- Viernes, 23 de setiembre de 2005 -

Homilía pronunciada durante la ceremonia
de Ordenación Diaconal realizada
en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe

Monseñor Pedro Zubieta, delegado mío para la orientación de esta naciente congregación de los Misioneros de la Reconciliación y del Espíritu Santo
Padre Felipe, Superior General
Queridos sacerdotes concelebrantes
Futuros diáconos
Familiares, religiosas

Queridos hermanos todos en Cristo:

Hoy, en esta Santa Misa vamos a cumplir lo que nos dice el profeta Isaías: el espíritu del Señor está sobre mí porque Él me ha ungido con el rito de la ordenación diaconal que tiene, como todos los ritos, una parte visible.

Ustedes verán que impongo las manos, que estos jóvenes se posan en el piso, que les entrego el Cáliz y el Evangelio. Son signos que ustedes ven pero hay una parte que no ven y es lo más importante. Es la parte justamente del Espíritu del Señor que actúa a través del Pastor en el alma de cada uno de ellos y por lo tanto, ya no son los mismos después de la ordenación diaconal. Son diferentes, es decir, a partir de ese momento toda su acción es en nombre de la Iglesia.

Ya no se da lo que cada uno quiere hacer, sino que ya son ministros de la Iglesia. De una manera especial Cristo los asume y dice: “A partir de hoy ustedes en nombre mío van a predicar de Dios. No va a ser tu palabra, ni lo que le gusta a la gente, vas a ser un representante mío que predicará dicha Palabra”.

Ustedes son elementos de la Iglesia

Por eso fíjense que estos hermanos nuestros y la misma Iglesia son imagen y semejanza, participamos del destello de Dios hecho hombre que se llama Jesucristo, que tiene dos naturalezas: la humana (lo vemos como hombre, con nombre, como hijo de María), pero al mismo tiempo tiene la divina, es decir, es Hijo de Dios, que vive al mismo tiempo.

¿Cómo se produce este misterio humano y divino? Pues es un milagro que da origen a nuestra salvación; por ende la Iglesia también es hum ana y divina; tiene elementos humanos (ustedes, los diáconos, los religiosos) a imagen de Dios. Esta Iglesia tiene la naturaleza divina que la constituyen los sacramentos, obras de Dios a través de los hombres.

Esto es muy importante, no sólo para ellos (los diáconos), sino para todos porque si la Iglesia solamente fuera un grupo de amigos muy organizados, que se quieren mucho, bien por ellos. Pero la Iglesia es mucho más: cuerpo místico de Cristo, instrumento de salvación.

A través de esos hombres, el Señor escoge. En el primer grado, los diáconos; en el segundo grado, los sacerdotes; en el tercer grado, los obispos. Un sólo sacerdote, Cristo. Ellos tendrán visita en el primer grado fundamentalmente para predicar la palabra de Dios, para servir la mesa de la Eucaristía.

Cuiden los ratos de oración

Por eso les aconsejo, mediten, preparen, conozcan, vivan esa Palabra para que de una manera adecuada la puedan transmitir con el cuerpo de Dios y, al mismo tiempo les digo en este Año de la Eucaristía , cuiden esos ratos de oración junto a Jesús en la Eucaristía , cuiden esa delicadeza de saber hacer la genuflexión, de acompañar a Jesús, de cuidar el tabernáculo. Que la gente piense: “Este joven cree; mira cómo reza, cómo se arrodilla, cómo entrega el cuerpo de Cristo sólo a quienes están en gracia de Dios”.

En el mundo de hoy, esta dimensión de misterio de lo que no se ve cada día es poco atendida. Todo se queda en lo que veo, entonces nos quedamos sin Iglesia. Por eso el Hijo de Dios vino a la Tierra y, como nos dice San Pablo en la epístola de hoy, “me alegro de sufrir por vosotros, porque completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo, que es la Iglesia , de la cual Dios me ha nombrado ministro”.

