
- Viernes, 12 de diciembre de 2003 -
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“LA
VIRGEN DE GUADALUPE NOS PIDE
Hay en este país una devoción muy grande al Señor de los Milagros, una devoción que no sabemos explicar, pero que crece alrededor del mundo, con una entrega y un sacrificio que deja desconcertados a quienes contemplan tanta fe. Pues el mismo sentir se vive no sólo en México, sino en toda Latinoamérica, con la tradición de la Virgen de Guadalupe, que convoca a millones de personas. La imagen de la Virgen se extiende por todos los rincones, porque el amor a María en Guadalupe tiene un aire de ternura, de maternidad; por ello, toda la tradición de ese maravilloso país, México, está plenamente impregnado de la cultura guadalupana. México tiene una cultura católica y presenta el sello de quien fue la primera evangelizadora de América, la Virgen María, porque Dios quiso regalarla a nuestro pueblo americano. LA VIRGEN DE GUADALUPE NOS ACERCA A CRISTO Imaginemos el momento en que Dios tuvo el proyecto de descubrir América, y pensemos cómo la Santísima Trinidad –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- planearon para llevar la fe cristiana a este continente maravilloso. Imagínate entonces que en ese momento, la Virgen María interviene en la conversación y le pide a la Santísima Trinidad: “yo que soy la hija de Dios Padre, yo que soy la madre de Dios hijo, yo que soy esposa de Dios, Espíritu Santo, quisiera pedirles que me dejen abrir el camino de los hombres hacia Jesús”. Seguramente la Santísima Trinidad -con gozo infinito- no le negó nada a María, y sucedió entonces el milagro de Guadalupe, un misterio fe por el cual la Virgen se presentó a un humilde campesino. Justamente quería leerles algunos párrafos de esa historia: “El sábado 9 de diciembre de 1531, un hombre sencillo –que luego sería San Juan Diego- caminaba por el cerro Tepeyac, cuando de pronto escuchó que desde el cielo le decían: “Juanito, Juan Dieguito”. Entonces, Juan Diego llegó a la cima, y encontró a una hermosa doncella, quien le dijo: "Yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdadero Dios por quien se vive. Mucho quiero que se me construya una casita para mostrar a mi hijo y darlo a todos los hombres que me invoquen. Porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva. Para cumplir mi deseo ve al palacio del Obispo de México y dile que la Madre de Dios te envío”. Impresionado, el humilde joven buscó al Obispo, Don Fray Juan de Zumárraga, y le dio cuenta del hecho, diciéndole “he visto a una mujer maravillosa, he visto a la Virgen”. Pero el obispo no le creyó, y le pidió una señal para creerle. UNA SEÑAL DE MARÍA San Juan Diego le comunicó a la Virgen la respuesta del Obispo, y ésta le pidió volver al día siguiente. Pero Juan Diego ya no pudo regresar, porque su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo, para morir. Entonces se quedó todo el día con él, y el día martes 12 de Diciembre, cuando todavía era de noche, salió rumbo a México, para buscar un sacerdote que preparara a su tío antes de partir a la eternidad. Cuando estaba cerca del cerro Tepayec, San Juan Diego pensó: "Si voy por el mismo camino de siempre, la madre de Dios me detendrá para que lleve su señal”. Y dio la vuelta por el otro lado del cerro. Pero la Virgen María que a todas partes está mirando, salió a su encuentro y le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Entonces San Juan Diego dijo a María: “Virgencita mía, madre mía, por favor dispénsame, voy a buscar un sacerdote para un siervo tuyo que está muy grave. Ten un poquito de paciencia conmigo, que luego volveré por la señal". En ese momento, el joven está impresionado de la tarea que le da la Virgen, y le pide que se busque a otra persona, porque a él no le hacen caso. Llegados a este punto de la historia, pensemos cuántas veces repetimos delante de María que la adoramos, y cuántas veces declaramos nuestro amor a la Virgen sin arrepentirnos verdaderamente. Pero sigamos con el relato. Una vez que la Reina de los Cielos escuchó con ternura las palabras de Juan Diego –palabras como las que tú le dices cuando le cuentas tus problemas de salud, tus problemas económicos, tus tribulaciones- ella le contestó: “escucha, Juanito ten por cierto que no son escasos mis servidores, a quienes encargo lleven mi aliento, mi palabra, para que se cumpla la voluntad de Dios. Pero es necesario que tú vayas a ver al Obispo. Dile que yo, que soy la madre de Dios, te mando”. CON LA GRAN MISIÓN, IREMOS AL ENCUENTRO DE CRISTO Piensa en la respuesta de María, y deja que ella te quiera, deja que ella te convierta, deja que en esta Gran Misión de Lima que estamos empezando, vayamos al encuentro de Cristo por María. La Virgen dirá en nuestro corazón: “es necesario que tú personalmente me ayudes, con tus limitaciones o tus caídas. Eso, aunque sea poco, es mucho si me lo entregas con fe”. Piensa cuántas veces nos falta tener paciencia con una criatura, cuántas veces nos falta llevar con firmeza la calumnia, el sonreír ante el enemigo o el comprender aunque no te comprendan. A veces dirás “no tengo tiempo para caridad”, y es entonces que debes recordar cuando la Virgen salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: “¿qué pasa, adónde vas?” Pero sigamos con el relato de la Virgen de Guadalupe. Luego de escuchar las palabras de San Juan Diego, y sabiendo de su angustia por la salud del tío, María le dijo estas palabras al joven: “escucha hijo mío, no temas, esa enfermedad ni ninguna otra te va a afectar. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre, no soy yo la causante de tu alegría?. No mires con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá, ten por cierto que ya está bueno”. Luego de estas conversaciones vino el regalo de las rosas, algo sobrenatural y que convenció al Obispo que la Virgen María había hablado con Juan Diego NO NOS SALGAMOS DE LA RUTA DE MARÍA Pensemos cuántas veces cambiamos de ruta en la vida para escondernos de la mirada de Dios, pensemos cuántas veces -ante la aparente dificultad- nos queremos escapar de Dios. Por eso, digamos: Madre mía, quiero amar más a tu hijo, Cristo, porque amando más a los dos, quiero ser luz en un mundo oscuro, fortaleza ante la debilidad, verdad ante la mentira, alegría ante la tristeza, riqueza del amor ante la pobreza. Si somos así de ahora en adelante, otro será nuestro país, nuestra ciudad, nuestra familia, nuestra realidad. Por eso, hagamos que estas palabras sean actuales y oremos así: Madre mía, todo esto que yo te digo, lo hago con corazón abierto, para que cada uno sienta en su corazón la presencia de la Virgen de Guadalupe. María nos pide que amemos a Dios con obras, que recemos el Rosario y que nuestra labor no sea sólo sentimental, cumpliendo lo que ella nos dijo: “haced lo que él os diga”. Por eso, en este día tan gozoso, en que termina la visita pastoral, siento un clima de cariño, de ternura, que aflora en el corazón de cada uno. Ese es el milagro de Guadalupe, esa es la esencia de lo que fue el inicio de la evangelización en el continente. La Virgen de Guadalupe es la madre del amor hermoso, ella escucha nuestras penas y tribulaciones, y siempre será la Reina de la Paz. Así sea. |
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