- Sábado, 10 de mayo de 2003 -

“NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS,
ILUMINA TODOS LOS HOGARES,
QUE NO EXISTA UN SOLO HOGAR TRISTE,
QUE NO EXISTA EN NINGÚN LUGAR
ESE DESAMPARO”


Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Para mí es una alegría especial estar aquí en el día de nuestra madre, Nuestra Señora de los Desamparados. En Valencia, España, le llaman con una palabra valenciana, la “chependeta”, porque la efigie tiene una leve inclinación, como si tuviera una pequeña joroba -una “chepa” como le dicen en Valencia- al estar siempre inclinada en señal de devoción.

Según nos cuenta la historia, esta inclinación se produjo al poner la imagen de la Virgen delante de los cuerpos de las personas fallecidas, lo que producía que nuestra madre deseara mirar piadosamente, el cuerpo de quien había dejado este mundo.

Todos nos consideramos de alguna manera desamparados, es decir, todos nos encontramos un poco en la situación que señala la oración de la Salve, cuando habla de ese “valle de lagrimas”. Y lo leemos también en el Libro del Apocalipsis, cuando se dice: “Dios estará con ellos (los desamparados), enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor, todo lo hará nuevo”.

Por eso, le pedimos hoy a nuestra madre que nos conceda entrar a ese mundo de la fe, que es una vida nueva. La fe es un don, un rayo de Dios que recibimos, y no es un adorno, porque la fe alumbra todos nuestros actos, desde el levantarse, trabajar, descansar, enseñar, llevar una enfermedad, etc.

Los que somos bautizados, por mandato de Dios, vivimos una vida que ya no es solamente terrena o natural, porque para el cristiano, el comer, el dormir, el trabajar, ya no son actividades lejanas a Dios.

Es muy urgente tener esa dimensión de la fe, por la que cada uno de nosotros, delante de Dios, le podamos decir al Señor: “de verdad, creo, con todas las fuerzas y capacidades que Dios me ha dado; creo con todos mis sentidos, creo con todos mis afectos, creo con toda mi vida, sin dejar nada al margen”.

Ese acto de fe, si lo meditamos, nos va a dar una luz para ver de una manera diferente nuestra vida. Eso es lo que nos está faltando en este mundo contemporáneo, porque a veces tenemos la palabra de fe en la boca, pero no la tenemos en la vida, y hay una separación entre mi vida y mi fe.

No debe ser así, pidámosle a nuestra madre que toda mi vida, todo nuestro respirar, todo nuestro trabajar, se convierta en algo más que un acto de mi vida. Acabamos de pasar el Triduo pascual, en el cual hemos visto de manera maravillosa como Cristo adelanta la promesa de la salvación, ofreciendo su cuerpo en la Ultima Cena; y allí, en un acto humano, Jesús coge un pedazo de pan, un poco de vino y lo ofrece como lo puedes ofrecer tú a un grupo de amigos, en una casa.

Jesús dice: “el pan que les doy es mi cuerpo”, y entonces los apóstoles se confunden, pero él ya dio ese salto para llevarnos a la fe y les recuerda que es verdadero Dios y verdadero hombre. “Lo que ustedes no pueden hacer, yo sí puedo”, les asegura Jesús.

Con esto te quiero decir que muchas veces en la vida te va a ocurrir esto: lo que tú no puedes hacer, Dios lo quiere hacer contigo, y quiere servirse de tu generosidad con los pobres, de tu alegría, de tu carácter alegre, para aliviar a los demás, para darle amor a tu familia.

En ese Jueves Santo, Jesús nos ofrece su cuerpo, y en ese Viernes Santo, en la cruz, culmina su ofrecimiento. Y ante su sacrificio, muchos discípulos se convierten, porque una vez muerto, Cristo entrega su cuerpo, su alma, y le dice al Padre Dios siete palabras desde la cruz: “¿por qué me has abandonado?” “perdónalos porque no saben lo que hacen”, “ya todo está cumplido”, entre otras.

