HOMILÍA
DE MONSEÑOR JOSE ANTONIO EGUREN,
OBISPO AUXILIAR DE LIMA
MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS
POR BEATIFICACIÓN DE MADRE TERESA DE CALCUTA
- Domingo, 26 de octubre de 2003 -
| “RECORDEMOS
EL LLAMADO DE LA MADRE TERESA
En primer lugar, quería hacerles llegar el saludo del Cardenal Juan Luis Cipriani, en cuya representación presido esta celebración eucarística, donde elevaremos nuestra Acción de Gracias al Señor, por la beatificación de la Madre Teresa. Como bien saben, el Arzobispo aún se encuentra en Roma atendiendo compromisos a los cuales ha sido llamado por su condición de Cardenal; sin embargo me encargo un saludo muy especial para las Misioneras de la Caridad, haciéndoles sentir su cercanía y sus oraciones Además, el Cardenal me expresó su inmensa alegría al haber estado junto al Santo Padre en la Plaza de San Pedro, durante la beatificación de la Madre Teresa. MENSAJE CENTRAL DE LA OBRA DE MADRE TERESA Cuántas cosas podríamos decir hoy de la Madre Teresa de Calcuta. Pero el mensaje central que esta santa nos deja al inicio del tercer milenio -siendo un signo tan elocuente del amor de Dios y de la compasión misericordiosa de Dios- es recordarnos el valor y la dignidad de cada hijo de Cristo, creado para amar y ser amado. Esta es la enseñanza fundamental que la Madre Teresa nos deja, y es la enseñanza fundamental que en el fondo revela la verdad de la persona humana. Porque si somos imagen y semejanza de Dios, y si Dios es amor, entonces hemos sido creados para amar y ser amados. Esta es la verdad esencial de nuestras vidas, por ello, sólo en el amor el ser humano se encuentra a sí mismo, descubre su altísima vocación y descubre su camino de despliegue y realización como persona. Así lo recuerda también el Concilio Vaticano II, cuando nos dice que “la persona humana sólo se realiza a través de la entrega sincera de sí misma a los demás”. Y luego de escuchar en el evangelio el pasaje donde se relata la curación de un ciego, podremos decir que si bien la ceguera física es algo terrible, mucho más terrible es la ceguera espiritual en la que muchos andan y viven cuando no comprenden que han sido creados para expresar e irradiar el amor de Dios a los demás. Esa es la ceguera más terrible, cuando la persona humana vive a espaldas de su altísima dignidad y vocación. Y la frase de Madre Teresa que refleja esa altísima dignidad de la persona humana es: “hay que amar hasta que duela”, porque solamente amando así, hasta que duela, el corazón se realiza, se despliega, y se colma de felicidad. También hay que recordar lo que decía la Madre Teresa sobre la verdadera pobreza: “más terrible que la pobreza del no tener qué comer o vestir, o del pasar sed, la más terrible de las pobrezas es la de no ser amado”. LA MÁS TERRIBLE DE LAS POBREZAS NO ESTÁ EN LO MATERIAL Y es que el ser humano ha sido creado para amar, pero también para ser amado por Dios y los demás. Por ello, la más terrible de las pobrezas es cuando pasamos por el camino de los demás con absoluta indiferencia, y el otro no significa nada para nosotros. Recordemos entonces las palabras de la Biblia, cuando Jesús se hace sensible al dolor y el sufrimiento del ciego; es cierto que él le grita, pero Jesús no se hace insensible a los gritos, se hace toda compasión, toda ternura, todo amor y toda curación para él. Pensemos cuántas veces nosotros pasamos por la vida de los demás, sin detenernos ni un momento para acompañarlos en su sufrimiento. En el fondo, la indiferencia es la moneda con la que pagamos a su necesidad, sin saber que esa indiferencia es, de todos los dolores, el más intenso de todos. Recuerdo con emoción cuando en 1989 vino la Madre Teresa al Perú, y tuve la suerte de estar cerca de ella por trabajar en el comité que organizó el Congreso de la Reconciliación, en una época de mucha violencia y pobreza en el país. Y ella me dijo un día que íbamos en el auto por Lima: “Padre, para mí las manos son muy importantes. Siempre que me acercó a los pobres, intento tocarlos. Ese contacto físico con mis manos quiere ser todo un signo de que el otro me importa, que el otro significa algo grande para mi, que no quiero pasar por el camino de su sufrimiento de manera indiferente. Y lo más importante, Padre, es que a través del contacto con mis manos, esa otra persona puede experimentar que Dios le ama, que Dios no se ha olvidado de él, y que a través mío lo está amando”. Eso es lo más hermoso en el camino de vida de la Madre Teresa. Ella fue un instrumento a través del cual, Dios se valió para llegar a los demás, y hacerles sentir que los amaba y quería. Pensemos un momento en su ejemplo, y preguntémonos si somos dóciles al amor de Dios, y a cuántos puede tocar el Señor a través de nosotros, a cuántos puede mirar el Señor a través de nosotros..... LA SED DE CRISTO Queridos hermanos, este es el gran desafío. Quizás el mayor de los milagros sería hacernos totalmente disponibles al amor de Dios, hacernos instrumentos en las manos del amor de Dios, como la Madre Teresa, para que sea él quien llegue a los demás a través de nosotros. Cómo olvidar esa frase de Cristo en la cruz, su quinta palabra, que realmente marcó la vida y espiritualidad