Se acercan ya las Fiestas Patrias, días en los que, por un lado, estamos de vacaciones (escolares y laborales) y, por otro lado, recordamos aquellos momentos históricos de nuestro país (la independencia).
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Vemos cómo san Pablo, en la segunda lectura de la misa de hoy, nos dice de una manera muy clara que Dios ha querido dar a conocer la gloria y la riqueza de este misterio que es Cristo, y que es la esperanza para vosotros (cfr. Col 1, 24-27). Y nos dice cuál es nuestra tarea, qué debemos hacer por la Iglesia. Todos llegamos a la madurez en nuestra vida en Cristo (cfr. Col 1, 28), que quiere decir la madurez humana, que se logra con los estudios, con el trato entre amigos. La madurez deportiva, que se logra en el entrenamiento, en las competencias. La madurez laboral, que se logra con la experiencia que uno tiene, con el éxito o el fracaso. Uno va madurando, va aprendiendo, como la fruta que pasa de estar verde a estar madura.
Jesús nos dice que tenemos que madurar, aprender, experimentar en nosotros la vida de Cristo. Esta es la tarea por la que cada uno de nosotros, a través de su propia vida, va adquiriendo experiencia. He oído a Jesús, he visto a Jesús, he sentido su consejo. He sido corregido por Jesús. Todo esto, hermanos, es lo que hace el Evangelio. La Buena Nueva de Cristo se hace realidad en la vida. Porque si yo no maduro en el conocimiento de la vida de Cristo, entonces Jesús permanece como ausente en la sociedad y en la familia. En cambio, si yo maduro en Cristo, cuando me toca predicar o cuando les toque a ustedes ser padres de familia, trabajadores y empleados, cuando les toque a ustedes estar en el hospital, porque hay alguien enfermo o cuando les toque vivir momentos duros, difíciles, porque los maltratan, entonces esa madurez, la experiencia, nos dice: he oído a Cristo en la enfermedad, en el trabajo, en el deporte, en la oración.
Y como he oído a Cristo, como lo he visto, como lo he experimentado en mi vida, he madurado y, entonces, cuando me piden una opinión, cuando hablo con mis amigos, cuando estoy con mi familia, cuando tengo un problema, el que habla es un discípulo de Cristo. Si esto no ocurre, quiere decir que el Evangelio se queda encerrado entre cuatro paredes, pero no ilumina la vida de la sociedad.
Yo quiero decirles que actualmente la sociedad peruana, y lo digo con verdadera preocupación, no refleja la experiencia de personas que viven con Cristo. Cristo está ausente en la vida pública. En el país no hay valores cristianos en la vida pública. Hay palabras fáciles que no dicen nada. Entonces, cuando uno ve que tanta gente que ama a su patria, acercándose las Fiestas Patrias, piensa en el futuro de sus hijos en el Perú, ve la ilusión de educar a sus hijos en el Perú, ve el esfuerzo de su trabajo por el Perú y, sin embargo, ve una ausencia de aprecio por la verdad.
No hay aprecio por la verdad, hay que decirlo y repetirlo una y otra vez. No hay aprecio por la justicia. Es un juego en el que el 99% de peruanos estamos ausentes. No jugamos en las decisiones del futuro de nuestra patria. Es muy grave, porque lo normal es que el valor de la verdad sea una columna de cualquier proyecto de país; la justicia sea otra columna de cualquier proyecto de país. Cuando vemos que no hay un futuro claro, la gente se preocupa con razón, porque no ve la verdad ni la justicia. Ve palabras, diarios, noticias, pero no pasa nada. Seguimos pobres, seguimos ilusionados con pensar que mañana será mejor. ¿Por qué? ¡Ah, no se sabe! ¡La Copa América se podía haber quedado en el Perú y ya no se queda! Nos engañamos un día tras otro. No digo yo que no sea bueno tener esperanza, pero, ¡por amor de Dios!, esto –que nos engañemos- no nos dice san Pablo. ¡Lleguemos a la madurez en nuestra vida en Cristo! Yo no sé qué pasa en otro país, no sé qué pasa en otro lugar. Nos tenemos preocupar cada uno de su propia vida, de su propia familia. Madura, experimenta, encuéntrate, cuéntales a los tuyos de lo que has vivido, de tu amistad con Cristo, no repitas simplemente lo mismo.
Tenemos una procesión maravillosa –en ese momento pasaba delante de la Catedral -, que hace un ruido ‘infernal’, pero que es bueno, porque es el de la procesión de la Virgen del Carmen. Son los pueblos de la Sierra que, con gran ilusión, acompañan a la Mamacha del Carmen, así se llama, pero esta procesión también tiene que ir por dentro. La procesión no es solamente el mayordomo, la banda de música y, luego, la celebración, sino una conversión. Si no, ¿cómo actúa la Virgen María en mi vida, ¿solamente con la banda, el ruido y la procesión? ¿O también hay una conversión? Sí cambio mi vida, respeto más a mi familia, procuro respetar más a los demás, educo a mis hijos, rezo el rosario, tengo el Escapulario del Carmen. ¿Hay esas consecuencias en mi vida o estamos quedándonos con una cosa muy bonita, con mucho ruido, pero sin contenido?
Nuestro país da pena, la verdad es esa. Y ahí es dónde tenemos que mirar a esta tarea que nos dice san Pablo. Todos y cada uno. Por supuesto, con más obligación quien tiene más responsabilidad. Todos tenemos que madurar en esos valores de Cristo. Y tantos otros hombres, no solamente los que profesamos la religión católica.
