- Domingo, 29 de agosto de 2004 -

Cardenal Juan Luis Cipriani:
"Hazte pequeño ante las grandezas humanas"

Queridos hermanos:

Al hablar de la Palabra de Dios, hablamos de lo que Él nos ha dicho, no de lo que expreso yo, no de lo que tú piensas en tu casa o lo que el canal te cuenta, sino lo que Dios nos dice a la humanidad.

Muchas veces uno escucha como una protesta: ¿Por qué tanta injusticia?¿Por qué el mundo no es mejor? Y yo pienso -con mucha sinceridad- que esto se da porque no viven la Palabra de Dios.

Fíjate hoy domingo en las palabras de la primera lectura, tomadas del libro del Eclesiástico: “Hijo mío en tus asuntos procede con humildad y te voy a querer más que al hombre generoso”.

El tiempo pasa hermanos. A veces uno piensa que es eterno y creen que con sus decisiones, su dinero, su prestigio, su poder o su éxito, puede como comprar el mundo, pero pasan los años y los vamos a visitar al cementerio, porque ya no están más con nosotros.

Pasan los años y la edad de quien fue un exitoso trabajador, gobernante o un hombre con mucho poder, ya está demasiado avanzada y sus nietos lo tienen que acompañar y ayudarlo a caminar.

En tus asuntos procede con humildad

Hermanos qué importante es la Palabra de Dios: “En tus asuntos procede con humildad”. Ninguno de nosotros escogió nacer en el Perú o en Francia, o en una provincia lejana o en la capital, o sí nuestros padres iban a ser ricos o pobres.

¿Esto, qué me hace pensar? Que cuando llegamos al mundo, unos tienen una deuda con otros, porque nadie escogió a quien le tocó vivir mejor: más dinero, más inteligencia, más fe.

Aquel que desde pequeño tuvo la suerte de ser educado en la fe, tiene un deber con aquel otro pobre pequeño que nació en un hogar en que no había alimento, en el que no había talvez una palabra de fe para educarlo, y entonces en el mundo que Dios quiere tenemos esta obligación y, eso, es la humildad.

Por tanto, en tus asuntos, en tus decisiones y en tus trabajos, en una época que parece que él ídolo o el dios es el éxito, el poder, el aparecer en las primeras páginas de los periódicos y que la gente te reconozca de una manera u otra, el Señor te dice: “En tus asuntos procede con humildad, hazte pequeño, continúa en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios”. Por eso hermanos, hoy te quiero recordar más que nunca esto: “hazte pequeño”.

Sembremos el aprecio por la humildad

El fin de semana pasado, tuve la ocasión de estar en esa tierra tan querida Ayacucho, donde viví diez largos años. Durante esos días en el que recibí tantas muestras de cariño y acompañé a un hermano mío en el episcopado, el nuevo Obispo Auxiliar de Ayacucho, pensaba en qué ha cambiado en mi vida al regresar a vivir a Lima.

Con franqueza te digo que allá –en Ayacucho- se vive con un poco más de tranquilidad, no hay tanta avidez por el dinero, la familia se encuentra, las calles son pequeñas, el ritmo de vida es más humano, por eso dice aquí el Señor hazte pequeño ante las grandezas humanas.

Qué no te engañen los éxitos pasajeros

Y este mensaje el Papa lo viene recordando a la juventud y nosotros tenemos obligación de sembrar entre los jóvenes el aprecio por la humildad y por las cosas que no se venden. No dejes que te engañen esos éxitos pasajeros: ¿Cuánta plata gano? ¿Qué voy a hacer mañana? ¿Dónde voy a estar? ¿Cómo me divierto?

¡Reconoce tu nivel! Ni más grande, ni más pequeño. ¿Por qué te vas a sentir mejor por tener un buen carro? o ¿Por qué te vas a sentir peor porque tienes un color de piel o porque no pudiste ir a la universidad? ¿Por qué te vas a sentir más poderoso porque manejas un medio de comunicación o por qué te vas a sentir más débil porque tienes que movilizarte en micro?

Todos somos hijos de Dios

Hermanos, somos todos hijos de Dios y allí está el mensaje de su palabra. Seamos humildes, cada uno en su lugar. El que tiene más, ayuda al que tiene menos, no por caridad, sino por justicia.

Por eso en el Evangelio de hoy nos relata un pasaje de la vida diaria. Nos habla de que hay un gran almuerzo donde unos se ponen en los primeros lugares y se sienten más importantes, mientras que otros se sientan en los últimas ubicaciones, donde están como despreciados.

En base a esto nos da esa gran lección: Cuando te conviden a una boda, a una recepción, no te sientes en los puestos principales, no sea que hayan convidados de más categoría que tú y cuando venga el dueño de casa y te diga: ¡oye retrocede. Cédele tu puesto a este hombre, a esta mujer que es más importante!

Cuántas veces hermanos, hasta cuando uno va en el carro por la calle, o al salir con una amiga a bailar o cuando uno está en su casa con su marido, con su esposa o con sus nietos, pensamos que nuestra opinión es más importante que la de los demás o parecería que tengo más nivel que los demás, porque tengo mejor ropa o un carro del año.

Practiquemos la generosidad

En estos días medito con frecuencia y hoy te lo digo a ti para que te ayude: no se trata de un proyecto político, sino de una actitud de tu espíritu, pues no se trata de un impuesto o un castigo, sino de que todos somos hijos de Dios y como hijos de un padre común tenemos los mismos derechos y los mismos deberes, este es el plan de Dios, este es el servicio de la palabra de Dios frente a la sociedad.

Por eso, cada domingo, en estos breves minutos, el mismo Dios entra a tu casa para decirte: se humilde, hazte pequeño. Y tú, pídele al Señor que te ayude y a la Virgen María que todos nos tratemos con más generosidad.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 
 

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