
- Domingo, 11 de mayo de 2003 -
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“RECORDEMOS SIEMPRE Queridos hermanos en Cristo Jesús: Al empezar quiero saludar especialmente, en el Día de la Madre, a todas las aquí presentes, y a todas las madres que nos ven a través de los medios de comunicación. La palabra de Dios que siempre es actual, nos ayuda para saber hoy, en el Día de la Madre, lo que quiere Dios para nosotros. Y lo hacemos mirando a nuestra madre, Santa María, en la imagen de Nuestra Señora de la Evangelización que tenemos aquí, al lado del altar, y a la que le preguntamos: “tú, madre de Dios, tú criatura humana, tú, que formaste un hogar con José, ¿qué nos dices a cada uno, como madre de Dios, y por lo tanto, modelo de todas las madres?. ¿Qué valores nos enseñas hoy?”. Y vemos que uno de los grandes valores que nos enseña la Virgen Madre hoy, es ese gran misterio de la muerte. Le llamo misterio porque el amor no es fácil definirlo, el amor no es fácil explicarlo, el amor tiene algo de misterio. Y en el evangelio de hoy, del Buen Pastor, hay un poco de misterio, que lo explica Jesús; él dice “por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”. Allí tenemos una primera explicación de Dios sobre lo que representa el amor de la Virgen María, que está centrado en la entrega, en la donación, que significa vivir para los demás; a veces puede parecer injusto vivir una vida permanente de entrega, porque en el mundo humano, cuando uno entrega algo, la pregunta inmediata es: “¿cuánto me das?” , “cuánto me cobras?”. En el amor, nuestra madre Santa María nos dice que el modelo de ese amor del Padre al hijo, ese modelo del amor que yo le tengo a Jesús, ese modelo del amor que tiene una madre por su hijo, debe estar inspirado en el ejemplo de dar la vida libremente, sin que nadie te obligue, por el otro. ¿Y de donde sale esa fuerza, ese impulso, ese misterio?. Hermanos, nace del amor, eso es lo que nos mueve a ayudar a aquel hombre pobre, a aquel hombre enfermo, es lo que nos mueve a ayudar a aquella mujer abandonada, eso es lo que mueve al marido y la esposa a dar la vida porque quieren. No es un intercambio, no es dar la vida porque me das otra cosa, o dar la vida porque recibes otra, sino que es un amor gratuito; y cuando no ocurre así, no es amor. Nuestra madre, la Virgen María, es modelo y ejemplo de ese misterio que experimentamos cada día; el amor se construye, el amor no es fácil, el amor es sacrificado, es esforzado, el amor constantemente se da y constantemente se recibe. Esa es la condición que está en el amor conyugal como en el amor de padres a hijos, como en el amor del sacerdote a Dios, del seminarista a su vocación, porque es una entrega sin condiciones al otro. Y cuando Dios nos pide la entrega total en la vida religiosa, ese otro es Dios, pero es un amor claro, no es una cosa teórica, piadosa o extraña, porque tiene las mismas condiciones que el amor humano. Busco a Jesús, acompaño a Jesús, dejo de lado otros amores y me esfuerzo, predico, y siento que mi corazón esta lleno de él. Padres, madres, así es el amor hermoso, este es el amor que supone esfuerzo, sacrificio, por eso contemplemos a nuestra madre que nos dice: “para que ese amor tenga fuego, hace falta conocerse, hace falta darse, hasta que finalmente surja ese maravilloso misterio, en el que la pareja se diga: “te quiero porque te quiero. No te quiero por tu ropa, por tu manera de ser, te quiero porque te quiero”. Hermanos, este camino del amor es el camino de todos en la vida, sólo que en diferentes lugares. Por eso te pido, Madre mía, para que hoy, en el Día de la Madre, nos enseñes este valor, el más importante de todos, el valor del amor. Y recordemos las palabras de Jesús: “por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla, nadie me la quita, yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla, ese es el mandato que me ha dado mi Padre”. Pues yo te digo lo mismo, ese es el mandato que el Señor ha puesto en la tierra, el entregar tu vida al otro, y cuando esa entrega es mutua, nace el amor conyugal. Y al mismo tiempo, otro valor que nuestra madre nos enseña, es el misterio de la verdad, porque en ese amor que tú entregas libremente, lo único que te pide el otro es sinceridad. Por lo tanto, madres y padres, les pido que amen la verdad de su propia vida; lo que no podemos hacer es adaptarnos a mil formas distintas para buscar amores, eso no es sincero. Uno puede luchar para quitarse los defectos, pero siempre debe amar la verdad de lo que el otro tiene dentro de sí: su trabajo, su carácter, su modo de ser, sus ilusiones, sus dificultades, sus problemas. Lo que no podemos es hacer una fotografía ideal, en la que no haya verdad, porque si me falta la verdad conmigo mismo, estaré engañando a la otra persona, algo que más tarde se notará. Por eso, cuando Jesús nos dice: “yo soy el camino y la verdad”, debemos saber que esa verdad estuvo en el vientre de María. Y ese es otro de los valores que el amor necesita para aceptar la verdad; el saber quién eres, cómo