Queridos hermanos:
Con inmenso gozo nos encontramos hoy reunidos en la Basílica Catedral de Lima, en la celebración de la Santa Misa, para ordenar 7 nuevos diáconos que se han formado en el Seminario de Santo Toribio y que han emprendido el camino al sacerdocio para la Iglesia en Lima.
Desde que el Santo Padre Juan Pablo II me nombró Arzobispo de Lima, manifesté públicamente que mi primera prioridad era promover la pastoral de las vocaciones sacerdotales y para ello cuidar la vida en el Seminario Arquidiocesano despertando en los jóvenes la llamada a ésta vocación.
Con la gracia de Dios, y la colaboración de los sacerdotes del Presbiterio de Lima, “la Palabra de Dios está fructificando” (cf. Hechos 6,1) Contemplamos que florecen en número y calidad abundantes vocaciones al sacerdocio diocesano, es decir sacerdotes cuyo superior es el Arzobispo de Lima y que se ordenan para atender a los fieles de Lima.
Hoy, en este paso tan importante como es la ordenación diaconal, meditemos la importancia que tiene la Palabra de Dios en la Iglesia. Estamos contemplando y viviendo una “crisis de la palabra”.
Cuando la palabra va perdiendo su significado, cuando los gestos no tienen una relación con el contenido de lo que se dice, entonces la gente se confunde. Es aquí cuando debe venir a nuestra mente y a nuestro corazón que Jesucristo es la Palabra revelada, el Verbo del Padre. Por lo tanto para nosotros ese Cristo Verbo del Padre, que se hizo hombre, que habitó entre nosotros es palabra viva que hoy sigue siendo actual; es una ayuda, una presencia viva de Cristo siempre actual en la Palabra de Dios. Debemos leerla, meditarla, escucharla.
El Papa, Benedicto XVI, al conmemorar 40 años de la promulgación de la Constitución Dei Verbum, un documento del Concilio Vaticano II, les decía a un grupo de especialistas reunidos en Roma que hay que saber escuchar la palabra de Dios para poder transmitirla. Por ello quiero recordarles no solo a ustedes, diáconos que hoy se van a ordenar, sino también a los sacerdotes: Que es Cristo que sigue hablando a través de nosotros sacerdotes y diáconos.
No defraudemos al Pueblo de Dios. Poco interesan nuestras ideas; lo que la gente quiere escuchar es la Palabra de Dios. Preparar bien la catequesis, la enseñanza de la religión y la predicación. Como dice el apóstol San Juan “Ellos han puesto por obra tu palabra” (S. Jn. 17, 6). Así se dirige Jesús a su Padre Dios, refiriéndose a lo que ocurriría a lo largo de la historia de la Iglesia, “ellos han puesto por obra tu palabra”. Este es el misterio que le da luz y fuerza a la Iglesia, esa presencia de Cristo eternidad en el tiempo, esa palabra pronunciada en un momento hace 2000 años pero palabra viva, palabra actual eternamente presente.
Esa es la palabra que hace que la Iglesia se renueve, se rejuvenezca, sea siempre joven; que atraiga siempre con ese mensaje de salvación. Por eso hermanos, nuestra palabra tiene poco interés. Lo que tiene valor es lo que Dios me dice en su palabra en el silencio de mi oración. Y como fruto de esa oración brote esa predicación. Eso es lo que permanece, pues ellos han puesto por obra tu palabra.
De manera especial la iglesia, a ustedes que se ordenan, los envía como testigos vivos de Cristo.
Que hablen con la convicción de quien puede decir: “yo lo he visto, es mi amigo, yo lo conozco, lo hago visible con mi palabra, con mis obras, con mis sentimientos y deseos. Él actúa en mí. Yo soy su instrumento visible y de alguna manera yo soy el sacramento de Cristo. Un signo visible de una acción invisible. Soy palabra encarnada, participo de ese verbo encarnado. Es Él que habita en mí”. Así como dice San Juan: “La palabra tuya es la verdad misma”.
Por eso hermanos, que bonito es leer, estudiar, meditar, una y otra vez, la palabra revelada conocerla, predicarla, aplicarla a la vida diaria con esa identidad de la que tanto se habla.
¿Quién es el sacerdote?, ¿Un joven entusiasta?, ¿Un líder?, ¿ Un hombre con mucho carisma?, ¿Un hombre que hace cosas especiales? ¡NO!. Es Cristo. La identidad suya deriva del único sacerdote Cristo. Por lo que el ordenado se transforma en la Iglesia y para la Iglesia en una imagen real viva transparente de Cristo sacerdote: “Una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor”. Por medio de la consagración, el sacerdote “recibe como don un poder espiritual, que es participación de la autoridad con que Jesús, mediante su Espíritu, guía a la Iglesia”.
Todo esto depende de cada uno. Por eso, todos debemos pensar que para que haya mas sacerdotes y para que los sacerdotes busquen la santidad, el Papa Juan Pablo II nos dejó ese testamento al comienzo del nuevo milenio y el Papa Benedicto XVI lo viene poniendo en práctica de una manera preciosa.