Es el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y que ahora ha revelado. Rescatémoslo. El Papa lo viene recordando mucho. Cuando me confieso no es ante un hombre, es un sacerdote ministro en los misterios del perdón. Él recibe ese dolor, ese pecado y te entrega el perdón de Dios.

Igual en la Misa , nosotros renovamos el misterio de la muerte de Cristo en la cruz y la entrega en la Última Cena. Esa es la Misa. Y cuando leemos la Palabra de Dios es el mismo Cristo quien nos habla y ustedes están bautizados.

Cuando entre sus amigos hablan y les llevan la Palabra , cuando se visita a un enfermo, cuando se da de comer a un hambriento, no somos un grupo de amigos como una ONG. Lo hacemos porque así lo hizo Cristo. Es la Iglesia que visita, cura, convierte, aconseja. Si no lo hacemos nos quedamos sin Iglesia.

Amor total y exclusivo a la Iglesia

Por eso, aunque son muchas las dificultades, lo hacemos con una gran esperanza porque son acciones de Dios, de su Iglesia a través de estos instrumentos que somos nosotros. Ustedes que van a ser ordenados diáconos harán una promesa solemne de cuidar el celibato.

A veces, viendo con ojos humanos, mucha gente no entiende esa entrega total de un corazón decidido, de esa renuncia por amor a Dios a formar una familia para vivir la castidad y el celibato toda la vida. Con los ojos humanos no entienden y es posible que tengan razón, pero deberían entender que con ojos divinos Cristo formó su Iglesia y ha querido mantener ese espíritu de castidad y de celibato para entregar con su gracia a estos jóvenes, a ese amor total y exclusivo a la Iglesia.

No es un problema de estadística, no es un problema de opinión. Es mandato de Dios y de la Iglesia. Por lo tanto, es gente que sabe amar, que vive en paz con el amor.

Por eso les digo a ustedes diáconos: cuiden esa paz con Dios, cuiden esa vida espiritual porque sólo así viviremos la fidelidad al mandato de la Iglesia. Sólo así, con la pasión de ustedes, los sacerdotes seremos fieles a lo que nos pide el Señor.

Palabra de Dios, celibato de Cristo, obediencia a la Iglesia , misterio. No es igual al trabajo de un ingeniero, un futbolista o cualquier persona en donde no podemos ver ningún misterio.

Aquí si hay un misterio: la fidelidad es parte de la gracia de Dios. Esa conversión en el sacramento de la confesión, es acción de Dios a través del sacerdote; esa conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre para que alimente tu alma es causada por Cristo (que no puede ser visto) a través del Padre que celebra la Misa (que sí puede ser visto).

Por eso nuestra Madre la Iglesia , que es tan buena, en el Evangelio de hoy dice San Juan: “Jesucristo, yo soy el buen pastor”, y eso es lo que decimos todos los sacerdotes y también ellos, que están en ese camino. El ‘buen pastor’, el que está unido a Cristo, el que ofrece a la Iglesia , el que obedece a sus superiores, da la vida por las ovejas.

Tenemos que ser fieles

Padre Felipe: dale gracias a Dios por esa alegría. Con la ayuda de todos va creciendo esta familia religiosa de los Misioneros de la Reconciliación del Señor de los Milagros; con la ayuda de Nuestra Madre Santa María sean fieles y vivan unidos. Cumplan esas normas que tienen establecidas y estén muy unidos a Jesús en la Eucaristía.

Hay un gran desafío: tenemos que ser fieles. El Señor nos llena de su gracia, por eso quiero recordarles hoy el misterio que ustedes van a recibir, el cual es mucho mayor que las debilidades que todos tenemos pero el Espíritu Santo ha encontrado en ustedes hombres que buscan la santidad, y donde estén serán Cristo.

Ahora que serán diáconos, intensifiquen este tiempo de preparación. Que el Señor se apropie cada vez más de la personalidad, libertad, de todas las condiciones que tienen, estudien y obedezcan como debe ser. Si están unidos a la vida espiritual, el Señor nunca los va a abandonar.

Así sea.
 
 

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