- Sábado, 30 de agosto de 2003 -

“QUE SANTA ROSA NOS LLEVE, EN ESTE CAMINAR
DE NUESTRO PERÚ, POR CAMINOS DE PAZ Y DE CONCORDIA”


Queridos hermanos en Cristo:

Celebramos hoy la solemnidad litúrgica de Santa Rosa de Lima, la primera santa de América, que durante los 31 años de su vida supo cultivar las virtudes cristianas en grado heroico, cuidando cada día, de manera especial, el honor de Dios y la caridad con sus semejantes.

Todos los años, los fieles devotos acuden de manera masiva al pozo de su casa, para pedirle que interceda ante el Señor, a favor de la solución de sus necesidades materiales o espirituales. Y ella como buena patrona, sin duda presentará a Dios esas súplicas confiadas, y logrará milagros, que no salen en los periódicos, pero encienden los corazones en la fe cristiana.

La religiosidad popular es un regalo de Dios a nuestro pueblo. Santa Rosa de Lima, la primera santa de América, es un orgullo sano de nuestro pueblo, que expresa su religiosidad popular de mil maneras diferentes; en el silencio activo de la oración, en la contemplación, y otras veces de manera multitudinaria, como en la devoción al Señor de los Milagros.

Durante la década que estuve en Ayacucho, pude admirar a los artesanos de Huamanga, que a lo largo de varios siglos han labrado en piedra toda una maravillosa iconografía de Santa Rosa, en las canteras de Pomabamba, de Pampas y de Recuay. Mientras que en la Iglesia de Santo Domingo, aquí en Lima, tenemos la escultura en mármol de una Santa Rosa yacente, recordando quizás sus exequias, que conmovieron a la ciudad en 1617; en esta escultura contemplamos el sueño apacible de su muerte, presentada al modo de los santos romanos en las catacumbas, durante su descanso eterno.

El libro “Santa Rosa de Lima y su tiempo”, bellamente editado por el Banco de Crédito, describe el esplendor y la religiosidad de su tiempo, con comentarios de distintos autores, con reproducción de pinturas y esculturas de artistas extranjeros y nacionales; es que nuestra querida santa ha ido más allá de las fronteras, dando un testimonio del amor y de la fe del pueblo peruano.

El Estado honra también a la santa limeña, y la ha representado en unas monedas, con el color rosa de fondo, para recordar el significado que tiene el misticismo cristiano de Rosa de Lima en la identidad cultural del país. Y en estos días, la ópera criolla “Rosa de Lima”, que se presenta en el Teatro Municipal, exalta de una manera armónica esa vida ascética y mística de la santa, que sufrió contradicciones y dificultades en su paso por este mundo.

SANTA ROSA AMÓ A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS

Precisamente el catecismo de la Iglesia Católica recoge el resumen de lo que Santa Rosa hizo en su empeño por ser fiel a la vocación cristiana, en medio de los signos de contradicción que encontró en su vida. Y este libro universal de la Iglesia, que refleja el tesoro espiritual que es la fe, ha querido recoger un pensamiento de Santa Rosa de Lima: “fuera de la cruz, no hay otra escala por donde subir al cielo”.

Y el mismo documento nos cuenta, cómo un día en que su madre la reprendió por atender en su casa a pobres y los enfermos, Santa Rosa le contestó así: “cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús”. Por ello, le pedimos a Santa Rosa en su fiesta: enséñanos a vivir la solidaridad, con caridad, con cariño, sin hacer mal a nadie, y luchando contra el propio egoísmo.

La santa bautizada como Isabel, pero según los historiadores confirmada como Rosa, por el color y su bello rostro, hizo suyo el mandato de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí misma. Y el Santo Padre -en el cuarto centenario de su nacimiento- escribió: “en Santa Rosa se encuentra, en perfecto equilibrio, la fe genuina vivida, con ferviente amor y entrega a Cristo, y una ardiente y efectiva generosidad a favor de los más pobres y necesitados”.

La Policía Nacional ha hecho suya nuestra devoción a la santa y la ha nombrado Patrona institucional, por ello, saludamos de manera especial a todos los policías, quienes han elegido una labor de servicio a sus semejantes como trabajo ordinario, pese a que la recompensa que reciben es muy modesta.

Recordemos que las mujeres policías, dedicadas especialmente a labores de protección a la familia y de orientación del tránsito vehicular, cumplen jornadas de trabajo de pie, en las cuales sufren incluso atropellos mortales. Por lo tanto, pedimos a las autoridades una mayor protección para sus vidas, y sanciones ejemplares para los culpables de sus accidentes.

