
- Sábado, 19 de julio de 2003 -
|
“ESA
VIDA ETERNA
Hoy nos hemos reunido en el acto más sublime que hay en la fe católica, la Santa Misa. Yo le pido al Señor desde el primer momento, que sea él quien entre en los corazones de cada uno, y que sea él quien les lleve esa paz, esa fortaleza, para que los ayude en la gran tarea de cerrar heridas. La fe nos habla de la esperanza, nos abre a la esperanza, por ello debemos recordar que en la historia de la humanidad hay algo que nos conmueve a todos: cuando la eternidad, la vida eterna, quiso entrar en el tiempo, en el momento que Dios se hizo hombre. Y Dios se hizo hombre para que todos nosotros tuviéramos un camino hacia la eternidad. Entonces, podemos afirmar con fe que esas hijas y esos hijos (fallecidos) aún están con nosotros; no es sólo una idea, no es sólo un deseo, es una realidad que la fe nos enseña. Porque Dios, vida permanente, se hizo hombre y habitó aquí en la tierra, para que nosotros -a través de él- pudiéramos entrar en la eternidad. Esa vida eterna, en donde ya están esos hijos de Dios, nosotros la compartimos por la fe. Por eso, en esta misa hay una mezcla de dolor y de gozo, de paz y también de inquietud; esa es la sensación de quien está camino a ese encuentro con Dios en su vida. UNA SEÑAL PARA REDESCUBRIR LA FAMILIA Esos seres queridos que ya no están aquí, son de alguna manera como un puente, un camino por el cual -con el recuerdo de sus vidas, con el dolor de su ausencia, con la esperanza del encuentro- muchos de ustedes sienten la fuerza del llamado de la familia, y se sienten convocados a estar más unidos, a quererse más y comprenderse más. El Papa Juan Pablo II, de una manera muy clara, nos dice: “habrán personas que se preguntarán: “¿por qué?”, o se preguntarán “¿por qué ha ocurrido esto?”, “¿por qué a mi hijo, a mi hija?”. Y el Santo Padre responde: “esas son preguntas muy comprensibles, pero yo quisiera plantear otra pregunta que nos lleve más lejos; y es una pregunta que arranca esa espina mortal que se oculta detrás del sufrimiento, esa espina que tantas veces puede causar el dolor. Quisiera que esa pregunta que te haces no sea sólo “¿por qué paso esto?”, sino principalmente “¿para qué?”. Debemos saber que a esa pregunta, “¿por qué?”, no nos puede responder nadie sobre la tierra; por el contrario, la respuesta a la pregunta “¿para qué me has puesto este dolor?”, nos abre nuevos horizontes. Señor, no preguntemos entonces “¿por qué?”, sino preguntémonos “¿para que?”, “¿qué quieres que haga yo, mi familia y mis hijos, Dios mío?”; o preguntémosle a él: “¿quieres pasar por mi casa para dejar la huella de tu paz, de tu serenidad, de tu confianza, Señor?”. LA FE ES LA QUE NOS ENSEÑA Ese amor a quien ya no está con nosotros, no debe morir, al contrario, debe crecer cada día más. Me dirijo no solamente a los padres -que llevan esa fe en su propia naturaleza, y tienen a sus hijos muy presentes- sino especialmente a muchos amigos y amigas de estos 29 jóvenes, para que fomenten esa confianza en Dios. No es fácil en el mundo de hoy creer, pero es la fe la que me dice que ese amor de aquel amigo, de aquella amiga, estará siempre con nosotros. Por ello, Señor, auméntame la fe, para que este dolor, este momento de la eucaristía, sea un momento de especial comunicación, en el que los sienta cerca, los vea cerca, cuente con ellos y ellos cuenten conmigo. Por eso hermanos, nuevamente el Santo Padre nos dice: “no nos miremos tanto a nosotros mismos, miremos a Dios, porque en él debemos encontrar ese suplemento de energía que nos falta. Esa es la invitación que nos hace el Señor cuando nos dice: “vengan a mi todos los que están fatigados y oprimidos, porque yo los aliviaré”. Dios es esa luz capaz de iluminar las tinieblas, la oscuridad en que se debate nuestra