- Domingo, 8 de junio de 2003 -

“ESPIRITU SANTO, VEN A NOSOTROS, FORTALECE NUESTRA DEBILIDAD, ALEGRA NUESTRA VIDA. ACOMPÁÑANOS CON TU CONSEJO”


Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo la Iglesia Católica celebra la Solemnidad del Espíritu Santo, la fiesta de Pentecostés, en la que recordamos la venida de la tercera persona de la Santísima Trinidad, aquella persona de la que Jesús dijo: “conviene que yo me vaya, para que les pueda enviar a quien les va a explicar todo lo que les he enseñado”.

Ese es el Espíritu Santo, que es la presencia de Dios vivo en el alma de cada uno. Y esta voz de la conciencia, este espíritu de la verdad que tiene muchos nombres, nos trae la paz e inflama de amor el corazón, porque el Espíritu Santo tiene la misión de explicarnos, de llevarnos siempre a Jesús.

Por eso, muchas veces se le llama al Espíritu Santo “el gran desconocido”, porque a veces no lo escuchamos, no lo obedecemos o no sabemos siquiera que existe; y hoy la Iglesia celebra, de manera solemne, el día en que el Espíritu Santo se posó sobre cada uno de los apóstoles reunidos.

Luego que el Espíritu Santo se posó sobre ellos, los apóstoles empezaron a hacer milagros, empezaron a dar testimonio de Cristo, perdieron el miedo y muchos de ellos fueron mártires por difundir la palabra de Dios con éxito; a tal punto que después de dos mil años, millones de personas siguen conociendo y valorando el mensaje que Cristo inició con esos humildes pescadores.

Este milagro que es la Iglesia Católica, se inicia el día en que el Espíritu Santo bajó de los cielos, por eso el Señor nos da la ocasión hoy, de pedirle que mande su luz desde el cielo.

Ese “ven Espíritu Santo” que hemos repetido hace algunos momentos, tiene mucho que ver con el amor, porque el Espíritu Santo -nos dice la teología- es el amor mutuo de Dios Padre a Dios Hijo; y así como el amor que tengo a mi madre o a mi hijo no es una persona, sino un sentimiento, en el caso de Dios Padre, el amor a su hijo, Cristo, sí es una persona, Dios Espíritu Santo.

Y el Espíritu Santo, esa persona que habita en mi alma cuando está en gracia de Dios y no hay pecado grave, nos habla de la misericordia, ese amor de Dios que brota cuando sufrimos, cuando estamos amenazado en nuestra dignidad, o cuando somos nosotros los que maltratamos a otros.

Esa es la gran dignidad, base de todos los derechos humanos, por la que recordamos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; porque es Dios quien que me ha dado esa dignidad, y por el bautismo me ha dicho: “en mi hijo Cristo, tú también eres mi hijo adoptivo, y por lo tanto heredero”.

Cuántas maravillas se nos escapan de las manos por no creer, cuántos regalos de Dios simplemente no se valorizan en este mundo de hoy, porque hay otras cosas que nos distraen, y nos hacen olvidar que el amor de Dios es la gran fuerza que permite que perdones, que crezcas, que trabajes, que te enfrentes a las dificultades.

Qué complicada es toda mi vida sin la ayuda de Dios, sin la ayuda del Espíritu Santo, por eso hoy le pedimos al Señor: “ven Espíritu Santo, ven huésped del alma, fuente de mayor consuelo, descanso de nuestro esfuerzo, gozo que enjuga las lágrimas y que reconforta en los duelos”.

Tantas veces vemos cómo se quiere arrancar ese amor de Dios en los hombres, en las mujeres, en los niños, en los ancianos, sin saber que cuando se siente el vacío, la soledad, la incomprensión, paso a ser una persona sumamente difícil. Qué difícil es cuando Dios se aleja de mi corazón y deja de ser el huésped de mi alma.

Por eso, invócalo hoy con estas palabras tan sencillas: “ven, Espíritu Santo, entra en el fondo del alma, mira al vacío que tengo en mi corazón. Me haces falta, mira el poder que adquiere el pecado cuando tú no estás”.

Que importante es tener en nuestras vidas esa presencia del Espíritu Santo, si no la tuviéramos sufriríamos el vacío, la soledad, la tristeza, el odio; pero lo que debemos evitar, ante todo, es ser una persona tibia, dudosa, que le dice al Señor: “ven pero no vengas”, o le dice “te quiero pero no te quiero”.

Dejemos de ser hombres dobles, el Espíritu Santo es espíritu de la verdad, si tienes tus pecados, reconócelos y pide perdón, porque el Espíritu Santo te dará la luz.

Cuando alguien me dice: “ la verdad es que no se lo que Dios quiere de mi”, le respondo: “no te creo, porque Dios habla muy claro, más bien será que tú no quieres escuchar”, y añado: ¿o será que lo que te pide Dios no te gusta?”. Porque esa frase que a veces dicen: “no se lo que Dios me pide”, no existe.

Dios nos habla muy claramente a través del Espíritu Santo, y uno de sus dones más importantes es el don de la fortaleza, esa actitud que no se deja llevar por componendas, no se acomoda, y que hace que siempre cumplamos con nuestro deber. Allí reside muchas veces esa dificultad para hacernos amigos de Dios, porque el deber cuesta.

Esa virtud de la fortaleza encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica de “ceder” o “acomodarse” a las situaciones. Prueba de ello son el atropello a las personas, la dureza en las relaciones económicas, sociales, políticas, la timidez o la agresividad en las actitudes; estos son los modos en que se aprecia la falta de fortaleza.

Y a menudo también encontramos esta debilidad en el comportamiento humano, por lo que a veces vemos ese triste espectáculo, “de quien es débil y servil con los poderosos, mientras que se muestra petulante y prepotente con los indefensos”, como dijo el Papa Juan Pablo II.

Sabemos que muchas veces hay que soportar ofensas y ataques injustos, el Evangelio nos dice que Cristo callaba, incluso antes las incomprensiones y hostilidades, durante el recorrido del camino de la verdad y la honradez. Allí está el Espíritu Santo, por eso pidámosle así: ven a nosotros, fortalece nuestra debilidad, alegra nuestra vida, acompáñanos con tu consejo, se esa luz que ilumina y mándanos tu claridad desde el cielo.

A la Virgen María encomendamos estas peticiones.

Así sea.

 
 

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