Es preciso reconocer el aporte de la Policía Nacional a la sociedad, y es el momento de invocar a Dios y a la intercesión de Santa Rosa de Lima, para que la gracia divina se derrame abundantemente en sus espíritus.

RECONOCIMIENTO A LAS FUERZAS ARMADAS Y LAS FUERZAS POLICIALES

Los miembros de la Policía Nacional, como los miembros de las Fuerzas Armadas, son hermanos nuestros, hijos de la misma patria de la cual formamos parte, que están integrados plenamente a la sociedad en el rol que les corresponde, de instituciones tutelares de la nación. Ellos entregan sus vidas en defensa del orden público, de la libertad, de los bienes de sus conciudadanos, y merecen nuestro pleno respeto, teniendo en cuenta que cada día están dispuestos a ofrendar sus vidas en defensa del país.

Por ello, mi reconocimiento especial -en las circunstancias particulares que vivimos- a la Policía Nacional de Perú y a los miembros de las Fuerzas Armadas, como peruanos y como hermanos que conforman instituciones que merecen todo el apoyo, y que son fundamentales para que nuestra patria vaya por senderos de libertad, de justicia, de verdad y de paz.

TODO LO QUE INTENTE DIVIDIR A LA IGLESIA NO VIENE DE DIOS

Acabo de regresar de un Congreso en Italia, que congregó a más de medio millón de personas, y tuve el honor de compartir una exposición sobre la religiosidad del pueblo peruano alrededor del Señor de los Milagros, junto con el Dr. Luis Solari de la Fuente.

Esta religiosidad, este orgullo de nuestro pueblo, don de Dios, ha desbordado todas las fronteras; y una muestra de ello es esta exposición en Italia, visitada por miles y miles de personas, que conmovidos, sorprendidos, vieron como después de 352 años, nuestro pueblo (y también los compatriotas que viven en Italia, en Milán, en Génova, en Roma) continúa la tradición de fe, con las mismas vestimentas, con las mismas costumbres, con el mismo fervor religioso.

Pero a mi regreso, en estas pocas horas que llevo en el país, he encontrado al país en un lamentable ambiente de polémica y de división. Por ello, mi sentimiento sincero es invocar a que tengamos más amor a nuestra propia patria, y que encontremos en nuestro interior, el modo de saber entender las cosas de la tierra a la luz de las cosas del cielo; saber amar a nuestra tierra, con sus bondades y errores, con sus diferencias, y viviendo esa pasión por la unidad en el diálogo.

El Papa Juan Pablo II, en su visita que hizo al Perú, dijo: “es un admirable privilegio pertenecer a una Iglesia en la que ha florecido la santidad, pero es también una gran responsabilidad. Y los jóvenes, tan sensibles y exigentes, nos obligan a levantar la vista, a ponernos continuamente en camino, y a no desfallecer en el largo esfuerzo de mostrar y seguir coherentemente a Cristo. Ellos son una instancia crítica, que nos señalan que todavía podemos hacer algo más, y nos hacen descubrir que la santidad -la cual comienza con una renovación interior- tiene indudables dimensiones sociales. Nuestra historia eclesiástica es rica, y tiene preclaros ejemplos de vida cristiana”, nos recordó el Santo Padre.

En el día de hoy contemplamos a Santa Rosa de Lima, en la seguridad que podemos iluminar el presente con el evangelio, y que podemos guiar nuestro país hacia la transformación, para un futuro mejor. Porque la Iglesia Católica, cuerpo de Cristo, tiene la misión de difundir la fe, de enseñar las verdades de nuestro credo, los principios de la moral, por lo que a todos nos corresponde respetar a la Iglesia, respetar a sus Pastores, y respetar a sus semejantes.

La religión católica es una fe de amor y de obras, por ello, todo lo que intente dividir en la Iglesia, no viene de Dios, venga de donde venga; porque la Iglesia es sólo una, santa, católica y apostólica. Todos los obispos formamos un colegio apostólico, unidos a nuestra cabeza que es el Papa, y este misterio de comunión querido por Cristo no es hechura humana, no es producto de coincidencias o no coincidencias, es un bien superior que enriquece a un pueblo y a una sociedad.

Este es un día bonito para recordarlo, más aún cuando vemos al Santo Padre en esa entrega tan generosa, hasta sus últimas fuerzas físicas. Recordemos que el Dios que adoramos, y cuyo nombre honramos todos los días en estas oraciones, es el Señor de la Verdad y de la Justicia, ya que en el desborde de ese amor divino, Cristo nos dejó el sacramento de la penitencia y de la reconciliación.