de la Madre Teresa: “tengo sed”. Ese grito de Jesús, decía el Papa, “penetró en el corazón de Madre Teresa, y expresó dos cosas: la sed de Dios por el hombre, la sed de Dios por el amor del hombre, para que el hombre corresponda a su infinito amor, amándolo. Pero también ese grito expresaba la sed del hombre por Dios, porque habiendo sido creados por Dios y para Dios, el corazón humano no va alcanzar su reposo sino sólo en el Señor”. Es a calmar esta sed que esta religiosa humilde se dedicó como buena samaritana, porque se dedicó a calmar la sed de Dios por el hombre, y se dedicó a calmar la sed que el corazón humano también tiene de Dios. Fue el 10 de diciembre de 1946, durante un viaje para realizar su retiro anual, que la Madre Teresa recibió su inspiración, su llamada como ella la denominaba. Ese día, la sed de amor y de almas se apoderó de su corazón, y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida. Y Cristo le reveló su deseo de encontrar víctimas de amor, que irradiasen a otras almas su amor divino. “Ven y se mi luz”, le pidió Jesús, “porque no puedo ir solo”. Allí es donde Cristo le reveló a la Madre Teresa, su dolor por el abandono de los pobres, su pena por la ignorancia que tenían de él, y el deseo de ser amado por ellos. VER A CRISTO EN LOS DEMÁS Qué hermoso es para ustedes, queridos Misioneros de la Caridad, ese llamado de Cristo: “encuéntrenme víctimas de amor, que irradien a las almas mi amor”. Qué hermoso es para ustedes que también hoy día Cristo les diga, como le dijo a su fundadora: “vengan, sean mi luz, quiero necesitar de ustedes, quiero que los pobres me amen, quiero que no ignoren que yo los amo. Cuánto hicisteis a uno de estos hermanos pequeños, a mí me lo hicisteis”. El Papa Juan Pablo II nos recordó durante la ceremonia de beatificación: “ese pasaje fue crucial para entender el servicio de la Madre Teresa a los pobres. Era la base de su convicción, llena de fe, que al tocar los cuerpos rotos de los pobres, estaba tocando el cuerpo de Cristo. Porque era el propio Jesús, oculto debajo de la dolorosa apariencia de los pobres entre los pobres, a quienes se dirigía su servicio”, afirmó el Santo Padre. Aquí está la clave para comprender el inmenso amor y el despliegue generoso que tenía la Madre Teresa, un esfuerzo que no detenían ni las guerras ni los conflictos. Su secreto era que estaba enamorada de Cristo, y justamente porque amaba al Señor más que a su vida misma, podía amarlo en los demás, especialmente en los más pobres. Madre Teresa no era movida por una mera filantropía o una mera compasión humana, porque esa mirada llena de fe le permitía ver a Cristo en los demás. Y por tanto, amarlo en los demás. “No negarle nada que él pudiese pedir”, fue ese voto especial que la Madre Teresa realizó cuatro años antes de sentir el llamado de Cristo; por ello, le pido a ustedes misioneros, que no nieguen nada de lo que Jesús pueda pedirles, porque como la Madre Teresa escribió, “el amor perfecto consiste en la entrega incondicional de sí mismo, en el don de Dios”. Quisiera destacar la importancia de la oración y la eucaristía, las fuentes de donde la Madre Teresa sacaba fuerzas para una donación total al prójimo. Era en el encuentro con el Señor donde ella a diario se llenaba del amor divino, para después irradiarlo, porque si el corazón no se llena de amor en el encuentro con el Señor, no podrá luego dar amor a los demás. LA VIDA DE MADRE TERESA REFLEJA LA ALEGRIA DE AMAR Allí está la clave de la Madre Teresa: una vida centrada en Cristo, sobre todo en la oración y la eucaristía, era la fuente para llenarse del amor de él, y poder derramarlo a los demás. También tenía que ver el amor a la Virgen, por el cual Madre Teresa, a través del corazón de María, se unía al corazón de Jesús, llenándose de ese amor y derramándolo a los demás. Qué hermosa lección nos da la Madre Teresa. La piedad filial a la Virgen siempre es un camino pleno para encontrar a Cristo, y llenarse de su amor. Por eso, ese azul en la orla del hábito de los Misioneros de la Caridad, nos recuerda junto al blanco de la pureza y santidad, el camino más seguro para llegar a Cristo, a través del corazón de María. Toda la vida y trabajo de Madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad y amor, del valor incomparable de la amistad con Dios. Pero sobre todo, su vida y trabajo fue rescatar la grandeza y la dignidad de cada persona humana, desde la concepción, algo que es bueno recordarlo hoy. Repito las palabras que pronunció esta beata, cuando recibió en 1979 el premio Nóbel de la Paz: “si oís que alguna mujer no quiera tener a su hijo, y desea abortar, intentad convencerla para que me traiga ese niño; yo lo amaré viendo en él , un signo del amor de Dios”. Hagamos nuestro este gran legado de la Madre Teresa, y defendamos la dignidad de la persona humana desde su concepción, dándole un no rotundo al aborto y a la eutanasia. La vida humana es sagrada, porque viene de Dios y cada ser humano es imagen y semejanza de la Santísima Trinidad; nadie tiene derecho de violar esa dignidad, sino más bien tiene la obligación de amar esa dignidad y protegerla. Así sea. |
| [Reseña histórica de
la arquidiócesis] |