La verdad es un valor sin el cual no hay futuro. No se puede construir una sociedad en la mentira, tarde o temprano se derrumba. La justicia es otro valor: yo no puedo atropellar los derechos de los demás durante mucho tiempo, tarde o temprano se cae, cuando hay falta de respeto a la gente más humilde y no se paga lo que se le debe y, mientras tanto, hay despilfarro en otros gastos. La solidaridad es un valor: si no hay solidaridad, tarde o temprano hay impaciencia en la gente que no ve su futuro y piensa: no tengo trabajo, ¿para qué esforzarme?
La religión católica no es una especie de líquido para adormecer las conciencias y decirte que no te preocupes, que Dios es muy bueno. La religión católica promueve valores. Cuando no se ven los valores, reclama en nombre de esa fe, y de ese mensaje de Cristo. Reclama: señores, en la vida pública tiene que verse el valor de la verdad, de la justicia, de la honestidad. Tenemos que esforzarnos; si no, hablaríamos de una sociedad católica de puro nombre.
¿Dónde están los valores que Jesucristo vino a sembrar en la tierra, en mi vida, en mi familia, en la escuela, en el trabajo, en la política, en la economía, en el periodismo, en la cultura? ¿Dónde están? Podemos seguir eternamente escuchando que uno dice: no, fue lunes; el otro dice: no, fue viernes. O, no: fue Pedro; no: fue Antonio. Y ese circo, ¿hasta cuándo? No somos ángeles, nadie es perfecto. El que esté limpio de pecado, que tire la primera piedra. Pero hay límites. Y esa presencia de Cristo es una llamada de atención, para decir que la vida cristiana es alegre, optimista, llena de esperanza. Pero cuando se apagan las luces de los valores cristianos, la Iglesia tiene que ir rápidamente a tratar de encenderlos. Se ha apagado la luz de la verdad. La Iglesia tiene obligación de, rápidamente, poner el motor a funcionar para que se vuelva a encender la verdad. Porque si no hay verdad no hay futuro, no hay sociedad, no hay paz.
Piénsenlo bien. Es un mensaje cerca de estas Fiestas Patrias, en un país donde la gran mayoría está en silencio, esperando con fe que esto cambie. Cambia tú, cambio yo, pero no cambian las cosas. Sigue habiendo una fantasía de unos cuantos y la vida diaria de la inmensa mayoría no interesa. Hermanos, también nos dice la Doctrina Social de la Iglesia que quienes tienen la obligación de gobernar y dirigir nuestros pueblos son representantes nuestros, servidores nuestros. Y su autoridad sólo se justifica con su conducta. No podemos decir: bueno, yo no tengo nada que ver con la política, es para unos cuantos. Porque somos 27 millones de peruanos los que tenemos derecho a pedir que el país viva en paz, que haya más empleo, que sean más honestas las autoridades, que no haya tanta corrupción que confunde. Ya no sabes dónde está la verdad, va entrando en el país una especie de conformismo, pereza, desánimo que, tarde o temprano, puede explotar. Vale la pena avisarlo con tiempo. Despertemos nuestras conciencias, maduremos en la vida de Cristo.
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El Evangelio de la misa de hoy nos habla de dos actitudes. Marta ha trabajado todo el día y María ha estado junto a Cristo. Marta se queja: “¿No te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Y Jesús le dice: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán” (cfr. Lc 10, 38-42). Es que, estando con Cristo hablamos la verdad; estando con Cristo, vemos la esperanza; estando con Cristo, exigimos nuestros derechos y cumplimos nuestros deberes; estando con Cristo, aunque tengamos dificultades, tendremos una paz interior muy grande, que nadie nos va a quitar.
Por eso, con el derecho que le da a toda persona el ser ciudadano de su país (y también el Pastor de Lima y Cardenal de la Iglesia es ciudadano de su país), con esa autoridad de ser ciudadano de su país y de ser Pastor de la Iglesia, les digo que veo con honda preocupación el futuro de nuestra patria. Exigimos a todos un cambio. No nos toca dictar ningún tipo de sugerencias, pero sí nos toca decir, ¿hasta cuándo un país sin valores puede vivir permanentemente engañado y en paz? ¡No es fácil! Que la Virgen del Carmen nos lleve por ese camino que todos queremos. Pero no podemos esperar años de años. No es un problema político, es un problema moral.
Cuando leas los periódicos, no te dejes llevar fácilmente por: yo soy de un partido, yo soy de otro partido... No podemos ver indiferentes; cómo se ha perdido ese mínimo respeto a la verdad y a la justicia. Un día nos dicen que dos más dos son cuatro y otro día que dos más dos son cinco... y el Perú sigue... ¡No puede ser! Tenemos, lentamente pero con firmeza, tratar de llegar a la verdad de las cosas; no le tengamos miedo a la verdad. “¡La verdad os hará libres!” (Io 8, 32), son palabras del Evangelio.
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Por eso, de la mano de la Virgen, acerquémonos a estas Fiestas Patrias, queriendo vivir la alegría de nuestro país, que es de todos. Y ese derecho y ese deber nos obliga a reclamar que en la vida pública se reflejen más los valores de la verdad, de la justicia y de la solidaridad. Si estas columnas no se refuerzan, el edificio se derrumba. Eso ha ocurrido en otras partes del mundo. Por eso, veamos cómo está en nuestra alma esa confianza en madurar. ¿Me he encontrado con Cristo, he oído a Cristo, he visto a Cristo? Limpiemos nuestra conciencia. Todos tenemos limitaciones, pecados. ¡No es fácil sacar adelante la responsabilidad de cada uno! Es muy difícil, pero no seamos cínicos. Intentemos luchar. No bastan las palabras. ¡Hechos! Esto le pedimos hoy a la Virgen, para que tengamos un buen 28 de Julio. Así sea.