Queridos hermanos:
1. La parábola de los Viñadores Homicidas que acabamos de escuchar, es la historia trágica de Israel que al cuidado fino, tierno y amoroso de Dios, no ha correspondido con el fruto esperado.
Israel no ha sido fiel a la Alianza, no ha producido los frutos anhelados de la fidelidad y de la santidad. De allí el lamento de Dios a través de su profeta:” ¿ Qué más cabía hacer por mi viña que no lo haya hecho? Porque esperando buenas uvas, dio racimos amargos(Is 5, 4).
A lo largo de su historia Israel rechazó con frecuencia la palabra de Dios: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía” (Mt 23, 37).
Y en la plenitud de los tiempos, cuando el Verbo eterno de Dios se encarnó viniendo a los suyos, expulsó y crucificó al Mesías prometido y esperado:
“Llevando su propia cruz, Jesús, salió fuera de la ciudad hacia un lugar llamado Gólgota, y allí le crucificaron” (Jn 19, 17).
2. Pero la Parábola, queridos hermanos, también retrata, la historia trágica del hombre de hoy, quien lleno de soberbia, pretende realizar su vida y construir el mundo, sin Dios, con AUTONOMÍA ABSOLUTA. Es decir COMO SI DIOS NO EXISTIERA.
3. Esto es lo que también quieren expresar las codiciosas e intrigantes palabras de los viñadores homicidas cuando ven venir al hijo del dueño: “Este es el heredero. Venid lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21, 38).
No vivamos como si Dios no existiera
4. En su último libro, “Memoria e Identidad”, nuestro recordado y amado Juan Pablo II nos decía:
“No se puede ignorar al mismo tiempo, el insistente resurgir del rechazo a Cristo.
“Se ven de continuo los signos de una civilización distinta de aquella “cuya piedra angular” es Cristo; una civilización que, aunque no sea atea por sistema, es ciertamente positivista y agnóstica, puesto que se inspira en el principio de que se debe pensar y actuar como si Dios no existiera. Y vivir como si Dios no existiera, significa colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal, es decir, fuera del contexto de los valores, de los cuales Él mismo, Dios, es la fuente. Se pretende que sea el hombre quien decida lo que es bueno o malo. Y este programa se sugiere, se divulga de muchos modos y de diversos sectores.” (pp. 66 – 67).
5. “Este es el heredero. Venid lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21, 38).
Es la pretensión del hombre de hoy de querer quedarse él solo con la viña, es decir con su propia vida y con el mundo que le ha sido confiado, y querer construirlos de espaldas a su Creador, de espaldas al designio divino, que es fuente segura de felicidad y de vida.
De este pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, es de donde brotan hoy en día múltiples corrientes que socavan los fundamentos mismos de la moral, implicando a la familia y propagando la permisividad, como son entre otros: los divorcios, el libertinaje sexual, el aborto, la anticoncepción, los ataques contra la vida desde la concepción hasta su fin natural, así como su manipulación.
De este pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, brotan también los demás atentados contra la dignidad humana, como las injusticias, las explotaciones, la violencia, el terrorismo, la corrupción.
De este pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, es de donde surge la intención propuesta por algunos, de impedirle a la Iglesia, experta en humanidad, su legítimo derecho de iluminar la vida social con el Evangelio.
El Señor es la Verdad, la Caridad y la Reconciliación
La Iglesia, llamada a anunciar el Evangelio a los hombres no puede quedar, como muchos pretenden, encerrada y callada, en una sacristía.
Sería traicionar al Señor Jesús y a la misión por Él encomendada. La Iglesia, al llevar el mensaje del Señor de la Vida, porta a una sociedad herida por el mal en sus distintas formas, la medicina que trae la verdad, la caridad y la reconciliación.
Y aún más, ésta presencia necesaria de la Iglesia de participar de la vida social, es un derecho que la misma historia reconoce, pues gracias a la fe se formó nuestra nación, la nación peruana.
