Queridos hermanos,
Hoy la Iglesia celebra una fiesta muy bonita, la Asunción de la Virgen y como siempre la Sagrada Escritura nos presenta la gran riqueza que supone reconocer que Dios es quien dirige la vida del hombre.
Ese Dios, que cada domingo en Es palabra de Dios, se dirige a cada hogar y cada corazón para decirnos “Yo Soy el Padre”, El quiere decirte que no busca obligarte, sino, ofrecerte una palabra, un ejemplo, para que el mundo reconozca que El es el Creador, el Autor, El Padre.
El regalo del dogma
¿Y quien es testigo especial de este hecho? Nuestra Madre, la Virgen María, por eso cuando en 1950, hace pocos años Pío XII, proclamó el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, nos dio a toda la iglesia este regalo del Magisterio.
Fíjate que la Madre de Hijo de Dios, de Jesucristo, está siempre con nosotros, es Ella la que marca la diferencia en nuestra vida, en la vida de la Iglesia, en la vida de la Familia. Ella es esa Madre que todos necesitamos. Fue Ella la que nos trajo a su Hijo y a través de su vientre purísimo vino la salvación de tu alma.
Bendita tú entre las mujeres
Yo creo que sigue repitiéndose la misma figura hoy, si tú quieres que Dios a través de Jesucristo esté presente en tus decisiones, en tus alegrías, en tus problemas, acude a Ella y deja que María sea la mujer que te lleve a Jesús.
Lo que nos cuenta hoy el evangelio es esa visita de María a Santa Isabel, a la madre de San Juan Bautista. Nos lo dice de una manera muy bonita. Nos cuenta que entró María y saludó a Isabel, quien al escuchar el saludo de María, en su vientre saltó la criatura que no había nacido, San Juan Bautista.
Solamente al escuchar la voz de María, inmediatamente el precursor, San Juan Bautista, da una voz en el vientre de su madre y en ese instante Isabel le dice a María: “Bendita tu entre las mujeres, Bendito el Fruto de tu vientre”.
Luego Isabel le dice a María, “¿Quien soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de alegría en mi vientre. Son palabras que han quedado para toda la historia. “Bendita tu entre las mujeres. Bendito es el fruto de tu vientre”.
Hoy se la repetimos a Nuestra Madre, pues Ella está llena de gracia porque Jesús está con Ella. María está esperando esa criatura, esta esperando al redentor, María está llena de Cristo.
Ella fue concebida sin pecado y aunque nosotros hemos sido concebidos con pecado, yo te pregunto ¿Tú no puedes llenarte de Cristo, asimilar esa amistad, esa palabra, ese cuerpo, ese perdón de Cristo? ¿No puedes ver en tus hijos, en tu trabajo, a Cristo? ¿Por qué? ¿No podemos nosotros al igual que Santa Isabel saludar a nuestra Madre con esas palabras, “Bendita tú eres entre las mujeres, Bendito el fruto de tu vientre”?
María, un canto a la humildad
Y vemos como María le contesta a Isabel con esas palabras tan sencillas pero que son palabras que jamás se van a olvidar en la historia de la humanidad, porque son un canto a la humildad, a esa humildad que tanta falta hace en este mundo.
La falta de humildad que genera violencia, egoísmo, injusticia. ¿Por qué la violencia y la guerra? Por la falta de humildad, ¿Por qué la gente no quiere reconocer que todos somos iguales delante de Dios? ¿Por qué no podemos ser como María? y decir como lo hizo ella a Isabel: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”.
Pues yo te digo, díselo tú, se sencillo, proclama a Nuestra Madre en esta fiesta de la Asunción, dile: Eres lo más grande que hay por que Jesús estaba en ti, y entonces va ser ella quien te llevará a Jesús.
Mírate en el espejo de María
Veía hace unos días la inauguración de las Olimpiadas de Atenas, con un despliegue tan maravilloso. Y yo pensaba, mi Dios ¿No es más grande que las Olimpiadas? Mi Madre Bendita ¿No es más grande que las Olimpiadas? Los hombres con tanta creatividad desarrollan una inauguración preciosa.
Yo te diría para ti, ahora, ¡Haz esa olimpiada en tu vida y en tu casa! proclama con amor el respeto a los demás, estrena con amor el aceptar que Dios es quien manda en el mundo, no la llama de una olimpiada que es muy bonita, sino Dios Nuestro Padre y para ir a él María es el camino.
Por eso el “magnífica” -así se llama la oración- es un canto a la humildad, es un canto que siempre deberíamos recordar. Yo quisiera recordaras siempre reconocer la humildad en tu vida, mirándote en el espejo de María.
¿Por qué a veces esas cóleras, por qué no respeto a los demás, por qué la violencia? Es que es la soberbia, porque me creo mejor, porque mi idea es mejor, porque mi palabra es más importante, porque yo tengo más dinero o más poder.
María reina con su servicio
Pero al mismo tiempo está el servicio, María, Nuestra Madre, reina con su servicio, Ella es un ejemplo para muchas mujeres en el mundo de hoy. La mujer reina sirviendo, el servicio no es una humillación, no es algo inferior.
Y esto lo vemos cuando María le dice al ángel “He aquí la esclava del Señor”. Por eso la mujer cuando se mira en el ejemplo de María, presta un servicio maravilloso a la humanidad, con su fortaleza, con su alegría y con su creatividad. Pidámosle pues a Ella, en esta fiesta de la Asunción, que nos enseñe a servir y a ser humildes.
Démosle a María un espacio en nuestra vida
En el prefacio de la misa María ha sido llevada al cielo, porque es la Madre de Dios y Ella es la figura que nos simboliza como la Iglesia, la Iglesia católica con María Santísima un día entrará a la gloria eterna. Por eso demos nosotros cada uno en nuestra vida un espacio para Ella.
Madre mía, con cuánto cariño te saludamos hoy y nos unimos a esa alegría del cielo, donde ángeles, arcángeles, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo te saludan, te acogen, te reciben, junto a los santos.
Hoy también quisiera decirles que la Iglesia de Lima con especial gozo, acaba de recibir a ocho nuevos sacerdotes que estarán al servicio de la Iglesia de Lima.
Ocho jóvenes que siguen a Cristo y lo dejan todo por El. Por eso me dirijo a todas las familias y también a todos los jóvenes para decirles que si Dios los llama, acudan primero a María y díganle “Aquí estoy Madre Mía”.
Madre Santísima, te pido que me acompañes, para que junto a ti le demos la bendición a toda la familia peruana. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.