- Domingo, 18 de mayo de 2003 -

“EN EL SANTO PADRE TENEMOS
UN TESTIMONIO VIVIENTE
PARA SER VERDADEROS APÓSTOLES
DE LA FE EN CRISTO”


Queridos hermanos en Cristo Jesús:

El Salmo que introduce la liturgia de hoy, es muy apropiado para la fiesta que celebramos en el cumpleaños del Santo Padre. Dice el Salmo: “cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”, y realmente vemos que el Señor ha hecho maravillas, porque el Santo Padre, Juan Pablo II, es un don de Dios, lo vemos con la fe y también con esa dimensión humana, porque es un hombre que ha hecho de su vida lo que acabamos de escuchar en el evangelio.

Desde el primer día, el trabajo del Santo Padre ha sido mostrarnos el rostro de Cristo, cumpliéndose aquello que le señaló hoy en Roma el cardenal Ratzinger al mismo Juan Pablo II, durante la santa misa por su cumpleaños: “Creer y amar. Ese es el programa de su pontificado, porque usted, incansablemente, nos muestra el rostro de Cristo misericordioso; usted, Santo Padre, apoyándose en Cristo, nos llama a superar las fuerzas del odio, de los prejuicios que separan, y nos convoca a derrumbar los muros que quieren dividirnos”.

“Al recomenzar desde Cristo, usted Santo Padre, nos ayuda a encontrar el camino que lleva a la salvación. Por ese motivo queremos darle las gracias de corazón, para que el Señor pueda recompensarlo como premia a sus servidores fieles”, le dijo el cardenal Ratzinger. Y recordemos que este programa pontificio ha sido realizado por el Santo Padre desde su primer día en el Vaticano, cuando apareció en la Plaza de San Pedro y le dijo al mundo: “no tengan miedo”.

Tiempo después, el mismo Papa comentó: “no sabía que esas palabras de Cristo -“no tengan miedo”- iban a llevarme tan lejos en estos años de pontificado”. Y luego recomendaba: “pero no tengan miedo de conocer quiénes son, y busquen conocerse bien a sí mismos”, dijo.

Pensemos cuántas veces pasamos por la vida conociendo sólo un tercio o la mitad de lo que Dios nos ha dado, y cuántas veces convivimos con la falta de la oración, con la falta de contemplación, de ese mirar el rostro de Cristo para que, como si fuera un espejo, se refleje en mí y me permita conocerme más; sólo así conoceré mis miserias, mis cualidades, los dones que el Señor me ha dado, las limitaciones que debo aceptar, y conoceré que esa llamada a ser santos, pasa por ese camino: conócete a ti mismo.

Porque podemos tener 70 años y no acabar de conocernos más que en un veinte por ciento, y podemos dejarnos llevar por dificultades pasajeras, perdiendo de vista el amor a Cristo; por eso, el cardenal Ratzinger nos recuerda del Papa: “el programa de su pontificado ha sido creer y amar, mostrarnos el rostro de Cristo”.

En el Santo Padre tenemos un testimonio viviente, para ser en nuestras vidas, verdaderos apóstoles de la fe en Dios. Y es que el programa de su pontificado ha sido siempre creer y amar, y mostrarnos el rostro de Cristo.

El Santo Padre nos da ejemplo con su palabras, con su dolor, con su magisterio, con su amor a la verdad, con su amor predilecto por los pobres, los niños y los enfermos, con su proclama permanente por la paz y la justicia, pero siempre desde el rostro de Cristo, y enseñándonos a luchar para acercarnos al Señor.

En la Novo Millennio Ineunte, esa Carta apostólica de inicios del milenio, dijo el Papa Juan Pablo II: “recordemos el pasado con gratitud, con agradecimiento”. Hoy que el Santo Padre celebra su cumpleaños, pensemos cómo estará recordando su familia, su niñez, su colegio y esos dolores impresionantes de la guerra, con la pérdida de amigos y seres queridos. Eso es algo muy importante, porque el pasado no se puede destruir.

Y el Santo Padre invocó también en esa Carta a vivir con pasión el presente, vivir con un amor apasionado para contemplar el rostro de Cristo y pedirle así: Señor, haz que me enamore de ti, porque si realmente estoy enamorado, si realmente habitas en mí, harás que mis trabajos, mis pensamientos, mis obras, mi perdón, hagan de mí un Cristo que pasa, que es lo que tenemos que buscar hoy.

El Papa nos pide además “abrirnos con confianza al futuro”. Y eso es una maravilla, porque nos recuerda esa juventud de espíritu del Papa, que hoy cumple 83 años, pero que cuenta con ese permanente renovarse de la juventud que da la gracia, porque para Dios no hay edades.

Por ello vemos al Santo Padre –como me lo comentan algunos de mis hermanos en el episcopado que han estado recientemente en España, cuando él realizó varias canonizaciones- con gozo, con simpatía, con ilusión, como cuando se dirigió a la juventud española; recordemos con qué frescura de pensamiento dialogó con ellos, de modo juvenil, y les dijo: “soy un joven de 83 años”.

Esa juventud hermanos, es fruto de la acción del Señor, y es la juventud que hoy nos ayudara a todos a ser mejores testimonios de Cristo para nuestro trabajo, nuestra familia y en el lugar que Dios nos haya puesto. El Papa dijo hoy estas palabras: “agradecido por el don de la vida, vuelvo a entregar hoy a la Virgen mi existencia y el ministerio que la providencia me ha llamado a realizar. Les pido que sigan rezando para que Dios me ayude a cumplir fielmente la misión que me ha confiado”.

Aquí están las intenciones del Santo Padre, por ello, los invocó para que recemos por él y pueda así cumplir fielmente -como un instrumento del servicio que Pedro realizó- la voluntad de Dios.

Les agradezco especialmente a este grupo de hermanos obispos, con los cuales queremos, muy unidos en la misma intención, darle gracias al Santo Padre por su fidelidad, por su amor a Dios y a la Iglesia; para que en este signo de unidad que es maravilloso en la Iglesia, en esa escuela de comunión que él nos está enseñando, en ese peregrinaje por la paz que él nos muestra, en ese levantar al mundo de la oscuridad para llevarla por caminos de esperanza, veamos siempre a Cristo, el único salvador del hombre.

Juan Pablo II también renueva su entrega a la Virgen María, y pide que nos entreguemos a ella. Por ello, pidamos a nuestra madre que lo siga protegiendo, bendiciendo, que nos lo conserve mucho tiempo para que siga siendo ese instrumento de santidad viva, testimonio viviente de Cristo.

Esta alegría de la Iglesia es un reclamo a cada uno de nosotros, es una llamada a cada uno de nosotros, para procurar ser ese testimonio del rostro de Cristo en tu casa, en tu trabajo, en todos los momentos.

El Papa nos llama a no dejarnos atrapar por la inconstancias pequeñas y pasajeras, y nos llama a levantar la mirada hacia Cristo, el Señor de la historia, en quien somos hijos adoptivos de Dios; allí radica nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad.


Así sea.

 
 

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