
- Sábado, 26 de julio de 2003 -
| “EL SACERDOTE ES MAESTRO DEL AMOR HERMOSO” Queridos hermanos en Cristo: Hoy, por la imposición de las manos, ustedes (dirigiéndose a los nuevos sacerdotes) van a pasar a ser Cristo, a participar de la vida de Cristo, de la obra de Cristo y de la palabra de Cristo; debemos recordar por ello, que en el mundo actual, esto es un gran signo de contradicción. Por eso, quiero que recuerden de manera muy especial que van a recibir un tesoro infinito, participando de la vida misma de nuestro Redentor para ser sacerdotes con él y por él. Entonces, el ponerles las manos, ungirlos, el hacerles unas preguntas, constituyen signos de algo muy por encima de lo que podemos entender en nuestra naturaleza humana; porque la gracia de Dios los pone en condiciones de recibir del mejor modo posible esa bondad y esa sabiduría. Por eso, cuando llega este momento culminante de toda la preparación pastoral, deben decirle al Señor: “tú lo sabes todo. Tu sabes que te amo”. Y en este momento, la Iglesia Católica les transmite ese poder divino que fundamentalmente será ejercido en el altar, en donde el cielo viene a la tierra y en donde le prestan la voz, las palabras, las manos, a Cristo en la eucaristía. SIGAN DE CERCA EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Quiero pedirles, queridos diáconos que van a ser ordenados hoy en la eucaristía, que sigan de cerca el magisterio de la Iglesia, y de manera muy especial las últimas enseñanzas del Papa. Porque un sacerdote que celebra dignamente, cada día, la eucaristía, tiene asegurada su salvación y la de miles y miles de almas; por ello, no se dejen llevar por el activismo. Tendrán que cuidar muy especialmente la preparación, la celebración y la dignidad en su ministerio, orando al fundador de la Orden, San Agustín, para alcanzar esa gracia. Pídanle también que les tiemblen las manos al coger el cuerpo de Cristo, que se sientan totalmente indignos cuando se acercan al altar, y que siempre se despojen de sí mismos para ser él; y en este mundo tan lleno de necesidades, en que el sacerdote tiene tantas actividades, pídanle a Dios que paralice el tiempo, las preocupaciones, para pensar en su amor. Que la eucaristía sea el centro, la raíz, el programa, la razón de ser del ministerio sacerdotal. Y en el otro gran momento -aquel en el que el sacerdote ejerce el poder de perdonar- recuerden lo maravilloso del sacramento de la reconciliación, donde no son ustedes. Muchas veces escuchamos que la gente dice “¿por qué me tengo que confesar con un sacerdote?”, sin saber que si el sacerdote actúa, es a nombre de Cristo, porque él es quien perdona al final. Pero el sacerdote también debe ser consciente que su acción durante el sacramento de la confesión es no estorbar la acción de Cristo en las almas, por ello, debe dejar que esos pecados, ese arrepentimiento y ese dolor, llegue a través de la pureza del sacerdote, a Dios.
