Queridos hermanos:
Estamos hoy contemplando un pasaje que nos habla de la fortaleza de la fe en la primera lectura. Qué importante es en este mundo que tantas veces se nos presenta con oscuridades, dudas, preocupaciones y violencia. Qué importante es la fortaleza de la fe, que no es cualquier cosa, pues viene de Dios.
Este pasaje tomado del libro de los Macabeos, nos narra el arresto de siete hermanos con su madre, a quienes azotan con látigos porque el rey quiere hacerlos violar la ley de Dios. Las amenazas de muerte empiezan y estos buenos hijos con su madre resisten por la fe en Dios.
Pregúntate cómo anda tu fe, en los momentos de duda, en los momentos en los que tal vez te encuentres mal de salud, desempleado, o tal vez pasando una prueba personal, y verás cómo la fe te habla de la paz, esperanza, alegría, pero la pregunta es: ¿Cómo anda esa fortaleza de tu fe?
La fe nos ayuda a no violar la ley de Dios
Fíjate lo que responden estos hombres ante la violencia: “Qué pretendes sacar de nosotros que estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres”. Nosotros somos hermanos menores de esa estirpe de gente que por obedecer a la ley de Dios está dispuesta a morir, como de hecho sucede.
Viene el segundo. “Tú –dice este joven- nos arrancas la vida presente, pero cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna”.
Estamos en la fortaleza de quien entrega su vida porque cree en la vida eterna, en la vida después de la vida, en la resurrección de los muertos, en la promesa de Jesucristo, quien todavía no ha venido a la tierra, pero ya está preparando la mente de su pueblo.
A veces me da la impresión que estamos lejos de esta fe por la que estaríamos dispuestos a dar nuestra vida, siguiendo el modelo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Las dificultades ponlas en manos de Dios
¿Qué hizo Cristo por obedecer a su padre? Ofreció su vida. Tú y yo hoy estamos dispuestos –si Dios así lo pide- a ofrecer la vida. ¿Tenemos una fe así de fuerte? Yo conocía a un hombre santo, San Josemaría, quien decía que el tenía una fe tan grande que se podía cortar. Él quería decir con esto que cuando algo no lo entendía lo ponía en manos de Dios y se quedaba tranquilo.
Yo te digo a ti lo mismo. Aquello que te agobia, eso que te preocupa, esa dificultad, del tipo que sea, ponla en manos de Dios. Si Él quiere algo más de tu parte te lo va a decir, y si quiere probar tu fe, estará en silencio y Él lo arreglará.
Volviendo a la lectura, el último de los hermanos, el más pequeño (no aparece este domingo), es el engreído de su madre, por eso al verlo en ese trance, la mujer se doblega por algunos momentos y trata de empezar una explicación para que no maten a su hijo. El pequeño, mirándola, le dice: Nos has formado en la fe y ahora cuando nos encontraremos todos en la alegría de vernos al lado de Dios, quieres que tu hijo -al que más quieres- traicione tu enseñanza.
Es un diálogo emocionante con el que no te quiero decir que la vida está en riesgo cada minuto, pero sí que la fe no es sólo para el fin de semana. Fíjate que San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos dice: Jesucristo nuestro Señor, nuestro Padre que nos ha amado tanto, que nos ha regalado un consuelo permanente, una gran esperanza, te de la fuerza y te consuele.
Por eso junto con el Papa, queremos decirte en este rato, fortalece tu fe, cree en la resurrección, la vida eterna, la alegría de la misericordia y verás que Jesucristo está contigo para consolarte y perdonarte. Él no tiene límites, cualquiera que haya sido tu pecado, serán perdonados siempre por el amor que te tiene.
Aprendamos a contemplar el misterio de la Eucaristía
Quiero terminar dedicando un momento al Año de la Eucaristía. El Santo Padre quiere que durante este año que se inició en octubre, nos acordemos de la presencia real de Jesucristo en la hostia santa y dice: ¡Quédate con nosotros Jesús!, así empieza esa carta apostólica.
Pero sabes cuál es el centro de toda su explicación: Aprender a contemplar el misterio, es decir aquello que no se acaba de entender. Aquello que por exceso de luz te ciega como el sol. Aquel amor tan grande que realmente no cabe en mi corazón. Ese infinito misterio que es Dios que se hizo hombre y se quedó con nosotros. Él está en la Eucaristía con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.
Y cómo hago en este mundo de hoy que todo lo apoya en lo que ve, en la ventaja que alcanza. ¿Cómo les muestro a los demás que el misterio es una realidad maravillosa? Ponte en manos de la Virgen María, pídele a ella: Madre Mía ayúdame a ponerme de rodillas delante del gran misterio que es el cuerpo de Cristo que se me ofrece como comida.
Que el Señor bendiga a todas las familias, para que firmes en la fe y alegres en la esperanza caminemos junto a Cristo.
En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.