- Martes, 20 de mayo de 2003 -

“RECUERDEN QUE TODOS
SOMOS APÓSTOLES DE
CRISTO JESUS”


Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Al celebrar un aniversario más del Movimiento Juan XXIII en el Perú, debemos darle gracias a Dios que los ha acompañado todo este tiempo, y también debemos pensar que la Iglesia, camino de Cristo, es la esencia del Movimiento Juan XXIII; porque la Iglesia es un cuerpo vivo que se mueve, camina, ama, perdona, y lleva la buena nueva a todos los rincones.

Quisiera pedirles que en este aniversario pusieran en el centro de su corazón algo muy concreto: recuerden que el resumen de ese caminar de la Iglesia está en el Catecismo, que tiene como punto de partida -por un lado- la Sagrada Escritura, la palabra de Dios, y al mismo tiempo contiene la tradición católica, es decir todo lo que los primeros apóstoles y santos enseñaron durante los primeros siglos.

Esa tradición de los primeros años está escrita, por ejemplo, en la obra de San Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia, o en la de San Agustín; por ello, el Catecismo contiene tanto las tradiciones como la enseñanza oficial de la Iglesia, lo que se conoce como el magisterio de la Iglesia.

El Catecismo está organizado de una manera ordenada, para que nosotros podamos estudiarlo, y podamos encontrar allí las verdades que se creen en la Iglesia, en la oración del Credo; para que encontremos cuál es el camino a Cristo, con los mandamientos de la Ley de Dios; para que sepamos con qué ayuda contamos, con los sacramentos de la vida de Cristo, y para que aprendamos a rezar con la oración que Cristo nos dejó: “Padre nuestro que estas en los cielos....”

Allí tienen las cuatro partes del Catecismo. Y como ustedes son personas con enorme preocupación apostólica –porque son como los apóstoles que van por las calles, las casas, y que van acercando a mucha gente a través de los retiros y las reuniones- les diría, como Pastor, que el Catecismo de la Iglesia Católica es lo que Dios quiere para nosotros, para que lo aprendamos y enseñemos.

En ese Catecismo encontrarán muchas lecciones. Quizás ustedes me dirán: “pero yo en mi vida tengo muchos problemas, mis padres están enfermos, no tengo trabajo, he cometido pecado, me canso seguido...” y yo te respondo que entiendo, pero te recuerdo que debes mirar tu vida en la vida de Cristo siempre, tienes que mirarte en el espejo de su vida en la tierra..

En el Catecismo verás la palabra de Dios ya aplicada a tu vida, y verás qué es lo que quiere Cristo de ti, y lo encontrarás. Por eso, si meditamos, si aprendemos, si leemos, y si procuramos enseñar algo de eso a nuestras amigos, a nuestros hijos, les diría que vamos por el buen camino.

La segunda reflexión que quería hacerles hoy, es recordarles que Cristo está con nosotros, pero es un misterio. Eso quiere decir que yo no lo veo, pero siempre está con nosotros, es real, y de manera muy especial en la eucaristía. Y la eucaristía tiene tres momentos, según señala la última encíclica del Papa Juan Pablo II:

Un primer momento es cuando Jesús, en la Ultima Cena, parte el pan, lo bendice y dice “este es mi cuerpo”, a pesar que los apóstoles sólo veían un pedazo de pan.

Luego viene la pasión y muerte, cuando Cristo me dice desde la cruz: “aquí te entrego mi cuerpo, y estoy dando hasta la última gota de sangre por ti. Lo que te anuncie en la Ultima Cena te lo estoy entregando en la cruz”.

Y uno piensa “¿será verdad lo que dice Cristo?”. Pues acuérdate de los discípulos de Emaús, que regresaban a su casa tristes, porque esa promesa de Cristo, esa esperanza en la llegada del Mesías, aparentemente había desaparecido.

Cuántas veces nos pasa lo mismo, cuando no creemos en nuestras vidas, porque si creyera en Cristo no estaría de mal humor, desanimado, o estaría acercándome más a la confesión, a la oración.

Y nos sigue contando la Biblia que a ese grupo de discípulos de Emaús se le acercó Jesús resucitado, les comenzó a escuchar y luego les explicó el Catecismo, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y la historia de la salvación, sin que lo reconocieran.

