- Miércoles, 28 de julio de 2004 -

Homilía del Eminentísimo Señor Cardenal
Juan Luis Cipriani en la Misa y Te Deum
por Fiestas Patrias del 28 de julio de 2004

En esta hora, en la cual la inteligencia y los sentimientos se dirigen a pensar en el Perú y a enriquecer el afecto a lo nuestro, como en otros siglos, la Iglesia Católica, desde esta Catedral de Lima que este año está celebrando sus 400 años de vida, tiene la obligación de anunciar las enseñanzas del Señor y de dar testimonios de ellas. Es la palabra del Hijo de Dios: “vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15).

1. Existe un orden social cristiano hecho de “principios de reflexión”, “criterios de juicio” y “directrices de acción”, (Carta Encíclica Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 8) que se inspiran en el Evangelio. Estas enseñanzas; de la Iglesia no penetran en la naturaleza misma de los temas no aportan soluciones concretas de tipo económico, político o técnico que dejan a la libertad y responsabilidad personales de los fieles laicos.

Sin embargo, en este cuerpo de la doctrina social, la Iglesia siempre ha enseñado y enseña la primacía del espíritu, la vigencia del orden natural de la vida, el valor objetivo de la norma moral, la calidad de la persona humana –valor supremo de la sociedad, anterior y superior al Estado-. Por ello el respeto a la nueva vida presente desde el primer instante constituye un valor absoluto.

Creado a imagen y semejanza de Dios, el acceso de toda persona humana a una vida digna precede a cualquier otra motivación que, por urgente que se presente, nunca puede convertir al ser humano en un medio. “El hombre es en la tierra la única criatura que Dios ha querido por sí misma” (Gaudium et spes 24).

  • De ahí, y no de una ideología, se desprende por ejemplo, la función social del capital, y el consiguiente esfuerzo por vencer la pobreza, que la Iglesia nos propone. La armonía entre el capital y el trabajo son imprescindibles para toda sociedad y se funden en el común interés cual es la promoción de la dignidad de toda persona humana, sujeto central de todo plan de desarrollo (cfr. Carta Encíclica Centesimus Annus, 48 y otros). Por ello resulta contraproducente presentar de manera antagónica las razonables pretensiones tanto del capital – la fuerza empresarial – como las del trabajo – la fuerza laboral. Es urgente una concertación social que permita aliviar la pobreza generando mayores fuentes de riqueza en el marco del, incipiente pero importantísimo, proceso de descentralización. El futuro de los peruanos no debe depender de los normales y lícitos vaivenes de la política partidaria. ¡El Perú demanda hoy un suplemento de amor a la Patria grande, de todos, en donde una gran mayoría “espera contra toda esperanza! (Rom 4, 18).
  • Veamos algunos aspectos de la enseñanza moral del Sumo Pontífice Juan Pablo II:

“En el ámbito político, cito al Santo Padre, se debe constatar la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder. Son principios que tiene su base fundamental –así como su regencia singular-en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados…(1)

“El riesgo de la alianza entre la democracia y el relativismo ético”, nos sigue diciendo el Papa, “quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del conocimiento de la verdad. En efecto, si no existe una verdad última –la cual guía y orienta la acción política- entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como lo demuestra la historia”(2). No hay desarrollo posible sin un Poder Judicial y un Ministerio Público realmente autónomos, honestos y eficientes.

4. Esforcémonos por vivir en el Perú los principios que recuerda Juan Pablo II y trabajemos por la educación de nuestra gente. Debemos promover la mejor instrucción y paralelamente, de modo principalísimo, la educación en valores de la persona humana. Educar es trasmitir valores, criterios; es fortalecer las múltiples dimensiones de hombre: la social, la nacional, la religiosa, la intelectual, la física. Educar es luchar contra el egoísmo, fomentar el sentido de justicia y solidaridad.

5. Debemos derrotar el pesimismo y las visiones que destruyen la verdad de lo nuestro. Debemos agradecer a Dios nuestra condición de peruanos, y recordar que el Perú es más, mucho más, que la noticia negativa que nos abruma cotidianamente. Debemos renovar nuestra fe en el Perú. La patria milenaria y la nación secular –andina, costeña y amazónica- creadora de una memoria y una esperanza, a través de diversas generaciones, y que se expresa en las distintas formas de ser peruano.