Por cierto, fue un jesuita, el padre Francisco del Castillo, quien introdujo la prédica de las Siete Palabras de Jesús en la cruz. El padre Del Castillo está enterrado en la Iglesia San Pedro, y deben saber que está muy unido a esta fiesta, porque él trabajó en la primera iglesia de Desamparados.

Decíamos que al ver a Cristo en la cruz, cuando ya no le quedaba una gota de sangre, los discípulos recién entendieron su mensaje de la Ultima Cena: “él nos ofreció su cuerpo, y ahora nos lo entrega”.

Allí los discípulos descubren que Cristo fue de lo humano a lo divino, porque él era perfecto Dios y perfecto hombre; tu y yo no somos así, pero sí estamos unidos por la gracia del bautismo, y tenemos la condición de hijos en Dios en Cristo. Recordemos que la puerta por la que entramos a la familia de Dios es Cristo, y a ese Cristo lo encuentro en la eucaristía.

Por eso, cuando el sacerdote después de la consagración nos habla de ese misterio de la Iglesia -“anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”- lo estamos recordando de manera actual. Y en ese misterio encontramos las palabras del evangelio; por ejemplo, cuando Cristo desde la cruz, ve al discípulo que tanto quería.

Nosotros le pedimos también a Nuestra Señora de los Desamparados: madre mía, que sea yo también como ese discípulo, porque la palabra de Dios no es de ayer, es permanentemente, actual. Por eso, hoy el Señor nos dice desde la cruz: “mujer, allí tienes a tu hijo”.

Por eso el amor a María no es una devoción, el amor divino a la madre no es un acto de justicia, es parte del ser persona, porque el que no ama a su madre no acaba de ser persona. Y si la madre no ama a su hijo, le falta algo vital.

Esto viene del mismo Dios, por eso le pedimos a nuestra madre, la Virgen María: ayúdanos a ingresar en ese mundo de la fe, para que cuando estés enfermo o tengas una dificultad, no pienses que oras sólo porque debes hacerlo; para que cuando enseñes a un grupo de muchachos, no digas “ojalá que entiendan”, no, debes confiar esa enseñanza, esa palabra tuya, a la fuerza divina. Eres hijo de Dios.

Al iniciar esta misa, decía que todos de alguna manera nos sentimos un poco desamparados; ¿quién no tiene una sombra en la vida?, ¿quién no tiene un momento de oscuridad, de egoísmo, de sensualidad, de odio, de mentira?. Por eso, cuando estamos en esas sombras nos sentimos desamparados y recurrimos a ella: madre nuestra, Nuestra Señora de los Desamparados por ti encontramos la mirada, el cariño, la ternura.

Por eso hoy hagamos propósitos para vivir una fe más digna, más real; elevemos nuestra fe a las cosas corrientes de nuestra vida, vayamos con nuestra madre por ese camino.

Mañana es el Día de la Madre, espero que todos podamos hacer ese propósito de amarla. Mañana, padres, madres, familias, acudamos a nuestra madre para decirle: “tú que conociste a Jesús antes que toda la humanidad, tú que con generosidad hiciste posible el gozo de ser hijos de Dios, ilumina todos los hogares, que no haya un solo hogar triste, que no haya en ningún lugar ese desamparo”.

Bendícenos madre mía, y que toda la labor maravillosa que se hace en esta parroquia, con los colegios, con los comedores, y en la atención de todas estas familias humildes, tengan ese sello: “vengo en nombre de Dios, y acudo como ser humano a traerte compañía, consejo, alimento, educación”.

La Iglesia Católica es una gran familia, y por ello, esperamos que el Día de la Madre lo presida Nuestra Señora de los Desamparados. Qué orgullo tener a nuestra madre como patrona de esta parroquia, a ella le encomiendo sus muchos frutos apostólicos y también agradezco a los padres jesuitas que hace muchísimos años sirven en esta parroquia a la Iglesia.

Así sea.

 
 

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