
- Domingo, 25 de mayo de 2003 -
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“ES
UNA MARAVILLA VIVIR POR AMOR,
El Evangelio, la primera lectura y la segunda lectura de la misa de hoy, nos traen sabias palabras sobre un tema que es apasionante: conocer qué es el amor para Dios, qué características tiene, y cómo se hace para amar. Y es un tema apasionante porque no se puede vivir sin amar. Porque si uno trata de hacer todo con amor, adquiere una manera nueva de relacionarse con la familia, en el trabajo, en la enfermedad, diariamente; porque si está vivo el amor, hay otro sabor en la vida. San Pedro nos dice en los Hechos de los apóstoles estas palabras: “está claro que Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”. Vemos que el amor de Dios, según San Pedro, es para todos, sólo que ese mismo amor es expresado de maneras diferentes, así como nosotros no amamos a una esposa y a un hijo de la misma manera. Una primera explicación que nos da Dios sobre el amor es que todos merecemos el mismo respeto, todos merecemos ser tratados de una manera digna, con amor, y ninguno debe ser para la otra persona un objeto o un instrumento para lograr un favor; porque ninguno merece ser segregado o separado del amor. El Señor nos pide a todos: vayan por el camino del amor que es bonito, gozoso, pero no dejen que existan amores simplemente por interés, por simpatías, por prejuicios, o por rencores. Porque es muy fácil querer a los que te quieren, lo difícil es querer al que tal vez no te quiere, comprender al que tal vez no te comprende, perdonar al que tal vez no te perdona; esa será una señal que lo que hacemos es por amor. Porque si solamente manifestamos amor a aquellos que están de acuerdo con nuestras preferencias, entonces no viviremos como nos lo dice el Señor, e ignoraremos a todos los que no coinciden conmigo. Y qué triste es sentir que te tratan con indiferencia, porque estaríamos cayendo en ese dicho: “ojo por ojo, diente por diente”, olvidando el mensaje de Dios que es amar al prójimo. El amor es universal,
por eso procuremos mirar en nuestra alma, procuremos ver cómo
puedo hacer para que esta actitud positiva, amable, generosa, alegre,
pueda entablarse con aquellos que no me tratan bien, con aquellos que
no siguen lo que yo les he dicho. Y Pedro bautizó a los gentiles sabiendo que no eran creyentes, al ver que escuchaban con gran interés, con gran devoción, sus palabras. Les entregó lo más grande que tenía, la vida de Cristo en el bautizo. En la epístola de San Juan también se nos dice: “amémonos unos a otros porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Esta tarea del amor universal es una misión que no puedes emprender solo, porque es difícil amar a quien te hace daño. Y San Juan agrega: “este amor viene de Dios, por eso te digo: ten esa presencia, esa intimidad, acércate a Dios, acércate con esa oración tan bonita del Padrenuestro: di con fe “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”...”: Señor, acude a mi alma para que ese sentimiento de cólera, de incomprensión, de impaciencia, de fastidio, se convierta en paciencia, en cariño, en comprensión, en acercamiento, en verdadero amor. Por eso, no es simplemente
una estrategia el amar a los demás –al decir “voy a procurar
tratar bien a todos para no tener problemas”- porque siempre tendremos
sentimientos que debemos cambiar; y esa lucha no podrá realizarse
si no recordamos lo que nos dice San Juan: “el amor es de Dios, todo
el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. No dejes que tus sentimientos gobiernen tu vida, porque sino solamente amarás a los que te aman, y tratarás bien a los que te tratan bien, sin esforzarte por comprender a los demás. Eso se llama egoísmo. Ese amor tiene mucho que ver con guardar los mandamientos, con vivir los sacramentos, como nos dice San Juan: “les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes y mi alegría sea plena. La alegría es una señal del amor, cuando se ama se da con alegría, se perdona con alegría, se escucha con alegría”. Por eso, no le tengamos miedo al sacrificio, acudamos a Dios que es el maestro del Amor, acudamos a él que nos dice: “les mando que se amen unos a otros”. El amor conyugal es un amor de dos personas, no es de una sola, es un amor mutuo. El amor conyugal es un amor desinteresado, por eso nos dice la escritura que del mismo modo que Cristo se ha unido a su Iglesia, del mismo modo se une el hombre y la mujer para toda la vida. Ese amor, si se alimenta día a día, es gozoso, alegre, trabajoso, pero hay que ponerle oración, conversión, para que siempre sea un amor conyugal verdadero. Tantas veces este es el problema en los matrimonios, porque se confunde el sentimiento pasajero con el amor conyugal; luego pasa ese sentimiento y se rompe el matrimonio. El amor de quienes hemos entregado nuestra vida a Dios en el sacerdocio, es igual que el de los enamorados, sólo que está enfocado en Jesús, en Maria, en ese pueblo que se te ha encomendado, y que te exige estudio, oración, paciencia, comprensión. Este amor tiene la ventaja de ser dirigido a Dios que siempre es fiel, y que nunca nos fallará. El amor ha de se sincero y ha de ser leal, porque uno no vende su honra, su confianza, por unos cuántos soles o por quedar bien. Una persona debe ser sincera, leal en el amor, para que cuando corrija lo haga con la verdad, pero con caridad, no sólo para castigar sino para atraer a quien haya podido cometer el error. Estos son apuntes de lo que es el amor de Dios universal, sacrificado, gozoso, porque es una maravilla vivir por amor, con amor, para el amor, y es muy difícil vivir sin amor, por conveniencias o por situaciones temporales. Y es muy injusto amar sólo a quien te ama. Vamos a pedirle a María Auxiliadora para que nos enseñe a querer y a poner amor, como lo decía San Juan de la Cruz con una frase muy hermosa: pon amor donde no haya amor, y sacarás amor. Allí tenemos una tarea muy bonita para un Perú que se presenta convulsionado. Así sea. |
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