- Domingo, 17 de octubre de 2004 -

Monseñor García: “Dios te tiende su mano
para decirte: tú no estás solo, yo estoy contigo”

Queridos hermanos:

En los primeros versículos del capítulo 18, el evangelista San Lucas nos habla de algo muy importante: el valor de la oración. Esa oración que todos aprendimos y que lo recitamos desde muy pequeñitos: el Padre Nuestro, el Ave María, la invocación y la protección de nuestros ángeles custodios o la protección de María y de José.

Pero hoy, Jesús nos quiere hablar de algo mucho más profundo: el valor de la insistencia en la oración.

Por eso nos señala en el evangelio de hoy acontecimientos muy importantes. Pone como ejemplo a una mujer que fue a pedir a un juez que le haga justicia. Este la menospreció, la hizo de lado y se olvidó, pero ella seguía insistiendo, una y otra vez. Hasta que este juez mortificado por la insistencia de la mujer dice: aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando tanto le haré justicia, no vaya acabar violentándose contra mí.

Y tomando este ejemplo Jesús dice: fijaos en lo que dice este juez injusto, pues Dios acaso no hará justicia a sus elegidos. Si alguien que no nos ama puede dejarse vencer por los gritos de una viuda, cuánto más Dios que nos ama a todos. Ese Dios bueno, cercano, que siempre está atento a cada uno de los momentos que nosotros vivimos.

Pero hay una pregunta con la cual termina esta parábola: ¿Cuándo venga el hijo del hombre, habrá fe? Y yo te digo, en un mundo como el que vivimos, envuelto en tanto materialismo, indiferencias, sequedad o de vacío, donde muchas veces afrontamos momentos de injusticia, dolor, podemos experimentar momentos donde creemos que nadie nos va a escuchar o nadie nos va a entender. Ante esa realidad, yo te digo ábrete a Dios en la oración.

Ábrete a Dios en la oración

Esta tarde en cualquier lugar que te encuentres, en cualquier momento que experimentes de la vida (salud, enfermedad, soledad, desánimo, fracaso, éxito) cualquiera sea la realidad, has un alto, ponte de cara a Dios, abre su palabra, deja que ella penetre en tu ser, que te hable en lo más profundo de tu corazón, para que puedas entender lo grande y maravilloso que es confiar en Dios.

Nadie puede resolver todos sus problemas solo. Siempre necesitamos de los demás. Siempre necesitamos contar con los otros, para poder saber con quién, cómo, en qué circunstancias Dios te brinda su presencia. Dios te tiende su mano hoy para decirte: tú no estás solo, yo estoy contigo.

¿Pero cómo empezar a rezar?, te preguntarás. ¿Cómo empezar a abrir mi corazón, cuando a veces ni siquiera sé cómo empezar a pedir? Pues empieza por el Padre Nuestro, ábrele tu corazón a Dios, déjalo que Él escuche lo que tú sufres, lo que tú crees, lo que tú esperas. Tus quejas, tus dolores, tus alegrías, cualquiera sea tu realidad, y luego, deja que Él te hable.

Pídele lo que no puedas y Él te ayudará

Y ante las circunstancias de la vida, te recuerdo algunas palabras de San Agustín cuando dice: En esa realidad de orar, Él nos enseña en una palabra, ante la realidad y los retos de la vida, has lo que tú puedas. Pide lo que no puedas y Dios te ayudará para que puedas. En esas palabras tienes que centrar toda tu vida.

Cuántas veces podemos y no queremos. Podemos amar, podemos perdonar, podemos ayudar, podemos decir una palabra de aliento. Puedes compartir con alguien que está a tu alrededor, puedes decirte a ti mismo mañana puede ser mejor. Puedes tú también creativamente dentro de tu trabajo, de tu familia puedes dar sentimientos de ternura, de amor, de comprensión.

Pide lo que no puedas. A veces las limitaciones materiales, profesionales o de salud. Pídele al Señor fortaleza, luz para poder salir adelante y sobretodo aceptación con amor y confianza para no desanimarte en los momentos difíciles y entonces verás cómo Dios premiará para que puedas triunfar y salir adelante.

La palabra de Dios es un reto en tu vida

En este día, la palabra de Dios quiere ser un reto en tu vida, un reto que te lleve a decir: En ti confío Señor, tu eres mi fuerza, en ti pongo toda mi confianza porque tu eres mi Dios. Pase lo que pase, espero no defraudarte con esa fe que recibí para que dé fruto.

Por eso en ese marco de amor y de misericordia yo te invito a vivir esta gran fiesta de amor, esta gran fiesta de misericordia, junto al Santo Padre que celebra un aniversario más. Él que nos reúne y que nos lleva a Dios con su ejemplo, su perseverancia.

Tú que tienes mejor físico, tú que tienes más fuerza, tú que puedes hablar con más claridad, tú que puedes hacer muchas cosas que el Papa ahora no puede por sus limitaciones físicas ¿Por qué te quejas? ¿Por qué te limitas? ¿Por qué a veces te abstienes de ser ese don precioso para los demás?

El amor maravillo del Señor de los Milagros

Mañana tenemos ese gran regalo para toda la Iglesia en el Perú, el Señor de los Milagros. En cada uno de los rincones de nuestra patria, esa presencia de Jesús cercano a nosotros, hablándonos de su amor misericordioso desde la experiencia de la cruz y desde lugar nos dice que el amor más preciado se manifiesta en la entrega generosa de su vida.

Hoy te digo: reza y suplica lo que a veces nos resulta tan difícil. El amor tiene una medida y la medida nos la da Cristo en algo tan importante: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los suyos.

¿Cómo empezar a hacerlo, cómo trasformarnos? No empieces por decir mañana entonces me confieso. El padre quiere que vaya a misa, no. Primero abre tu corazón a Dios, ordena y pide.

Abre esos sentimientos de amor que tiene un hijo para con su padre y dile: Señor dame una luz para saber caminar por ella y para saber abrirme a ella y darme a los demás y, de allí, vendrá el deseo de ordenar mi vida, el deseo de empezarla y compartirla con los demás, y sobretodo el deseo ante todo de hacerme más solidario con aquellos que me rodean.

Empieza por la oración, luego llegarás a la conversión y te abrirás al gran regalo del amor de Dios en la Eucaristía.

El día de hoy en el encuentro con la palabra de Dios, que Dios entre en tu vida y te bendiga.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.
 
 

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