LA DIMENSIÓN MÁS PROFUNDA DE LA RECONCILIACIÓN VIENE DE DIOS

Hermanos, la dimensión ética y moral de la reconciliación no está en manos del Estado, la dimensión de la ética y la reconciliación es una dimensión religiosa que es responsabilidad de cada uno de nosotros. El Estado puede darle legalidad, pero esa dimensión más profunda, que es la que logra el milagro de unir lo que está desunido y cerrar heridas abiertas, es sólo iniciativa divina. Y tiene su señal en la cruz, y tiene en Santa Rosa aquella mujer humilde y sencilla que nos dice: “es posible lograrlo”.

Por ello, que importante es entender que la dimensión de la reconciliación -por la que confesamos nuestras faltas y por la que recibimos el aliento de la palabra divina- es la fuente de donde surgen las otras dimensiones de la reconciliación.

Si en mi propio corazón no me reconcilio conmigo mismo en una verdad, en un respetar las diferencias y las minorías, en un vivir el dolor ajeno con enorme respeto, en un ver la vida humana como un don que no se puede tocar, pues no podrá surgir la reconciliación en la sociedad, en la política, en la economía y en otras dimensiones del obrar humano sumamente importantes.

La expresión de la verdad por los hombres y la aplicación de la justicia terrena, es apenas un pálido reflejo del ideal de verdad y de justicia, un ideal que tantas veces empañamos los hombres con nuestros apasionamientos.

La legalidad es indispensable para la vida ordenada de la sociedad democrática, y los jueces, los fiscales también merecen todo el respeto ciudadano, pero despojar a una interpretación legal de todo lo que tiene de vehemencia, de todo lo que puede tener de confusión, es una tarea difícil. Y cuando no hay rectitud de intención en esa tarea, apenas aparece un asomo de legalidad.

Se trata de disimular muchas veces la imperfección de los fiscales y los jueces, debido a que la corrupción y la codicia de poder, de dinero, ciegan completamente a los hombres, como hemos visto en el pasado reciente.

LA IGLESIA DE AYACUCHO ESTUVO A LA ALTURA DE LAS CIRCUNSTANCIAS DURANTE LA DOLOROSA EPOCA DE VIOLENCIA

En las últimas horas se han recordado mis diez largos años en Ayacucho, diez años de violencia, de muertes, de llantos, de pobreza; diez años largos en que el Perú cortó su relación con ese rincón maravilloso de Ayacucho.

Se nos vio muchos años como los causantes de ese terrorismo diabólico que invadió el país, y no fue así, porque Ayacucho fue el pueblo heroico, maltratado, victimado, y aplastado por la violencia terrorista. Allí estuve, y con honor y con honra, puedo decir que el pueblo ayacuchano -no determinados grupos que son fáciles de movilizar- conoció mi labor en los rincones de Huancapi, de Vilcanchos, de Vinchos, de Soccos, de Cangallo, de San Miguel, de Querobamba, de Huanta... tantos y tantos lugares donde encontramos ancianos y niños, a los que ya la muerte había arrasado.......

Ayacucho no es solamente un lugar para hacer actos simbólicos, Ayacucho es un pueblo que espera de pie esa reconciliación de un país que no tuvo -en el momento adecuado- la respuesta de solidaridad que exigíamos. Fueron miles las veces en que tuvimos que calmar el llanto de viudas y el ver la ruptura de familias, que por el sólo hecho de tener un padre en un cargo público, por el sólo hecho de haber estado al servicio de las Fuerzas Armadas o Policiales, o por el sólo hecho de constituir las rondas campesinas, eran blanco seguro de Sendero Luminoso.

No voy a entrar en ningún tipo de polémicas, pero quiero que sepan que la Iglesia de Ayacucho -no como lo dice el Informe de la Comisión de la Verdad- sí estuvo a la altura de las circunstancias. Porque en esos momentos, estar en Ayacucho y ser el Obispo representaba tener una amenaza de muerte diaria, por escrito, de palabra y en noches oscuras en las que escuchábamos todo tipo de insultos. Pero los hombres callamos y escuchamos de pie, con la hombría que el país nos pide, para llevar la palabra Dios hasta los últimos rincones.

Hoy, cuando no he tenido ocasión de poder conversar con los dignos representantes de la Comisión de la Verdad, y habiendo leído la parte del Informe que corresponde al rol de la Iglesia en Ayacucho, rechazo totalmente el pre juicio que han hecho, sin escuchar a quien tuvo la responsabilidad de dirigir la Iglesia en esa arquidiócesis, junto a mi hermano en el episcopado, Monseñor Federico Ritcher; a quien encontré –al hacerme cargo del arzobispado- cansado y muy dolido, porque llevaba años compartiendo ese silencio con su pueblo, a través de su trabajo misionero. Todo esto, hermanos, no ha sido reconocido, y se ha preferido una interpretación pequeñita.

