- Domingo, 23 de noviembre de 2003 -

“CRISTO HA VENIDO
PARA SER TESTIGO DE LA VERDAD”


Queridos hermanos en Cristo:

Hoy el año litúrgico de la Iglesia llega a su fin, con esta Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Por eso le pido a él que nos ayude a tener humildad, para que podamos entender que la cercanía que tiene con nosotros, los hombres, no evita que lo tratemos como Rey del Universo.

Sin embargo, Dios nos envío a su hijo para facilitarnos la amistad, para que podamos hablar con él, para que podamos leer el evangelio en su vida, en su palabra, y para que podamos comer su cuerpo en la eucaristía.

CRISTO HA VENIDO PARA SER TESTIGO DE LA VERDAD

El evangelio de hoy nos relata el diálogo entre Pilatos -que era el poder civil de la época- con Jesús, quien se le presenta humilde, sencillo, a pesar que es el Rey del Universo.

En ese diálogo entre Dios hecho hombre y el mismo hombre, poder del mundo, se escucha la pregunta de Pilatos: “¿eres tú el Rey de los judíos?”; y Jesús le responde: “¿eso lo dices por tu cuenta o lo has escuchado?”.

Entonces Pilatos responde a Cristo: “¿acaso yo soy judío?”, y reconoce que no sabe nada de religiones, aclarándole: “tu gente, y los sumos sacerdotes te han entregado a mi, por eso dime ¿qué has hecho?”.

Y Jesucristo le dice estas palabras como Rey del Universo: “Mi reino no es de este mundo”. Es decir, el hijo de Dios le quiere decir al hombre: “te permito el diálogo, la falta de respeto, el abuso de autoridad, pero quiero decirte con claridad que mi Reino no es de este mundo. Porque si mi Reino fuera de este mundo, mi guardia ya me habría defendido”.

Entonces Pilatos le dice a Jesús: “O sea que tú eres Rey, ¿me estás hablando de un reinado, entonces?”. Y Cristo le responde con esa frase que debemos meditar hoy: “tú lo dices, soy Rey, para eso he nacido, para esto he venido al mundo, para instaurar el Reino de Dios que no es de este mundo pero que se inicia en este mundo”.

Y luego Jesús agrega una frase que es fundamental para la vida de un católico: “Yo he venido para ser testigo de la verdad”. Este valor de la verdad es muy importante para nuestras vidas, ya que debe servir para preguntarnos: “¿quien soy?”, “¿para que he venido al mundo?, o “¿cuál es mi misión en el mundo?”.

LA VERDAD ESTA DENTRO DE TU CORAZÓN

La primera verdad es aquella que está dentro de tu corazón, y que muchas veces te acompañará hasta la muerte, sin que tú la conozcas. En ese caso, no sabrás quién eres, cómo eres, y vivirás permanentemente confundido, porque no buscaste la verdad. Y Cristo te recordará: “soy testigo de la verdad, para eso he venido, para dar ejemplo que la verdad es base de la libertad, que sin verdad no hay sociedad, no hay justicia, no hay familia, no hay perdón”.

Pero esa verdad debe ser profunda, no solamente debe importar la verdad política, económica o deportiva, sino aquella verdad más profunda, la que nos hace preguntarnos: “¿quién soy yo, qué quiere Dios de mi?”.

Justamente el catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “en lo más profundo de su conciencia, el hombre y la mujer descubren una ley que no se dan a sí mismos, sino que deben obedecer, y cuya voz resuena cuando es necesario, en los oídos de su corazón. Esa voz los llama siempre a amar, los llama siempre a hacer el bien y evitar el mal. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón, y la conciencia es el núcleo más secreto, el sagrario más profundo en el que estamos solos con Dios”.

También dice el catecismo: “En ese lugar que es la conciencia, resuena la voz de Dios. Dios quiere dejar en claro que cada uno tiene una conciencia, y eso es lo que debemos recordar hoy -siguiendo el catecismo de la Iglesia Católica- porque la verdad es el trono de la sabiduría. Una verdad que podemos a veces ocultar o cambiar, pero que nadie puede borrar del fondo del corazón, sobre todo cuando te dice haz el bien y evita el mal”.

“Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral te ordena en el momento oportuno practicar el bien y evitar el mal, porque además en el corazón de cada uno la autoridad de la verdad tiene ese testimonio de Dios, que le habla al hombre. Es preciso, entonces, que cada uno oiga y siga la voz de su conciencia”, agrega el Catecismo.

DEBEMOS EDUCAR LA CONCIENCIA

San Agustín nos dice: “retoma tu conciencia, interrógala, pregúntale, y en todo lo que hagas, mira a Cristo que te dice “he venido para ser testigo de la verdad”. Por eso, San Agustín advierte: “no estés buscando afuera, busca dentro de ti, donde la conciencia tiene ese testigo. Allí está Dios, recordándote, corrigiéndote, diciéndote “haz el bien”.

Corremos muchos riesgos si no escuchamos nuestra conciencia, por eso debemos educarla. El catecismo nos dice: “la educación de la conciencia es una tarea de toda la vida, ya que desde los primeros años despierta el niño al conocimiento, a practicar esa ley interior que tiene en la conciencia. Una educación buena enseña a portarse bien y preserva del miedo, del egoísmo, del orgullo, o de la búsqueda del placer nacida de la debilidad humana”.

“La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón. ¿Y sabes cómo puedo formar mi conciencia?, pues meditando la palabra de Dios, rezando, confesándome, asistiendo a la eucaristía”, dice el catecismo.

Mira a tu corazón y entenderás porque a veces no quieres ver lo evidente, o no quieres escuchar lo que te dicen. Piensa que muchas veces tendrás que superar la tendencia al egoísmo, a la mentira o la manipulación, algo que podría definirse en esta época como el cinismo de la civilización contemporánea.

La verdad no es popular, por eso muchas veces a la gente le molesta escuchar la verdad. Pero tenemos que recordar que el reinado de Cristo es un reino de la verdad, con una libertad que nace de la verdad, con una justicia que nace de la verdad, con un bien para los más pobres que nace de la verdad y con una religión que no tiene que ver con ningún sistema político, porque es la palabra de Dios.

EL AMOR A LA VERDAD NOS LLEVA AL AMOR POR LA IGLESIA

Termino la homilía recordando las palabras de la antífona de la entrada: “Dice el Apocalipsis: digno es el cordero degollado al poder recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria, el poder, por los siglos de los siglos”.

“Digno es el cordero degollado” dice la Biblia, y debemos saber que ese cordero degollado del Antiguo Testamento está hoy en el altar, es Cristo que entrega su vida de una manera sacramental en cada misa. Por eso hermanos, tenemos la alegría de ser hijos de Dios, de ser siervos de ese Rey que inició su reinado en este mundo.

Siéntete acompañado por la Virgen María, por su esposo San José, por tu ángel custodio, yendo por la vida con el gozo de saber que la conciencia te ayudará a buscar siempre la verdad.

Este amor a la verdad nos llevará a tener amor a la Iglesia, y el amor a la Iglesia me llevará al amor al Santo Padre, y el amor al Santo Padre me llevará al Pastor, quien representa a Cristo en su diócesis.

Esa verdad de Dios tiene consecuencias, porque es una verdad que se verá en la vida diaria, en la política, en la cultura, en la universidad, en el deporte, en el trabajo, en todo momento de la vida.

Así sea.

 
 

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