¿Y que nos dice a todos ese testamento? Estamos llamados a la santidad, estamos llamados a hacer presente a Cristo: En un joven de 16 o 17 años, en un señor casado de 48, en un enfermo postrado en la clínica, en un sacerdote por el sacramento, en una joven, en una religiosa, en una mujer, en ricos y pobres. Nos está invitando el Espíritu Santo.
Con palabras del Papa, muestren a Jesús que habla, que mira, que ama, que perdona, que no transige con el error. Que es coherente, porque la fe que se ve, se ve en su palabra en su gesto en sus obras, la fe interpela a la cultura.
Y entonces, ese hombre, esa mujer, ese deportista, ese artista, ese universitario, ese hombre enfermo, esa variedad maravillosa de hombres y mujeres que Dios ha traído al mundo dialogan desde dentro del mundo sin ser mundanos, con el arte, con la política, con la economía, con la cultura, con la familia, con la escuela. Y van siendo sal y luz que le da sabor cristiano a esta vida y a este mundo maravilloso que ha salido de las manos de Dios.
Pero hermanos, si no buscamos la santidad, la sal se vuelve sosa, el mundo se oscurece y entra la tiniebla. Entra, como decía el Papa el primer día en San Pedro, el desierto, el hambre de Dios. Y el mundo, en lugar de ser una criatura maravillosa, se convierte en ocasión de pecado y de perdición.
Esa misión y tarea la tenemos todos... ¡que bonito!, Pero como comprenderán no es tiempo de miedos, de duda. Es tiempo de gozo, del encuentro, del asombro... del asombro que tú y yo tenemos al encontrarnos con Cristo. Y ese asombro pone en funcionamiento toda mi creatividad, mi alegría, mi firmeza, mi variada personalidad, mi modo de ser mis “peces y mis panes” para que Jesús los multiplique y haga el milagro de la pesca milagrosa.
Todo esto, queridos hermanos seminaristas que van a ser diáconos, será posible con una vida de entrega a Dios en la Iglesia, procurando que Cristo vaya siendo dueño, cada día más, de mi vida. Para esto, hace falta esa humilde reacción que acepte los dones del Espíritu Santo: Notamos que el Espíritu Santo entre en el alma, notamos que el Señor me pide esa afirmación gozosa de amor: El gozo del celibato.
¡Qué ignorancia los que hablan de la soledad del sacerdote!
No conocen el amor. El sacerdote es experto en amor porque entrega y se casa con el autor del Amor, con Cristo mismo. Y en esa fidelidad, en ese amor apasionado donde vuelca todas sus potencias con el mismo lenguaje del amor humano elevado a ese carácter divino, se enamora para entregarse a las almas, para dejarse clavar en la Cruz por Amor; para acudir al último rincón a buscar un enfermo, un alma que quiere confesarse, un viático para un pobre hombre al que hay que atender. No movidos por ningún otro motivo que la pasión del Amor.
¡Qué pena escuchar que se habla de la soledad del sacerdote!
El sacerdote nunca está solo, siempre está con Cristo, siempre está con la Madre de Dios, siempre tiene esa Trinidad: Padre, Hijo, y Espíritu Santo, danzando en su alma. Y por eso, ese amor lo lleva a tener el poder de ayudar aconsejar, unir, promover el amor en el mundo. ¡Que poco se sabe de amor cuando se confunde con el puro deseo!.
Por eso hermanos ese celibato, que hoy van a prometer de modo solemne, es una afirmación gozosa, voluntaria y libre, que va a conformar un estilo de vida en un mundo tantas veces materializado y permisivo. La castidad es un don de Dios que debemos recibir y cultivar cada día de nuestra vida. El amor sano y transparente no debe quedarse en pura afectividad y sentimentalismo sino que se debe integrar en la madurez de una personalidad sana y serena.
En el vientre purísimo de Santa María, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Que tu sacerdocio brote de ese mismo vientre de María, que tu vida sea mariana de principio a fin para que tengas ese aire a nuestra Madre. Por eso, nos acogemos a ella.
Madre mía, recibe a estos hijos tuyos que se van a ordenar de Diáconos, a todos nosotros sacerdotes, a todos los consagrados, a todas las familias en ese vientre tuyo. Ayúdanos a ser Palabra Viva de Cristo, a ser como tú ese Tabernáculo en donde la Eucaristía tomó cuerpo. Casi podríamos decir: ¡Sin María no se puede!. Por eso, acudamos a ella con ternura y con cariño.
Quiero terminar agradeciendo mucho a los formadores del Seminario, a los Obispos Auxiliares, a todos los sacerdotes de la Arquidiócesis por este empeño en esta verdadera cruzada vocacional.
Y de manera muy especial a los papás. Son ustedes papás y hermanos los que a ellos, desde pequeñitos, sembraron la semilla con una palabra, con un ejemplo, tal vez con una dificultad. Y hoy con alegría y orgullo santo contemplan esta maravilla de ver que sus hijos escogidos por Dios, pero con la colaboración de ustedes, llegan a ese paso previo inmediato a la ordenación sacerdotal.
A ustedes futuros diáconos les recuerdo la obediencia. Obediencia que se comprometen a prestar a quien es su Pastor: A mí y a mis sucesores en esta Iglesia particular. Y se comprometen a servir a este Pueblo de Dios peregrino en la Arquidiócesis de Lima. ¡Día de enorme gozo y día de Acción de Gracias!.
Así Sea.