Queridos hermanos:
El Santo Padre ha querido que celebremos el Año de la Eucaristía recordando con detalle ese gran misterio: Jesús está con nosotros. Jesús vivo está aquí ahora, está en tu hogar, en tu corazón, en los lugares donde hay hambre y abundancia, donde hay guerra y paz.
Es el mismo Jesús que estuvo en Nazareth, murió en la cruz, sanó y dio la vida a tantos hombres, el que sigue con nosotros y a quien el mundo tantas veces da la espalda.
Por eso el Papa nos pide a los pastores de manera especial: recuérdenle a la gente que en medio de las dificultades, de la oscuridad, Jesús pasa por nuestras calles. Recorre especialmente nuestros hospitales, se acerca a los niños, a los enfermos y de manera especial a los pecadores.
Ese Jesús vivo de manera real está en el Sagrario de cada Iglesia, en ese lugar pequeño, en donde esa hostia que tú y yo vemos no es un pedazo de pan, es su cuerpo. Por eso cuando el Papa nos pide recuérdenle al mundo que Jesús está con nosotros, yo quisiera de una manera breve recordar algunos signos de lo que es la Santa Misa, porque en la Eucaristía es donde el sacerdote le presta su voz a Cristo y dice: Esto es mi cuerpo…
Pongámonos en la presencia de Dios
Recuerda como empieza la Misa. El sacerdote hace la señal de la cruz: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En ese momento nos está pidiendo a todos que nos pongamos en la presencia de ese Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Inmediatamente nos desea la paz y nos pide que el Señor esté con nosotros. Nos dice con ese gesto: el Señor está contigo, olvídate de tus problemas, de tu casa, de la hora, del trabajo y métete en el misterio de lo que va a ocurrir en el altar.
El sacerdote besa el altar, porque en esa mesa se va a producir un sacrificio: Cristo va ofrecer su cuerpo. Está besando el lugar en donde va a ocurrir la entrega de Cristo y el que nos dé a comer su cuerpo. No es un beso al mantel, no. Incluso, algunos altares conservan de la antigüedad las reliquias de algunos mártires, hombres y mujeres que murieron por su fe, para recordar que ese altar era lugar de sacrificio.
¿Y qué es lo primero que hace la Iglesia? Nos invita a pedir perdón por nuestros pecados. Antes de celebrar estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados... Y el sacerdote hace unos instantes de silencio para que tú y todos los que estamos participando en la Misa podamos reflexionar ¿Cómo está mi alma? Y a partir de ese momento empieza el Yo confieso que he pecado mucho…Seriamente y con sinceridad le digo al Señor que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Después el sacerdote nos da la absolución.
Aquí te quiero explicar algo muy importante. Tú no puedes con el Acto de Contrición acercarte a comulgar si estás en pecado mortal, porque este es para los pecados leves que podemos cometer, pero si estás en falta grave (tu conciencia te lo dice) necesitas confesarte personalmente, ir donde el sacerdote. El criterio de la Iglesia es muy claro, no se puede comulgar estando en falta grave.
Tengamos vivo y en movimiento el corazón
Después viene esa triple invocación: Señor ten piedad. Cristo ten piedad. Señor ten piedad. Aquí estoy recordando al Señor, después de haberle pedido perdón, le digo que tenga piedad de mí, porque soy pecador. No es una especie de ida y vuelta, no.
Mucha gente piensa tantas veces que para vivir mejor la Misa hay que hacer un movimiento para afuera: aplausos, gestos, pero fundamentalmente hay que tener vivo y en movimiento el corazón. Hay momentos de perdón, de alegría, de meditación, de arrepentimiento, de acción de gracias. Todos son diferentes y las personas que están participando de la Misa viven por dentro un gran movimiento.
Y después del Señor ten piedad, la Iglesia eleva un canto: ¡Gloria a Dios en el cielo! De gozo porque al pedirle perdón, al invocarle que tenga piedad, me alegro porque me escucha.
Vive la palabra de Dios en cada Eucaristía
Viene el momento de la palabra. Los días domingos, normalmente hay una lectura del Antiguo Testamento, después una segunda del Nuevo Testamento y finalmente el Evangelio. Al acabar la lectura del Evangelio, el sacerdote besa la palabra de Dios, no la página del libro. Si te has fijado inclusive a veces se usa el incienso para rendirle homenaje a la palabra viva de Dios, no a un libro.
Son tres momentos de lecturas que luego de haber sido leídas con calma, el sacerdote en su predicación debe comentar, como hacemos cada domingo, pero hoy hago una excepción porque quiero explicarles un poco los signos de la Misa.
Luego predica el sacerdote. Diez o quince minutos bien preparados son suficientes para dar una lección a quien ha ido a la Misa.
Apenas acaba la homilía viene una situación muy importante: el sacerdote nos invita a hacer la profesión de fe. Y vamos a decirle a Dios en qué creemos. Rezar el Credo no es ruido de palabras, no es repetición aburrida y rutinaria, es una oración con la fe firme del corazón: Creo en el Espíritu Santo, en la Iglesia Católica, la Comunión de los Santos y así voy diciendo en lo que creo.
Acerquémonos con reverencia y respeto al altar
Después vienen esas peticiones por la Iglesia, por la familia, por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Por dos o cinco intenciones que queremos hacer presente. Pasado ese momento, ya nos trasladamos al altar para empezar lo que va ser la ofrenda y luego viene el sacrificio de Cristo, que lo trataremos en otro momento.
Hoy, quisiera por lo menos que esta primera parte de la Misa la vivas con el movimiento interior. La gran revolución del cambio de la liturgia después del Concilio Vaticano II ha sido que participe más la gente interiormente para que de esa manera podamos junto con el sacerdote acercarnos con reverencia y respeto al altar.
Que la Virgen María nos enseñe a seguir la Misa con más ilusión, con más cercanía y la bendición de Dios Padre Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre todos ustedes y permanezca siempre.
Amén.