Cuando al fin llegaron a su pueblo, Jesús hizo el ademán de continuar su camino, por lo que los discípulos de Emaús le dijeron: “se hace de noche, ¿por qué no te quedas con nosotros, hermano?”. Luego, todos entraron a la casa y recién reconocieron a Cristo cuando partió el pan y se los dio en la mesa.

Fue como si se les cayera la venda de los ojos a los discípulos -como nos pasa a nosotros cuando a veces nos falta la fe y nos dejamos llevar por el pecado- y momentos después, Cristo desapareció de la mesa. Y los discípulos de Emaús reflexionaron después, cuando se quedaron solos: “¿no ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?”, porque era Cristo quien les hacía arder de confianza, de fe, el corazón.

Por ello, cuando les hago esta reflexión sobre la eucaristía y el catecismo, les digo a ustedes que lo tengan siempre presente; Cristo vive en la gracia, los sacramentos, la oración, Cristo vivo actúa en tu alma, tu pensamiento, tus deseos, él actúa hoy.

Porque donde hay tristeza Cristo pone gozo, donde hay pecado él pone perdón, donde hay soberbia él pone humildad, donde hay duda él pone seguridad; donde hay desánimo él pone esperanza, donde hay debilidad él pone fortaleza. Pero cada día hay que emprender el camino, cada día debemos ser ese Movimiento de Cristo, acudiendo a la eucaristía, acudiendo a la confesión, llevando a los hijos al bautismo, hablando a los amigos sobre Jesús y su doctrina.

Nuestra misión es ser el instrumento para que Dios entre en la inteligencia, la voluntad de tus amigos, gracias a ti; en ese momento Cristo te dirá “préstame tu voz, tu tiempo, tu oración”. Te dirá “se tú el sembrador, que yo seré la semilla”, o te dirá “se tú el sobre, que yo seré la carta de salvación”. Cristo nos usa como instrumentos de fe.

Cuánta falta hace gente como ustedes en esta arquidiócesis, para que vayan por todas partes anunciando la salvación. Porque a veces los fieles esperan que todo lo haga el sacerdote o el obispo, olvidando que todos los bautizados -como dice San Mateo- pueden ir por el mundo predicando la palabra de Dios, porque él estará siempre con nosotros.

Díganme por qué los pastores evangélicos -que son personas que han leído algo de la Sagrada Escritura- se presentan a veces como si fueran infalibles, pretendiendo dar doctrina. ¿Y qué hacen los católicos?, pues muchas veces se quedan callados, asustados, pensando en el qué dirán los demás si deciden defender su fe.

Recuerden que todos ustedes son apóstoles, ya que si bien no pueden celebrar misa o confesar, sí pueden hablarle a sus amigos y anunciarles la salvación; sí pueden rezar el Santo Rosario y pedirle al Señor por ese amigo o esa meta, sí pueden dar ejemplo para que otras personas que tengan debilidades o vicios, se acerquen al Señor.

Y no olvidemos a nuestra madre, la Virgen María, en este templo de la Virgen de Guadalupe, ya que ella, con su ejemplo siempre nos guía; por eso, si tú quieres ir hacia Jesús, siempre debes ir a través de María.

Es difícil separar al hijo de tu madre. Por eso, lo que he dicho de Jesús, se lo podría aplicar a María, cuando ella se quedó con los apóstoles en el Cenáculo, esperando al Espíritu Santo.

Con ese ejemplo de entrega de María a cada uno, sólo se puede hacer el bien, y la manera en que nos fortalecemos en la Virgen es rezando el Santo Rosario, para que sigan creciendo comunidades como la de Juan XXIII, en todo el mundo; siempre unidos al Pastor para que nadie divida la Iglesia, y siempre en el camino de los diez mandamientos, con las verdades que se creen en el Credo, y con los sacramentos.

Les agradezco este esfuerzo que hacen para llevar este ejemplo de fe por todo el país, y especialmente Lima. Que Dios bendiga con muchos frutos este apostolado, y que siempre estén muy activos, con esa comunión, con esa eucaristía, para que seamos muchos más apóstoles.

De esa manera construiremos todos la Iglesia, como en el sueño del Papa Juan Pablo II: ese “remar mar adentro” para ver el futuro con esperanza, si realmente somos apóstoles de Cristo.

Así sea.

 
 

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