. Construyan un Perú más humano, donde el misterio de cada hombre se mida a la altura del misterio de Dios.

NUESTRA SEÑORA DE LA EVANGELIZACIÓN

Gracias Santo Padre por seguir siendo ese dulce Cristo en la tierra. Y tenemos a nuestra madre, a Nuestra Señora de la Evangelización, imagen que fue regalada por Carlos V de España alrededor del año 1540, y ante la que rezaron Santa Rosa, San Martín, San Juan Macías, Santo Toribio de Mogrovejo.

Por eso, el Papa en el año 1985 la coronó y la consagró a la nación peruana, y el año 1988 la honró de forma extraordinaria, concediéndole la Rosa de Oro. Cómo no recordar a ese hermano mío, Monseñor Alberto Brazzini, con cuanto empeño se esforzó en volver a presentarnos esta maravilla de la tradición de la Iglesia de Lima, la imagen de Nuestra Señora de la Evangelización.

El Santo Padre nos dice: “la contemplación de Cristo tiene en María un modelo insuperable, porque el rostro del hijo le pertenece de un modo especial, ya que es su madre. Desde entonces, la mirada de María está llena de admiración, de asombro, y no se apartará jamás de Cristo”, afirma.

Hoy, madre nuestra, queremos decirte con esa confianza: míranos con compasión, nos alegra verte frente a tu hijo, el Señor de los Milagros. Bendice a nuestro pueblo, ayúdanos a hacer de esta Gran Misión, ese mandato del Papa: “contemplar con María, el rostro de Cristo”.

Agradezco que en este silencio maravilloso, hayamos contemplado a nuestra madre, como lo hacen los limeños desde 1540, y al Señor de los Milagros desde hace 350 años. A Jesús y a María nos encomendamos en esta eucaristía.

Así sea.

 
 

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