No acepto esta interpretación, por no ser verdad, y más bien rindo mi homenaje, agradecido, a aquellos cientos de miles de ronderos que sólo defendieron a su esposa, a su padre, a su madre, a sus hijos, a su ganados, a su tierra. Estos ronderos todavía esperan el agradecimiento de nuestro país, porque ellos fueron protagonistas fundamentales de un pueblo que se levantó contra extraños al pueblo peruano, aunque hubiesen nacido aquí; subversivos que, constituyéndose en una fuerza terrorista, se enfrentaron al orden del Estado.

PERMITAMOS LA MADUREZ DEL CUERPO SOCIAL DEL PAÍS

Qué lejos de Cristo -el Camino, la Verdad y la Vida- queda ese esfuerzo terreno de alcanzar la verdad y la justicia; qué vano el intento de suplantar a Dios, acogiendo la tentación de pensar que podremos ser como dioses; qué difícil la vida social, cuando se olvida el lugar que cada uno ocupa en la sociedad organizada. Este es un desafío que está costando mucho, y que requiere un esfuerzo sumamente duro y valioso, difícil de comprender muchas veces por la población.

Debemos lograr que cada uno ocupe el lugar que le corresponde en nuestra sociedad, y no seguir con este constante irrumpir que hacen unos en el campo de otros, evitando que la madurez del cuerpo social recupere la vida que todos estamos deseando para nuestro país.

Solamente los valores humanos de la humildad, de la magnanimidad, de la solidaridad, de la piedad, unidos a la preparación profesional, y unidos al deseo de servicio, a la honradez probada y a la aplicación al estudio, pueden aproximar al juez, al fiscal, al trabajador, al logro de una justicia, al logro de un empleo.

A ese esfuerzo del Poder Judicial de reformar su institución, para hacerla más eficaz, para hacerla más rápida, se le añade ahora el reto de un análisis del doloroso fenómeno del terrorismo; pero que difícil realizarlo cuando se quiere suplantar la función que le corresponde al Poder Judicial, al Poder Ejecutivo, al Poder Legislativo, o cuando se pretende suplantar las diferentes fuerzas que conforman la sociedad civil.

Vayamos por el camino del progreso, recordando las palabras de San Agustín: “la principal tarea de una autoridad, es salvaguardar la paz”. Y la paz la define San Agustín como la tranquilidad en el orden.


BUSQUEMOS LA TRANQUILIDAD EN EL ORDEN
Todos deseamos la tranquilidad, pero es necesario que se de en el orden. En el evangelio -tantas veces la palabra que ilumina, tantas veces esa presencia viva de Dios, en nuestro pensamiento- podemos leer aquellas palabras de Jesús, haciendo referencia al Reino de Dios, cuando lo escuchaba una multitud de discípulos: “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra; bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados; bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios; bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el reino de los cielos; bienaventurados seréis, cuando os injurien o persigan, y digan con mentira todo clase de mal contra vosotros, por mi causa. Alégrense, y regocíjense, porque vuestra recompensa será grande en los cielos”, nos dice el evangelio.

A la luz de estas palabras del Señor, vivamos la invocación de San Pablo, y comprometámonos a vencer el mal con el bien. Invoco también a la Reina de la Paz, nuestra madre Santa María, para que hoy, en la fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona de la Policía Nacional del Perú, bendiga a todos los policías. Desde aquellos jovencitos que encontraba resguardando un puente en el río Pampas, en Ayacucho, sin saber cuándo le llegaría la hora, hasta aquel otro que trabaja hoy en la comisaría de un rincón inhabitable.

Recordemos que muchos hermanos nuestros han hecho de su camino profesional, el cuidar la paz en nuestro territorio. A todos ellos, de manera especial, y a todos los que tienen la responsabilidad de guiar la familia de la Policía, les doy mi bendición para que sepan hacer de su tarea, un servicio a Dios, a la Patria y a la Ley, como dice su lema.

Que Santa Rosa nos dirija en este caminar de nuestro país, por un camino de paz y de concordia. Estemos seguros que ese orden, al mantener cada uno el lugar que le corresponde, al alcanzar esa madurez que de manera especial le pedimos a todos los peruanos -y en especial a los medios de comunicación- nos permita llevar el bienestar a nuestro pueblo.

Nuestro pueblo nos pide mejores condiciones de vida, para lo cual nos hace falta esa paz, para lo cual nos hace falta esa reconciliación, que de alguna manera se debe reflejar en los medios de comunicación de una manera mas clara.

A todos ellos, al encontrarme nuevamente en el Perú, les doy mi bendición. Y mi felicitación va para todos ustedes, miembros de la Policía Nacional, para que sigan los caminos de paz, de trabajo y de concordia.

Así sea.

 
 

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