- Domingo, 14 de diciembre de 2003 -

“LOS NUEVOS DIÁCONOS SERÁN INSTRUMENTOS
PARA QUE CRISTO CONSUELE
CON VERDADERA PAZ A SUS HIJOS”


Queridos hermanos en Cristo:
Queridos seminaristas, que serán ordenados hoy como diáconos:

Hoy la Iglesia nos invita a estar siempre alegres, ya que teniendo como marco esta celebración diaconal, vemos cómo las vocaciones en la Iglesia crecen como frutos maduros del trabajo en el Seminario, camino al sacerdocio. Por eso, la Iglesia, nuestra madre, nos dice: “alégrense, que ya se acerca el Salvador”.

Con esa doble alegría, le damos gracias a Dios, porque una vez más, su providencia fraterna no cesa de darle a la Iglesia nuevos diáconos, los que próximamente serán ordenados presbíteros; de esa manera, se perpetuará a través de los siglos el mandato de Cristo, y la Iglesia seguirá creciendo y ofreciendo el cuerpo, la sangre y el perdón divino, a través de sus ministros.

Esta ordenación llega en el inicio del tercer milenio, en el año que el Santo Padre ha cumplido 25 años de pontificado, y teniendo como marco La Gran Misión Mar Adentro del Arzobispado; por ello, esta ordenación debe llevar a prepararnos con fe, según esa invitación del Papa: “Id por todo el mundo, caminen con esperanza, que yo estoy con ustedes”.

LA IGLESIA CATÓLICA ES CASA DE COMUNIÓN

Diría que los signos de contradicción son una buena señal para el religioso, y que la cruz es una buena señal para el cristiano, porque es motivo de gozo, es trono de sabiduría, es el medio maravilloso por el cual Cristo redime al mundo. Por ello, tanto ustedes, futuros diáconos, como nosotros, sacerdotes, debemos recordar que el sacerdocio se inscribe en el misterio de la redención.

¿Y cuál es la misión de los diáconos? se preguntarán. Pues el Concilio Vaticano II, en el documento Lumen Gentium, la describe de manera sumaria: “el diácono administra solemnemente el bautismo, conserva y distribuye la eucaristía en nombre de la Iglesia, asiste y bendice el matrimonio, lleva el viático a los moribundos, lee la escritura a los fieles, instruye y exhorta al pueblo, presidiendo el rito del funeral y de la sepultura, y prodigándose en las obras de caridad y de asistencia”, según dice.

Esta breve descripción de lo que puede hacer el diácono, se resume en una palabra; diaconía, que quiere decir “servicio”, y esto es lo que yo les pido a ustedes, cumpliendo lo que el Papa nos pide hoy: “servicio para que la Iglesia sea la casa de la comunión”.

El Papa nos recuerda que todo esto será posible sólo si sentimos un particular llamado a la santidad. Por ello, ustedes futuros diáconos, serán instrumentos a través de los cuales Cristo consolará con verdadera paz a todos sus hijos, dándoles la fuerza de la única verdad que nos hace libres, el mensaje de Dios.

Hoy ustedes reciben el diaconado para servir a los hombres, haciéndose portadores de la salvación de Cristo, por lo que estamos gozosos en esa dimensión sobrenatural de la fe, y decimos: “no tardes Señor, ven a mi vida, yo se que eres el mismo Cristo ayer, hoy y siempre”.

LOS DIÁCONOS RENACEN PARA SERVIR A CRISTO

También recuerdo a la Virgen María y a San José, para que ustedes los acerquen a su vida espiritual, a ese alegrarse de la Iglesia que hoy tiene un particular signo; y es que hoy, a través de la imposición de las manos del Obispo, estos seminaristas recibirán unos poderes espirituales de parte de Dios, poderes de los que sólo serán administradores.

Hermanos, el respeto al misterio, el respeto a la presencia de Dios en la vida de nosotros, nos dará otro modo de ver los acontecimientos, nos dará otra fuerza para convertir los corazones; para ello, debemos alejarnos de todo lo que es una sociología o una interpretación coyuntural de lo que es el cuerpo místico de la Iglesia, recordando la continuidad de la redención en la historia.

Hoy la liturgia nos dice “alégrense”, porque ya se acerca la venida del Señor, y este venida reclama de los sacerdotes todas nuestras energías, nuestro tiempo, el morir a nosotros mismos. Justamente durante la ceremonia de ordenación diaconal, los candidatos recuerdan la importancia de renacer en Cristo, al postrarse en el suelo y quedarse allí unos minutos.

Juan Pablo II decía: “el que se prepara para recibir la sagrada ordenación, se postra con todo el cuerpo y apoya la frente sobre el pavimento del templo, manifestando con esto su completa disponibilidad para tomar el ministerio que se le confía. En ese yacer por tierra, en forma de cruz, acoge en la propia vida la cruz de Cristo, haciéndose con el apóstol, pavimento para sus hermanos”.

Allí futuros diáconos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad, que adquirirán de modo más pleno en el sacerdocio. Esta tarea, hermanos, hoy la Iglesia quiere recordársela a quienes serán ordenados.

CUIDEN LAS ALMAS DE LOS FIELES

Queridos seminaristas que serán ordenados, como Pastor, les pido que se unan a mi, que se encarguen del cuidado de las almas, y de manera especial les encomiendo a los más necesitados, los más enfermos, a quienes sufren en el cuerpo y el espíritu. Todo esto les llevará a luchar para identificar -sin reservas- los anhelos de sus almas con el ansia redentora del Cristo.

Me uno a los familiares de los diáconos, en su alegría, y les agradezco por la entrega que hacen de sus hijos; me uno también al Rector del Santo Toribio, a los formadores, a todos los seminaristas que van creando en ese cuerpo que es el Seminario, la búsqueda de la santidad a través del ministerio sacerdotal.

También me uno a los sacerdotes, para secundar esa prioridad fundamental en la arquidiócesis de Lima y en la Gran Misión, que es el hallar vocaciones para el Seminario. Me uno también a todos los religiosos y religiosas, que con su oración hacen posible que podamos realizar la ordenación diaconal en el marco de la Gran Misión Mar Adentro.

Así sea.

 
 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]