- Miércoles, 14 de mayo de 2003 -

“RECUERDA QUE ES ELLA,
LA VIRGEN MARÍA,
QUIEN SE ALEGRA CUANDO RECURRES
AL SANTO ROSARIO”


Queridos hermanos en Cristo:

Estamos celebrando la Solemnidad de nuestra madre, la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Evangelización. Esta imagen ha presidido grandes momentos de la historia peruana, desde la independencia nacional –cuya Misa y Te Deum se celebró delante de ella- hasta el Concilio Limense, en el cual Santo Toribio de Mogrovejo tomó las decisiones que dieron un enorme fruto apostólico. Además, debemos destacar a los millones de personas que la han contemplado, le han rezado y han ofrecido sus vidas por ella.

Por ello, hoy les invoco para que cada uno de nosotros, en el silencio de nuestras almas, podamos aprovechar esta eucaristía y este momento de meditación juntos, pidiéndole a la Virgen María que en mi alma y en la de ustedes, ella sea la que hable. Y recordando el evangelio, donde hemos visto cómo María se apresuró a visitar a su prima Santa Isabel, debemos hacer nuestra primera reflexión: el amor a María no admite pausas ni mediocridades, el amor a María, si es sincero, da un ardor nuevo y te provoca el deseo de conversión, para ayudar a los demás.

Nuestra madre actúa siempre en esa dimensión que vemos en el evangelio de hoy; porque cuando María se entera que su prima está esperando una criatura, va a servirla, a evangelizarla, y acude inmediatamente. Por ello, el Papa Juan Pablo II nos pide que veamos si en el interior de nuestra alma también tenemos esa prisa, ese deseo de amar a la Virgen.

Porque para quien está enamorado, un minuto es una hora, y una hora es un minuto, y nosotros estamos enamorados de ella; por eso estamos aquí con nuestra madre, viviendo cada uno la fiesta de amarla, de verla, de quererla y de pedirle. La fe nos lleva a ese apuro por la devoción.

Hermanos, tengamos prisa por amarla, tengamos prisa por acudir a la confesión, por rezar el Santo Rosario cuando sea necesario, para orar, para visitar aquel amigo o para oír a aquella hija; tengamos prisa por ayudar a quien lo necesita cuando está enfermo, o para cumplir nuestro deber en el estudio o en el trabajo. No dejemos que la vida de piedad se convierta en una especie de analgésico, porque la vida de piedad, el amor a María, debe apurarnos a amar a los demás.

Yo te pregunto: ¿estamos verdaderamente enamorados de la Virgen María?. Porque si estamos enamorados debemos tener prisa por acercar a otras almas, por mirar a la Virgen y decirle siempre algo; y creo que ese es uno de los problemas en la Iglesia hoy, esa falta ese ardor de la que habla el Papa, ese amor ardiente que escasea.

Por ejemplo, tu matrimonio debe ser un ejemplo de enamoramiento, con un amor apasionado a tus hijos, a tus padres; debe ser un amor con urgencia, como el que sintió la Virgen María cuando salió apuradamente a visitar a su prima, Santa Isabel.

Recordemos también cómo María -cuando Jesús ha resucitado y aún hay desconcierto- se dirige a los apóstoles y les dice: “vamos a reunirnos, vamos a rezar”. Y los unió en oración, como lo señala el Papa Juan Pablo II en la Carta apostólica del Rosario. Allí dice el Santo Padre: “la contemplación del Rosario tiene en María su modelo insuperable. Porque el rostro de su hijo, Jesús, le pertenece de una manera especial, ya que había una semejanza humana en su relación, cuando el Niño creció en su vientre. Por eso nadie se ha dedicado con tanta frecuencia, como María, a contemplar el rostro de Jesús”, afirma el Papa.

Examínate y recuerda si fijas los ojos del corazón en María, para que ella te diga: “juntos, vamos donde Jesús, en cada día, en cada momento, en tu trabajo, en las calles o en tu casa”. Pero para que eso funcione, y para que tengas gran intimidad con María, deja un poco la televisión, el internet, o reserva quince minutos diarios en los que no exista nadie más que tú y María Santísima.

Porque sin ese encuentro diario nada podremos hacer. Entonces ¿cómo no nos va a extrañar ver tantas veces el ambiente alborotado en la familia, en la escuela, en las calles, lleno con odios, venganzas y suciedades, cuando el Señor ya nos lo ha dicho: “sin mi, no podéis hacer nada”?.

Si no tengo ese horno en el corazón donde arda mi amor por la Virgen María, hazte el propósito; Madre, que tenga un poco más de tiempo para estar contigo. De esa manera, ese apuro, esa urgencia, por quererte, brotará. Y María me dirá: “hay dos llaves que son muy importantes para poder acercarse a mi. La primera llave es la humildad”.

Por ello, a quien no cree que necesita la ayuda de la Virgen, a quien no ve necesaria la idea de estar con ella, o a quien no se ocupa de ella porque está en sus asuntos, debemos decirle: hay que aceptar la verdad de cómo estoy, y reconocer que con esas actitudes le estamos diciendo a María: “no puedes entrar en mi alma, por culpa de mi soberbia y mi orgullo”.

Y la Virgen te dirá que con esos defectos no puede entenderte, porque ella está hablando el lenguaje de la humildad, y tú el de la soberbia. Por eso, te pedimos madre mía que aprendamos a descubrirte ahora, para que tengamos humildad, y no seamos siempre el que tiene la razón, para que no tengamos siempre espíritu crítico –enfermedad nacional, hoy que criticamos todo y a toda hora- y para no poner sólo lo negativo en la balanza.

Pregúntale a la Virgen cómo podemos ser más humildes, para poder querer más a tu prójimo; pregúntale cómo puedes amarla más, teniendo ese amor de enamorado. Piensa que esa humildad no es fácil de obtener, pero es una de las puertas que llevan a Dios.

Y la otra puerta que lleva hacia Dios es la fe. Recordemos la epístola de San Pablo, en donde se dice: “nos convertimos en hijos de Dios en Cristo, teniendo la alegría de los que se saben hijos de Dios”.

Me alegra muchísimo ver hoy la Catedral de Lima así, con cientos de fieles, y les agradezco a todos los que han participado en la organización de esta Santa Misa y en el rezo del Rosario. Gracias a Dios, nuestra madre en su fiesta, en su Solemnidad, empieza a contar con el marco adecuado.

Yo siempre sueño que la Plaza de Armas de Lima vuelva a presentar esa característica que yo siempre observé de niño: una convocatoria permanente de fieles católicos que la rebase cuando se celebren festividades como el Corpus, o cuando se celebren las procesiones de la Virgen María. Hoy gracias a Dios vemos una Catedral llena de fieles que han venido a visitar y saludar a María, y pienso en la alegría que debe tener ella, en los deseos que debe tener ella de volcarse en el corazón de cada uno para bendecir a sus familias.

Yo les pido que sigamos en este mes de mayo prendidos del Santo Rosario, porque allí tienes un regalo de verdadero enamorado para la Virgen, acudiendo a ella cada día, cada hora. Recuerda que es María la que se alegra cada vez que recurres al Santo Rosario.

Quiero recordar a Monseñor Alberto Brazzini, quien hizo muchos esfuerzos para recuperar ese amor a esta imagen, a esta advocación; estoy seguro que hoy, con mucho gozo, Monseñor Alberto nos acompaña desde el cielo y nos dice “ánimo”, en la seguridad que luego de nuestras vidas, nos espera el amor de los amores.

Así sea.

 
 

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