inteligencia; él es la fuerza que puede dar vigor a nuestras voluntades, él es el calor, la paz derritiendo el hielo de nuestros egoísmos la fuerza, que nos devuelve el ardor en nuestros corazones cansados. LEVANTEMOS LA MIRADA HACIA DIOS Esos recuerdos tan vivos, tan gratos, que cada uno de ustedes guarda sobre la vida de aquella hija o de aquel hijo, no van a modificar esos sentimientos de dolor, pero en cambio, si los recordamos levantando la mirada a Dios, tal vez se convierten en fuente de paz, de esperanza, de gozo. A todos ustedes, la Virgen María quiere -como buena madre- llevarles una palabra de esperanza, en la seguridad que sus hijas y sus hijos fallecidos, nos están escuchando y nos ven desde otra dimensión; por ello, estoy seguro que ellos les dirán desde el cielo: “Padres, madres, amigos, amigas, estamos en esta dimensión de la eternidad, y les agradecemos esta Santa Misa, les agradecemos este año lleno de dolor y de amor, lleno de recuerdos. No nos olviden, que nosotros no los olvidamos. Entendemos que la separación física no tiene fácil respuesta, pero sí les pedimos que guarden en sus corazones amor, que guarden en sus corazones el recuerdo agradecido de quienes fuimos. Hoy desde la eternidad les queremos decir: ánimo, ya nos volveremos a reunir, ánimo, estamos unidos, la vida eterna no es al final de la vida, la vida eterna ya empieza en ese mundo en el que hoy, muchos de los corazones tienen comunicación inmediata con sus seres queridos”. Por ello, yo le imploro al Señor: dales a los familiares esa paz, esa calma interior, ese gozo de saber que sus hijos ya están con Dios, y al mismo tiempo, dentro de ese lógico clamor por encontrar respuestas, responsabilidades concretas –que a veces surge con fuerza en el corazón y no quiere encontrar la tranquilidad- también le pido al Señor que de ninguna manera se enturbie el recuerdo lleno de amor, de gozo, de agradecimiento, de esos hijos. Que toda esta familia peruana que se ha unido hoy, podamos encontrarnos en ese camino de gozo de nuestros hijos, en la comprensión, en el amor y en su recuerdo lleno de agradecimiento, para que así podamos separar esos sentimientos encontrados. HAGAMOS UNA CRUZADA PARA LA JUVENTUD Señor, bendícelos, acompáñalos, permite que estos hijos y estas hijas que están en el cielo, se asomen al corazón de todos los que están aquí, para que en ese silencio de la intimidad, puedan decirles a sus padres así, con la sonrisa de siempre: Hola, aquí estamos juntos, padres, madres. Tengan fe, aquí estamos en paz, por eso siempre los acompañamos, los ayudamos y los recordamos con amor. Les pedimos que también tengan esa paz, esa esperanza, y les pedimos que en esa lucha por adquirir una respuesta justa, no pierdan la alegría y la paz en la familia. No pierdan la confianza, y busquen ese camino de la verdad y de la justicia. Hagamos todos una gran cruzada de solidaridad por la juventud, para que encuentren siempre en sus mayores la orientación clara, y no pasen nunca más por estos riesgos, por estas situaciones tan dolorosas. Se que las palabras son imposibles que calmen lo que hoy todos sentimos en la presencia de Dios, por ello, todo lo dejo en manos de Jesús y de María, para que en este día de reencuentro junto a Dios, encontremos la paz, ese don tan maravilloso. Estén en paz, padre, madre, así como lo estamos aquí. Gracias por tantos esfuerzos que hicieron por nosotros. Gracias por tantas muestras de amabilidad y de cariño; entren en esa dimensión del amor, y verán como, con los ojos de la fe, podrán sentir nuestra presencia. El mundo de hoy nos pide eso, abramos los ojos de la fe para ver los hechos de cada día, de otra manera. Esto es lo que hoy le pido a Dios como Pastor de la arquidiócesis de Lima. Así sea. |
| [Reseña histórica de
la arquidiócesis] |