eres, hasta donde te sacrificas y cuánto te esfuerzas para que yo te quiera, para qué tú me quieras..... Y de ese amor a la verdad surge el gozoso deseo de ayuda mutua. Por eso, cuando a veces hay una madre abandonada o una madre que tiene dificultades en su hogar, le digo: acepta la verdad de tu realidad. Y en esa realidad, la Iglesia Católica, la Virgen María, Jesús, viene a decirle: “ánimo, lucha, esfuérzate, no te abandones. En esa realidad, Dios te ama” . Por eso, a la Virgen María le decimos: ayúdanos a conocer ese misterio de la verdad y del amor en nuestras vidas para darnos, y para recordar que ese amor que es tan importante, que es tan bonito, es una relación entre personas; porque el amor propio no debiera llamarse propio, más bien se llama egoísmo. El que se ama a sí mismo es un egoísta, porque amor es siempre hacia los demás, y cuando es entre dos personas, surge el matrimonio. Nos dice el Papa Juan Pablo II que cuando ese amor se inspira en el servicio mutuo, genera un mundo nuevo, y surge una nueva cultura, la civilización del amor; y esa civilización del amor se expresa cuando tú amas a la otra persona así pese 80 o 27 kilos, o tenga un carácter difícil, o no siempre te prepare algo delicioso..... Pero quizás puedas decirme: “¿cómo hago entonces para quejarme? porque estoy harto o harta, y pienso que esta relación amorosa es insoportable...” Pues la respuesta es que hay una falta de amor, hay una falta de entrega, porque el que ama -aunque existan dificultades o sólo tenga un sol en el bolsillo- no abandona jamás a la persona amada; pero cuando se ama por otros motivos, basta un pequeño temblor para que se lleve eso que no era amor. Y cuando uno recuerda a la Virgen María, también recuerda a su propia madre, y viene el recuerdo, las promesas, los agradecimientos y tantos propósitos para quererla más; y para los hijos que tienen a su madre viva, creo que es el momento que le digan “te quiero”, porque a ella le gusta escuchar esa frase. Hay que darnos también para amar a nuestras madres, y si ya no están con nosotros les rezamos, las recordamos y procuramos imitarlas, pero de ninguna manera este pueblo católico del Perú -que hoy rinde homenaje a todas las madres y a todas las mujeres del país- debe utilizar este día para hacer un mensaje político. Porque la mujer madre no tiene color, no tiene figura política, y no la debemos poner en el grupo tal o cual, dejemos a la mujer en su dimensión maravillosa. Ayudemos a la mujer como está, sin aprovecharse de nada, y acompañemos a aquella madre que está en dificultad, o a aquel hijo que la añora, pero de ninguna manera intentemos hacer el “Colectivo Madre”. Ahora pensemos: ¿qué virtudes, qué cosas le podemos pedir al Señor, de manera especial, para que el mundo se vea enriquecido con la mujer?. Pues le pediría al Señor la fortaleza espiritual, porque una madre, como dice el canto, no se cansa de esperar, y la mujer, en el designio de Dios, tiene esa fortaleza, y es más fuerte que el hombre si es fiel a su rol. Y también le pediría al Señor, de manera especial, por la fidelidad a su hogar, para que nunca la mujer sea usada, ya que es una persona con todas las dignidades y las posibilidades de trabajo, pero su primer trabajo es su casa. No tiene una falta de dignidad la mujer que atiende su casa, y si necesita trabajar para mantener su hogar, tiene todo el derecho, pero debe recordar que como madre debe atender a tus hijos, atender su hogar. Por eso, es una maravilla que hace poco se hayan reconocido una serie de derechos a aquellas mujeres que trabajan en el hogar. No dejemos que una corriente diga que es inferior el trabajo del hogar, dime, ¿acaso no recuerdas con amor a tu madre en la cocina, en la lavandería, con sus hijos, junto al que estaba enfermo, o enseñándole a caminar al menor?. ¿No fue esa una escuela maravillosa?; ¿por qué nos van a decir ahora que ya no es así?. La mujer es muy mujer cuando está en el hogar, y también tiene todo el derecho de incursionar en el mundo laboral, pero no hagamos una oposición; primero está el hogar, por eso conserven esa fidelidad. ¿Y qué caracteriza a la mujer, por regalo de Dios, aparte de ser fuerte?. Pues la ternura, la generosidad, ella es especialmente cuidadosa de su dignidad, por lo tanto tiene pudor y no muestra su cuerpo de cualquier manera. Necesitamos mujeres fuertes, valientes, no como un grupo frente a los hombres, sino poniendo ese ingrediente que Dios les ha dado para que este mundo sea más grato, más amable, más generoso. Me dirijo a los padres, a las madres, a las familias, y me dirijo especialmente a esas madres que pasan por muchas circunstancias diversas; que el Señor las bendiga, que la Virgen María esté con ustedes, y no olvidemos que estas palabras que hemos leído en el evangelio de San Juan (“qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, porque lo somos”) nos hagan recordar que somos hijos de Dios en la Virgen María, e hijos en nuestra madre bendita que nos trajo al mundo. Así sea. |
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