Gracias al crisol de la fe, se reconciliaron las razas y todos supieron que tenían un solo Padre, Dios Todopoderoso, un solo Redentor, Nuestro Señor Jesucristo, y una sola Madre, nuestra querida Virgen María.
¡Y qué demostración más se puede necesitar cuando aquí mismo vemos cómo el “Señor de los Milagros” nos ha congregado, nos ha unido por la fe, donde no hay diferencias entre nosotros porque todos somos hermanos en el Señor Jesús!
Hermanos: de la tentación de pretender vivir sin Dios, como si Dios no existiera, y de sus funestas consecuencias, nos quiere prevenir para nuestro bien el “Señor de los Milagros”, en este mes de octubre que hemos comenzado a vivir como un tiempo de gracia y de salvación.
6. Hermanos: El Hijo de la parábola, el heredero a quienes los viñadores agarraron, empujaron fuera de la viña, y después mataron, ¡es Cristo crucificado!, el “Señor de los Milagros”.
San Pedro en los Hechos de los Apóstoles dirá en su predicación el día de Pentecostés: “aquel a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías (ver Hch 2, 36).
Por ello el llamado del Dueño de la Viña, que no es otro sino Dios Padre, es apremiante: “Tengan respeto de mi hijo”. Es decir crean el Él, háganle caso, síganlo. Sólo así tendrán vida y la tendrán en abundancia.
Cristo, el Señor de los Milagros, es el Hombre Perfecto
Hermanos: Cristo, que es para nosotros el “Señor de los Milagros”, es el único salvador del mundo, ayer, hoy y lo será siempre (ver Hb 13, 8).
En palabras del apóstol San Pablo podemos decir: ningún otro nombre nos puede salvar, sino uno solo: el de Cristo (ver Hch 4, 12).
De ahí la importancia de no expulsarlo de nuestras vidas, personal, familiar, y social, como hicieron los malos viñadores, sino más bien acogerlo con fe, y “hacer todo lo que Él nos diga” (ver Jn 2, 5), siguiendo la indicación solícita de nuestra Madre Santa María.
Sólo en Cristo, el hombre, es decir tú y yo, podemos realizarnos en plenitud. Si lo rechazamos y expulsamos de nuestras vidas, nos condenamos a una humanidad incompleta.
El ser humano no puede comprenderse del todo a sí mismo teniendo como única referencia las otras criaturas del mundo visible.
El hombre encuentra la clave para entenderse a sí mismo contemplando al Señor Jesús, el divino modelo, el Verbo encarnado, el Hijo eterno del Padre.
De ahí la imperiosa necesidad que todos sentimos en el corazón de contemplar al “Señor de los Milagros” en su santuario de la Nazarenas; o de acompañarlo por largas horas en la procesión; y sobre todo la necesidad que sentimos de encontrarlo vivo en este mes de Octubre en los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía.
Es el corazón humano iluminado por la fe, y deseoso de una vida plena y feliz en la verdad y el amor, que nos grita que sólo “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, n. 22).
Cristo, el “Señor de los Milagros”, es el Hombre Nuevo. Más aún es el Hombre Perfecto, aquel que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado. En Cristo, nuestra naturaleza humana ha sido elevada a un dignidad sublime (ver Gaudium et spes, n. 22).
Hermanos al iniciar el mes de Octubre hagamos caso a la voz de Padre que nos dice: “Tengan respeto de mi hijo”.
En ello nos jugamos la felicidad; en ello nos jugamos la posibilidad concreta de construir el Perú justo y reconciliado que todos añoramos, donde de una vez por todas reine la ansiada Civilización del Amor. Pero sobre todo en ello nos jugamos la salvación eterna, nuestro destino eterno.
Hagamos de este mes bendito de Octubre, mes morado, mes de nuestro Amo y Señor, el “Cristo de la Maravillas”; mes que Dios en su Providencia concede al Perú y al Mundo desde hace 354 años, como un don de su amor misericordioso, un momento fuerte de conversión personal, de crecimiento en la santidad, de renovación intensa de nuestra vida cristiana, y sobretodo de testimonio valiente de nuestra fe católica en la vida social.
Que así sea. Amén.