
- Sábado, 7 de junio de 2003 -
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“SAN PEDRO POVEDA, UN HOMBRE SANTO
Hoy celebramos en esta Santa Misa, la Acción de Gracias por la canonización de un sacerdote santo, Pedro Poveda, cuya vida nos dice algo muy importante, porque este hombre murió mártir, víctima de una persecución religiosa. Esto no se podía decir hasta hace algunos años, pero hoy la verdad tiene que abrirse campo, porque debemos recordar que hubo épocas difíciles en la historia de España en que profesar la fe de una manera abierta -como sacerdote o como religioso- era motivo suficiente para ser asesinado. Esta es la historia, donde no hay rencor ni revancha, pero en la cual la verdad siempre tiene que relucir. Por ello, debemos recordar que este mártir fue capturado por su trabajo sacerdotal el 27 de julio de 1936, y asesinado en la madrugada del 28 de julio. Su delito fue defender la fe, predicar el evangelio, hacer el bien y recorrer la España entera difundiendo la palabra de Dios, especialmente a la gente más humilde; pero no se le podía pedir que callara, porque como dijo él una vez: “los que pretenden armonizar el silencio reprobable con la fe sincera, pretenden un imposible, ya que los verdaderos creyentes hablan para confesar la verdad que profesan, cuando deben, como deben, ante quienes deben, y para decir lo que deben”. Por eso, debemos preguntarnos qué nos dice a cada uno de nosotros el ejemplo de este sacerdote sencillo, bueno, trabajador, piadoso, entregado a los pobres, preocupado por la educación, y con una profundísima vida en oración. San Pedro Poveda tuvo una amistad íntima con San Josemaría, y en ese libro del fundador del Opus Dei, “Camino”, hay no menos de 20 pensamientos que se originan en la conversaciones que tuvieron ambos. Y cuando San Josemaría se enteró de la muerte de San Pedro, recordó que días antes, en una conversación íntima, se habían preguntado uno al otro: “si el Señor nos quiere llevar por el camino del martirio, ¿qué será de nosotros, nos seguiremos queriendo?. Y San Josemaría recordó: “llegamos a la conclusión que seguiríamos siendo muy amigos aún después del martirio”. Ambos sacerdotes afrontaron épocas difíciles en la historia de la Iglesia en España, a las que Dios respondió con santos y santas; y esa es la respuesta maravillosa que sigue dando Dios alrededor del mundo, por eso el Papa Juan Pablo II nos recuerda que la santidad no es sólo para genios, no es sólo para tipos extraños que no sienten las pasiones, no es sólo para místicos que están al margen de la realidad, porque todos tenemos esa misma llamada que San Pedro Poveda tuvo en su vida. El Santo Padre está señalándonos ese camino de amor al prójimo, ese camino de caerse y levantarse, ese camino del perdón, ese camino de enseñar el evangelio, ese camino de oración, de confesión, de rezo del Santo Rosario que lleva a la felicidad eterna. Este camino hermanos es muy cercano, por eso debemos ver la vida de este sacerdote y darnos cuenta que él no hacía cosas originales o llamativas, únicamente vivía con ardor, con ilusión, enamorado de su vocación sacerdotal. Por eso, tenemos un rol importantísimo -si queremos seguir de cerca el testimonio que celebramos hoy- y se abre ante nosotros un gran desafío para nuestras vidas: ¿busco la santidad, o llevo una doble vida?; ¿soy coherente, es decir, pienso y actúo como cristiano?. San Pedro Poveda fue hombre de amor ardiente y hombre de predicación conmovedora por su coherencia, porque creyó, pensó e hizo siempre lo que Dios quiso. ¿No es este un desafío maravilloso, no es este un motivo de enorme gozo para hacernos un examen personal?. Decía San Pedro Poveda: “la obra del apostolado que queremos realizar ha de ser idéntica a la de los primeros cristianos, y allí debe estar siempre la mujer; y no es fácil medir la trascendencia de esa labor, porque los destinos de la mujer culta y su influencia en la sociedad son ahora algo tan grande como impreciso”. Todo esto lo dijo en 1911, adelantándose muchísimo a lo que ahora vemos, poniendo al hombre y a la mujer frente a ese amor de Dios. Tengo aquí una nota dejada por San Josemaría, luego de haber conversado con San Pedro Poveda el 13 de enero de 1931, que dice así: “fui a ver a Don Pedro Poveda, tan bueno, tan hermano siempre conmigo, y me contó que había conversado con el Vicario General de Madrid, quien hizo tal elogio de este pobre borrico (se refiere a él mismo), que el padre Poveda se quedó encantado, y yo confundido”. Se ve que había entre ambos sacerdotes una intimidad de almas, por ello, hoy tengo el gozo que es el de toda la Iglesia al dar las gracias por este nuevo santo; porque este nuevo intercesor traerá abundantísimos frutos a la Institución Teresiana en el Perú y en el mundo, especialmente en la tarea educativa, y lo hará en la medida que sean muy fieles en seguir el pensamiento de Pedro Poveda. Desde hace muchos años escuché el nombre de este sacerdote, y nunca pensé que un día tendría el gozo de celebrar su Misa de Acción de Gracias, recordando también a mi propio fundador, San Josemaría, quien estuvo unido a esa alma de manera impresionante. Vamos a orarle a nuestra madre, la Virgen María, para que te animes a ser santo, pero para que te animes hoy y ahora, en tu trabajo, en la calle, en cada lugar en donde busques el rostro de Cristo; y para que a nosotros, sacerdotes, nos aliente la vida de este hombre santo a quien le tocó afrontar un momento especial en la vida de su país, ante el que no dudó en entregar su vida. Porque San Pedro tuvo la posibilidad de esconder su fe, sin embargo murió mostrándose como sacerdote. Era el premio que le tenía reservado el Señor como mártir a quien había vivido esa prueba cotidiana de cumplir con su deber, su obligación, y que ya había afrontado ese martirio pequeño que supone morir cada día a la soberbia, las murmuraciones y la flojera. Y en ese martirio cotidiano, exigido poco a poco, el Señor le reservó un gran premio, la corona del martirio de sangre. Hermanos, ojalá que el Señor nos pida ese camino de buscar a San Pedro Poveda en lo ordinario, en lo cotidiano, y podamos encomendamos a él para agradecerle la tarea que realizan las instituciones teresianas en el Perú. Le pedimos a San Pedro: contágianos, anímanos, queremos ser santos y probablemente a veces sólo nos veamos como unos pobres hombres llenos de defectos; pues anímate, que esa es una buena condición para intentar ser santos. Que Dios los bendiga a todos Así sea. |
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