- Domingo, 26 de setiembre de 2004 -

“La felicidad no se consigue con el dinero”

Queridos hermanos:

Estamos como todos los domingos unidos, ustedes en sus hogares y yo en este oratorio en donde cada día estoy con el Señor, para juntos reflexionar sobre la palabra de Dios.

El día de hoy, a través de esta parábola, Jesús nos dice que había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino, y que banqueteaba espléndidamente cada día. Nos presenta una fotografía de un hombre que es el éxito, el dinero, el placer, un hombre -si quieres- un poco egoísta.

El otro, un mendigo, llamado Lázaro que estaba en la puerta de la casa del rico, con su cuerpo cubierto de llagas y con ganas de que por lo menos las migajas del pan del rico le pudieran quitar el hambre. Los perros se acercaban –dice Jesús- para lamerle las llagas.

La felicidad eterna está en el cielo

Luego nos cuenta el resultado de ambos tras su muerte. Aquel mendigo, aquel hombre que sobraba en la sociedad, aquel hombre que nadie entendía, aquella persona que era como el que estorba, estaba en el seno de Abrahán, en la felicidad eterna. El rico estaba en el fuego eterno.

Hay cosas que el evangelio va diciendo y que la gente aquí no quiere escuchar. Hay infierno y, para los que a veces se ríen o se burlan, ya lo verán. Pero nos está adelantando Jesús que hay infierno, hay castigo, pero también hay premio, hay cielo.

Vale la pena que estas verdades se les recuerde, porque honestamente, cuando me pongo a pensar delante de Dios este pasaje, digo: ¿Qué está pasando en el mundo hoy?

El consumo excesivo no es bueno

Existe una cultura que busca el máximo de su provecho. Sácale el jugo a la vida, se lo más egoísta que puedas, busca lo que a ti te interesa sin importarte los demás. Y hay hombres que quedan como perdedores, quedan como gente inútil, pues no tienen gran prestigio, no se les conoce, a veces no tienen ni siquiera una honra que defender.

A dónde va una sociedad que muchas veces afirma que busca la inversión, busca el dinero, busca el placer, pero no tienen felicidad. Tienen dinero, tienen empresas, también hablo de gente humilde que aunque no tiene tanto dinero, igualmente se dedican a esa especie de vida un poco relajada y no son felices.

Hay países con enorme cantidad de dinero, con gran desarrollo, en donde son frecuentes los suicidios, donde los ancianos piden que les quiten la vida, en donde la familia está destruida, pero yo quiero decirte con este pasaje del evangelio el mensaje que Dios nos está enviando: la felicidad que Él nos promete no se compra, no se consigue con dinero, aunque es verdad que hace falta el dinero para tener un hogar, para tener una vivienda, una vestimenta, la educación, la salud.

Es necesario, pero ese consumo excesivo no es bueno. Ese no querer meditar, no quiero pensar, sino voy haciendo cosas, lleno de actividades, porque tengo miedo de encontrarme conmigo mismo y preguntarme ¿Cómo estoy?. Yo te pregunto ¿Cómo estás? ¿Alegre, triste, sereno, preocupado, molesto? ¿Cómo estás?

No lo relaciones todo al dinero. Hay gente que tiene muy poco y es muy feliz y hay gente que tiene mucho y no es feliz. Te insisto, en esta sociedad, donde crece esta cultura del dinero, del consumo, del placer, está llegando a un momento en que no le satisface a nadie. Y nos preguntamos: ¿Qué va a venir después?

Practica la justicia, la fe y el amor

Practica la justicia, dice San Pablo en la epístola. Practica la fe, practica el amor, practica la paciencia, practica la delicadeza, respeta, trata con cariño y fíjate en esta frase de San Pablo: combate el buen combate de la fe.

Este es un problema de fe. Jesús nos ha puesto la imagen de Lázaro en la que no tiene nada y la fotografía del hombre de la época actual y a través de esta parábola me está diciendo Jesús: ¡créeme!

Estamos en esa disyuntiva o el bien común –solidaridad, ayuda al prójimo, verdad, alegría, optimismo, amor, buen hogar, educar mis hijos -, o prefieres el bien particular –qué saco yo, cómo engaño al otro, cómo logro ser un hombre o una mujer pudiente, que busca solamente lo que le saca beneficio a esa persona.

Yo veo tantas veces el ejemplo en la vida, en la calle. El que en un partido de fútbol puedo hacer un pase para que meta un gol otro, pero prefirió buscar mi gloria, pues el equipo no me importa, soy yo. Si yo no meto el gol, no me interesa.

Hay cielo y hay infierno

Es a veces en la pista, estas queriendo cruzar una calle, aceleran todos para no dejarte pasar. O a veces, ocurre aquel muchacho que se olvida de llamar a su casa para decirle a su mamá que va a llegar tarde. ¿Por qué no llamar, por qué no dejar pasar ese carro, por qué no dejar que el compañero se luzca y triunfe? Por qué ese afán de ser como este hombre rico, que cuando muere se encuentran con la realidad: hay cielo y hay infierno.

El otro día decíamos hay demonio y que Dios quiere la alegría del cielo. Que nos dice la cultura imperante, la mayoría: No sé si hay cielo ni infierno, sácale jugo a la vida, no te preocupes, para qué te vas a hacer problemas. Pensemos hermanos recordando el final de este mensaje, en el que Jesús nos dice: sino han escuchado a Moisés, sino han escuchado a Jesús, ¿qué más milagros quieres para cambiar?

Hermanos, el Señor nos ayuda a reflexionar para que en esta sociedad un poquito compleja y oscura tu corazón reviva con estas palabras del Evangelio. Que Dios te bendiga.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 
 

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