Estas dos grande columnas, la eucaristía y la reconciliación, son fundamento de la ordenación que van a recibir. Por eso, para poder ser fieles a ese llamado de Cristo, el Señor nos pide recordar las palabras que San Agustín le dedicó: “nos has hecho para ti, y nuestro corazón estará insatisfecho sólo hasta que descanse en ti”. Lo que quiero decirles es que el corazón indiviso, íntegro, total, debe ser siempre para Dios; por eso, cuando leemos estos pensamientos de San Agustín, nos vemos reflejados, porque se trata de un hombre santo que pasó por la experiencia de la vida. Hoy más que nunca, los futuros sacerdotes deben estar enamorados, anclados en el amor, comprometidos en el amor y apasionados por el amor, entregándose a esa esposa que es la Iglesia en Cristo, con el corazón total y exclusivo. Por eso serán siempre signo de contradicción, por eso necesitarán acudir a la confesión, por eso necesitarán de la orientación espiritual frecuente, por eso necesitarán del acompañamiento en la comunidad. Tantas veces vemos hoy -no solamente en los sacerdotes, sino en los matrimonios y en la juventud- las inquietudes que nos muestran que estamos perdiendo la capacidad de amar, y que estamos poniendo, muchas veces, el corazón en cosas que no responden. Recordemos que el sacerdote es maestro del amor hermoso, y que siempre debe estar enamorado de Dios, buscando en la Santa Misa su alimento y su amor; en la Iglesia su familia, su madre; y en sus hermanos ese cariño fraterno, sano. Y el sacerdote debe encontrar en las vocaciones, la proyección de su paternidad espiritual, porque es un hombre sereno, íntegro, que Cristo ha sacado de la actividad cotidiana para reservarlo a la fe. Esto también lo dice San Agustín: Señor, que todo mi corazón se inflame por amor por ti, haz que nada en mi me pertenezca y que no piense en mi mismo, para que quede totalmente consumido por ti. Que te ame, con toda mi ser, como incendiado por ti. SAN AGUSTÍN, APASIONADO DEL AMOR San Agustín es un apasionado del amor, del amor limpio, del amor generoso, y nos enseña que el amor es el motor de la fidelidad; porque este no es un estado de ánimo pasajero, sino el vínculo sobrenatural que implica incorporar a Cristo para toda la vida. No debe existir miedo, temor, ni desconfianza porque el Señor nunca traiciona. Por eso, recordemos cuando San Agustín caminaba errante y sintiéndose lejos de Dios, le decía: “tú me inspiraste y me llamaste, ahora quiero seguirte, porque tú has sido el primero en buscarme”. Qué agradecidos estamos hoy al Señor por esta llamada divina a la vida sacerdotal. Ustedes que van a ordenarse, ánimo, tengan confianza y perseveren en este propósito con fortaleza, recordando cumplir la promesa de perpetua castidad, no por algún interés de este mundo, sino por amor al dueño de los tiempos. ESTAR A SOLAS CON EL SEÑOR Al que me pregunte cómo hacer para perseverar sin la oración, le digo que eso no es posible, porque hay que rezar todos los días el oficio divino y hay que estar a solas con el Señor delante del Santísimo. El Papa nos lo recuerda en una maravillosa Carta apostólica, al inicio del nuevo milenio, que dice así: “que nuestras comunidades sean auténticas escuelas de oración, no solamente de petición de ayuda, sino de alabanza, de oración, de acción de gracias, de contemplación, de escucha y de viveza en el afecto hasta el arrebato del corazón. Cumplamos siempre una oración intensa que no nos aparte del compromiso de la historia”, señala. Por ello, les pido cuiden de manera especial la Santa Misa, la confesión, la oración, y la meditación de la palabra de Dios. Que siempre en la misa, la gente pueda decir así: “allí está Cristo, que tiene voz, y tiene rostro”. Cuiden la virtud, cuiden el Santísimo Sacramento y no se acostumbren sólo a celebrar la Santa Misa, sino vívanla. En sus comunidades, sean un ejemplo de obediencia, y obedezcan no porque lo que les gusta lo que les piden, sino porque ven en su superior, la palabra de Dios. PIDAMOS AL ESPÍRITU SANTO SU AYUDA Hoy, en el momento de iniciar el rito de la ordenación, pidámosle al Espíritu Santo así: “soy un vaso de barro, no me siento fuerte, pero estoy dispuesto a entrar en ese misterio de la vida en Cristo. Estoy dispuesto a entregarme para que yo desaparezca y él aparezca. Para que la humildad me permita hacer una labor apostólica maravillosa en nombre de él, sin el cual no haríamos nada”. Digámosle a nuestra madre, la Virgen María: Madre nuestra, auxiliadora, con esa ternura tuya, repíteme miles de veces esas palabras: “haced lo que él os diga”. Recuerden que siempre junto a María, encontrarán el camino para ir a Jesús. “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, dependen muchas cosas grandes”, decía el fundador del Opus Dei, San Josemaría. Yo les digo ahora que de la fidelidad de ustedes dependerán muchas cosas, por ello deben comportarse como Dios quiere; porque su ejemplo dará abundantísimos frutos en el futuro. Así sea. |
| [Reseña histórica de
la arquidiócesis] |