En suma, debemos fortalecer nuestra convicción en el sentido de que el Perú es una realidad digna en la historia universal, a la cual ha aportado valores intelectuales y humanos. El Perú ha sido y es obra de quienes hemos nacido en esta tierra. Debemos desarrollar nuestro trabajo diario de modo veraz y honesto, y la suma de estas actividades nos llevará a vencer “el estado empírico y el abismo social”, en palabras de Jorge Basadre.

Vuelvo a decirlo: debemos luchar, con el apoyo de las enseñanzas de la historia y de la vida misma, para derrotar el pesimismo, y pensar en “la gente que de buena fe –como recuerda Basadre- creyó en el Perú, trabajó por él y también murió por él...; toda ella refrendó con sus obras y sus actos, seguramente ignorándola, la misma afirmación que dio testimonio de la intención de ir, a pesar todo, a un Perú”(3).

Y añade Basadre que no sería lícito repudiar o ignorar a quienes tuvieron fe en el Perú “desde el aula, la oficina, el taller, la fábrica, el cuartel, el navío, el hogar o el campo...Nuestro deber no consiste en hundir en el fango a la totalidad del ayer, si no analizar lo que en él puedo existir de luces y de sombras. Pero de ningún modo es dable considerar aquí a la historia como un fenómeno concluido. Nuestra historia -tercamente lo gritamos una ves más- es fundamentalmente una historia con mañana. La existencia multisecular de este país, con todos sus dificultades, debe ser utilizada como una herramienta, como un instrumento de trabajo al servicio (del bien) común”(4).

Este es un claro mandato para los peruanos de hoy. Contra toda apariencia que invite a pensar de modo distinto, movidos por los dones de la fe y la esperanza, debemos reafirmar nuestra creencia firme y sanguínea en esta sociedad nuestra, obra de hombres preclaros y de personas anónimas, y que ha sabido esperar horas de infortunio con el argumento central de su creencia en lo nuestro y de su voluntad de servirlo por encima de toda circunstancia adversa. Los peruanos debemos unirnos, convocados por la historia, para fortalecer nuestro servicio a la república, y para ver el mañana con la esperanza de quien tiene una profunda creencia en su nacionalidad.

Desde esta cátedra y desde este solar varias veces centenario, pienso una vez más en mi egregio predecesor Santo Toribio de Mogrovejo, quien recorrió buena parte del Perú, quien respeto la libertad del hombre andino en el proceso fecundo de cristianización, y quien muriera hace casi 400 años en el pueblo de Saña, cuando se hallaba en una Semana Santa en plena visita pastoral. Él, en su santidad, y al lado de ella, sirvió a la educación de los peruanos, y fue un modelo de vida limpia y de fidelidad a los deberes de su consagración episcopal. Lo imagino y lo siento con nosotros, en estas horas en las cuales debemos reiterar nuestra creencia en el Perú, al igual que en el siglo XIX la proclamaron hermanos míos en el episcopado como Bartolomé Herrera o Manuel Tovar.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc. 1,46-47). Tú conoces muy bien, Madre Nuestra María, que en nosotros ha habido siempre más debilidad que malicia y más flaqueza que pertinacia. ¡Ayúdanos con tu poderosa intercesión y concédenos la robustez del ánimo y de la mente! Confirma estas vacilantes voluntades, vivifica y perpetúa nuestras buenas intenciones...Cura estos fluctuantes corazones. Destierra de ellos la vanidad y la pequeñez, la ligereza y la imprevisión, la pereza, la envidia y el egoísmo, las rencillas y los odios. Vigoriza a esta nación infundiéndonos a todos austeridad, abnegación y perseverancia, hábito de sacrificio y prudencia”(5).

 

 

Cfr. JUAN PABLO II, Encíclica Veritatis Splendor, Nº 101

Ibid., Nº 101

Jorge Basadre: “Mentiras o factibilidad del Perú”. En Apertura. Textos sobre temas de historia, educación, cultura y política escritos entre 1924 y 1977. (Selección, edición, prólogo y notas introductorias del Patricio Ricketts). Lima, Editorial Taller, 1978, pp. 352-353.

Ibid., p. 353

José de la RIVA- AGÜERO: Historia del Perú. Selección. Tomo II, Librería Studium, 1953, pp. 514-515.

 
 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]