HOMILÍA
DE MONSEÑOR JOSE ANTONIO EGUREN,
OBISPO AUXILIAR DE LIMA
ATRIO DEL SANTUARIO DE LA VIRGEN DEL CARMEN
- Domingo, 19 de octubre de 2003 -
| “EL MES DE OCTUBRE NOS LLENA DE ESPERANZA” Queridos hermanos en Cristo Jesús: Qué hermoso es que las dos principales devociones de Lima: el Señor de los Milagros -Patrono Jurado y Defensor de la ciudad de Lima- y Nuestra Señora del Carmen -que tiene el título de alcaldesa de esta ciudad- estén bajo el cuidado y la protección permanente de la Orden Carmelitana. Además, hacemos nuestras las palabras de San Pedro en la montaña: “que bien se está aquí”, dichas cuando el Señor se transfiguraba. Y repetimos “que bien se está aquí”, al estar en compañía del Señor de los Milagros, porque al verlo nos sentimos protegidos por su amor. SEGUIR A CRISTO CADA DÍA Qué hermosa es la experiencia de vivir la procesión, de seguir al Señor por nuestras calles y nuestras plazas, buscando entre sus múltiples significados, aquel sobre el que quiero reflexionar hoy: que el seguir al Cristo Morado y escuchar su voz en tu corazón, te llame a seguirlo de verdad, tratando de vivir cada día del año como auténtico cristiano. Porque se trata de seguir a Cristo todos los días del año, no sólo en octubre, aunque sea este mes el que nos da el impulso para vivir todo el año la procesión espiritual; y es que seguir a Cristo supone conocerlo cada día más, para amarlo y ser semejantes a él. ¿Qué significa seguir al Señor?, pues vivir en todo momento como él nos enseña, esforzarnos en todo para ser semejantes a él. Recordemos las palabras del evangelio, cuando Jesús nos dijo: “no todo el que me diga “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino aquel que haga la voluntad de mi Padre celestial”. Y la voluntad de nuestro Padre celestial es que creamos en su hijo, para que tengamos vida eterna. “Tanto amó Dios al mundo -le dijo Dios a Nicodemo en el evangelio de hoy- que le entregó a su único hijo, para que todo aquel que crea en él, tenga vida eterna”. Esta es la voluntad del Padre manifestada en Cristo Jesús: que creamos en él, porque creer en él significa seguirlo todos los días, todo el año. NO TENGAN MIEDO DE RECIBIR A CRISTO Hace poco, con ocasión de sus 25 años como pontífice, el Papa Juan Pablo II nos recordaba lo mismo: “no tengáis miedo de acoger a Cristo, ni de aceptar su potestad. Como hace 25 años proclamé, hoy repito con fuerza: abran aún más, de par en par, las puertas de su corazón a Cristo, dejaos guiar por él, confiaos a su amor”, nos dijo el Papa. Qué hermosa frase del Santo Padre, frase que para nosotros se vuelve una realidad concreta en esta vivencia del Mes Morado. Porque todos creemos en el Señor de los Milagros, pero preguntémonos si podemos abrirle más nuestra propia vida, si podemos creer más en él o si podemos confiar más en su palabra..... Es que podemos ser mejores cristianos de lo que somos, sólo tenemos que esforzarnos para abrirnos a su gracia y su amor, y llegar a ser santos. Esto es algo que el Papa nos ha recordado siempre, desde que asumió su pontificado, porque nuestra vocación -desde el día que fuimos bautizados- es la santidad. No te contentes con menos, porque el alto grado de la vida cristiana es la santidad. Esa es nuestra vocación común. Y es que lo maravilloso y hermoso del ser cristiano es que la santidad no es prerrogativa de unos cuantos, ni de una galería selecta o de solamente el obispo, el sacerdote o la religiosa; es la exigencia de todo bautizado en la fe. No te contentes con menos y no vivas un horizonte achatado de vida, aspira a la santidad, deséala intensamente y esfuérzate para cooperar con la gracia que el Señor te da para ser santo. Porque no hay mayor tristeza que la de no serlo, y no hay mayor irresponsabilidad -para estos tiempos difíciles- que no aspirar y trabajar por ser santo. ¿QUE ES SER SANTO? ¿Y qué es ser santo?, pues ser como el Señor de los Milagros. Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo -eso lo decía San Pablo en la segunda lectura- porque santo es aquel que se une de tal manera a Cristo, que puede llegar a proclamar en su vida lo que San Pablo dijo una vez: “vivo yo, más no yo, sino es Cristo que vive en mi”. Y si esa imagen nos cautiva, nos conmueve, y nos hace pasar muchas horas en su contemplación, sin sentirlas, imagínate lo que será reproducir esta imagen en tu vida y tu corazón. Más aún si este Cristo vivo, el Señor de los Milagros, habita en ti de manera plena y total. Ese es el llamado del Cristo Morado en octubre, porque el milagro más maravilloso es cuando él nos saca de la esclavitud del pecado para llevarnos a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Por eso queridos hermanos, al ver las calles de Lima teñidas de ese color morado tan entrañable, al ver a tanta gente con sus hábitos y sus detentes, les pido en nombre de Dios: cambiemos nuestros corazones, no sólo nuestros vestidos, porque el llevar esos hábitos morados exige un cambio de vida, exige conversión, para que podamos ser como Cristo. Siendo como él, seremos santos. Llevar el habito del Señor, de color morado, nos exige una vida cristiana coherente, y nos exige transformar nuestras vidas en Cristo, con Cristo, por Cristo. Sólo así transformaremos el Perú. No nos engañemos, no serán los simples programas políticos, económicos o sociales los que harán posible un Perú justo y reconciliado, porque lo que hará posible la civilización del amor en nuestra patria será el que seamos santos. Y es que sólo el santo aportará realmente la fuerza transformadora para hacer que las realidades de nuestra vida estén dignificadas por el amor, la verdad, la justicia y el bien. El Perú es una nación cristiana y católica desde su constitución, y la herencia más preciada de esta tierra es la fe que hemos recibido; prueba de ello es el Señor de los Milagros que nos acompaña desde hace más de 350 años. Esa fe marca hondamente nuestra identidad como nación y como cultura, porque este país ha nacido -como el continente americano- al calor de la evangelización. Es en nuestra fe cristiana y católica que tenemos que encontrar el camino para forjar esa patria grande que todos y cada uno anhelamos. EL MES DE OCTUBRE NOS LLENA DE ESPERANZA Queridos hermanos, el mes de octubre realiza otro milagro, que es el de llenarnos de esperanza. Por ello, quisiera que este sea el mensaje final para todos: no a la desesperación, no a la desesperanza, porque no es propio del cristiano vivir en la tristeza. Se que son muchos los problemas que nos agobian, pero tenemos al Señor a nuestro lado. Recuerden sus palabras: “Vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré; aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón”. El Señor nos cautiva, es el maestro del dolor, porque nadie como él ha sufrido; por eso, lo sentimos tan cercano que podemos decirle: “tú entiendes mi cruz, mi dolor físico, mi dolor moral”. Si recurrimos a él encontraremos consuelo y esperanza. No nos rindamos ante las dificultades que podamos enfrentar personal y socialmente. El Señor es nuestra esperanza, en él todo obstáculo se allana, toda dificultad se supera, todo problema se sobrelleva, todo peso se puede cargar. Se trata simplemente que tengas fe y eso es lo que a veces nos falta. Que el Señor de los Milagros nos bendiga y escuche tu oración, pero que tú escuches también lo que él te dice: “ven, sígueme, y esfuérzate por ser cada vez mejor discípulo mío”. Así sea. |
| [Reseña histórica de
la arquidiócesis] |