- Domingo, 26 de enero de 2003 -

"TE PEDIMOS SEÑOR,
PARA QUE LOS OBISPOS SEAMOS SIEMPRE
BUENOS PASTORES DE LA IGLESIA PERUANA"

Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy encontramos unas palabras en la Biblia que ojalá consigan un momento de reflexión en el corazón de todos: "Señor, enséñame tus caminos". Con esta frase nos dirigimos a él y le pedimos que nos enseñe sus caminos, y que lo haga él mismo, Dios nuestro Señor.

Con ese deseo recordamos la primera lectura, en la que el profeta Jonás relata algo que parece difícil de entender: cuando Dios se arrepintió del castigo que iba a enviar a una ciudad. Y parece un poco difícil de entender al pensar que Dios se arrepiente de algo, cuando él lo sabe todo, cuando él conoce todo lo que está en tu corazón y conoce tus problemas.

Y sin embargo, nos dice la primera lectura que Dios vio como la gente de ese pueblo de Nínive cambiaba su conducta, y entonces se arrepintió de su amenaza de destruir la ciudad. Por ello, pensemos cuántas veces en nuestras vidas decimos así: "para que me voy a esforzar si la voluntad de Dios es siempre la misma"; o decimos "de que sirve que yo rece o me confiese", o " de que sirve que yo perdone o procure esforzarme más, si Dios todo lo sabe".

Esa duda que tenemos en nuestras vidas constituye una tentación del demonio, porque parecería que Dios maneja el mundo desde fuera y que tus obras, tus palabras, tus pensamientos, a él no le interesan, y eso es falso, porque Dios desea la conversión de todos, Dios desea ayudarnos a todos, aunque no a cualquier precio.

Por ello, cuando a veces le decimos a Dios: "yo quiero esto", y es algo negativo, el Señor nos responde así: "ese camino está equivocado, yo no puedo aceptar que tú no cumplas los mandamientos, por eso te pido que entres por la puerta del camino de Dios para lograr la felicidad".

En este caso que nos relata la Biblia encontramos algo muy importante: cuando Dios vio las obras de los que habitaban ese pueblo, y vio cómo habían cambiado, cómo procuraban perdonarse, "Dios se compadeció y se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive y no la ejecutó", según señala la escritura.

La conclusión es muy concreta: tu oración siempre es escuchada, tus obras tienen una responsabilidad, si son buenas reciben premio, si son malas reciben castigo. Pero Dios no está lejano, Dios está en tu casa, en tu pensamiento, en tu familia, en tu trabajo, y a él no lo podemos engañar.

Por eso aprendamos esa frase: Señor enséñanos tus caminos, que el Señor te dirá así: "te estoy enseñando, necesito de tu oración, necesito que escuches mi voz y que cambies tu conducta. Yo también cambiaré y te ayudaré".

Porque a veces uno dice "no tengo tiempo para rezar", o dices "yo rezo y Dios no me escucha", y eso no es verdad. Vamos a hacer un propósito entonces: mi vida, mi oración, mis trabajos, mis pensamientos, los tengo que llevar a Dios, me tengo cada día que convertir un poco. Y fíjate que tenemos un buen ejemplo con lo que celebramos el día de ayer, la conversión de San Pablo.

San Pablo era un hombre que buscaba cartas de recomendación para ir a capturar a los cristianos, no es que los criticaba, no es que era un hombre que discutía con los cristianos, no, él buscaba cartas para tomar presos a los cristianos. Y lo hacía para matarlos luego, ese era San Pablo.

Hasta que un día en el que Pablo estaba caminando hacia Damasco, el Señor lo derribó y entonces él mismo nos relata que "me encontré con una gran luz, y tirado en la tierra escuché una voz que decía: "Pablo, ¿por qué me persigues?". Esa voz era de Dios que lo encaraba.

Y Pablo le dijo: "¿y quién eres tú Señor?". Vemos aquí que Pablo es un hombre no fácil de convertir, por lo que al final el Señor le dijo así: "yo soy Jesús Nazareno, al que tú persigues Pablo".

Hermanos, por ello hagamos caso a la voz de la conciencia, y ante ella no me digas que no oyes; seamos sinceros, pensemos cuántas veces el Señor nos enfrenta cara a cara y le mentimos, o abusamos del sexo de una manera contraria al matrimonio. Escucha tu conciencia y dime entonces por qué manipulas la información, por qué golpeas a los demás, por qué no pagas un salario justo, o por qué no educas a tus hijos....

Cuántas preguntas nos hace el Señor a cada uno de nosotros, y además él nos dice así: reza, háblame, pídeme la ayuda y luego escúchame. Una vez que me has contado tus problemas, escúchame, que yo te guiare igual que a Pablo, cuando estaba cegado por la luz en el suelo.

Piensa en cuántas veces hay que saber pedir consejo para decir "¿qué hago?"; o para decir "tengo esta preocupación", "tengo esta duda", "tengo esta dificultad"; pero fíjate cómo con esas palabras del Salmo ("enséñame tus caminos, Señor") Dios nos enseña que podemos convertirnos con las obras, con los pensamientos, que podemos cambiar.

Y te pongo el ejemplo de Pablo, un hombre que perseguía a los cristianos para matarlos. Sin embargo, se convirtió en el gran apóstol de Dios.

Reflexionemos: tu y yo, ¿no podríamos ser como Pablo?. ¿Por qué este miedo de decirle al Señor "¿qué quieres de mi", o "¿cómo hago?". Por ello piensa, pide consejo, y acude donde una persona que te pueda ayudar.

Acudamos a la Virgen María, ella es un ejemplo porque siempre escucha la voz de Dios y pregunta "¿cómo será esto Señor?"; para luego decir: "he aquí la esclava del Señor. Con humildad voy a seguir tus consejos, Señor".

Esta situación nos pasa todos los días, y lo podemos encontrar en la vida familiar, en el trabajo, con nuestros hijos, en la vida pública; en los medios de comunicación, en el deporte, en la cultura, en el descanso o en las vacaciones.

Podemos sentir cómo hay ese diálogo entre tu conciencia y Dios que te dice: "¿por qué me persigues, por qué te escondes?". Y como Pablo, debemos decir "¿qué quieres que haga Señor?".

Por eso le pido a la Virgen: ayúdanos a todos, más ahora que los obispos estamos reunidos en la Asamblea de la Conferencia Episcopal. Te pido a ti, Señor: ayúdanos a ser siempre buenos pastores de la Iglesia peruana.

Así sea.

 
 

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