- Jueves, 28 de julio de 2005 -

Homilía de la Santa Misa y Te Deum
celebrados el 28 de julio de 2005

Dignas autoridades, políticas y militares
Ilustres miembros del Cuerpo Diplomático
Hermanos en el Episcopado
Miembros del Venerable Cabildo de la Catedral de Lima
Queridos Hermanos todo en Cristo

En estos días, en los cuales los peruanos recordamos con especial agradecimiento y afecto el origen de nuestra república y las características de nuestra nacionalidad, no puede dejar de escucharse la voz de la Iglesia, que recibió el mandato de Nuestro Señor Jesucristo de enseñar con la palabra y con el ejemplo.

En esta línea, como pastor de esta Arquidiócesis, creo que es mi deber decir unas palabras, como han hecho mis ilustres predecesores; que sean la voz del pastor en la coyuntura actual.

En la Epístola de San Pablo a los filipenses, hemos escuchado estas palabras reveladas: “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, todo lo que es virtud o mérito tenlo en cuenta. Y lo que aprendiste, recibiste, oíste y viste en Jesucristo, ponlo por obra. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filipenses 4, 4-9)

No puede omitirse en este día el recuerdo que merece el doctrinero, el catequista en uno y otro pueblo de la Costa o de los Andes, y que merece el misionero que llevó al mundo de historia y de leyenda de la selva amazónica, junto con el Evangelio, el mensaje de la presencia del Perú; y acompañó e impregno con su espíritu la vida de nuestra sociedad desde el encuentro del mundo andino con el español en el siglo XVI. Como un símbolo impresionante dentro de la historia de lo que quiero expresar puede citarse la edición de la Doctrina Cristiana, en Lima, en 1584, primer libro publicado en el Perú.

Desde esos años, la Iglesia ha estado presente en la comunidad peru ana en formación, y al lado del hombre nuestro, con su enseñanza, con su ejemplo. En la vida de todos los días, y dentro del marco de una nueva cultura en formación, el corazón de la Iglesia late, en la médula, en la sustancia de lo peruano. El amor a la Patria es parte de nuestra identidad católica. La Iglesia portadora de su mensaje de amor a Dios nos enseña primero el Credo y después los mandamientos. No es un moralismo vacío. Es una doctrina viva en un ser vivo: Cristo en su Iglesia.

Un estudio sereno de nuestra realidad nos permite advertir, sin visiones unilaterales, cómo al lado de las malas noticias son muchos los factores positivos en la vida presente de la nación. Los peruanos, con el apoyo de la técnica de nuestros días nos conocemos mejor y viajamos constantemente entre una y otra provincia, fenómeno desconocido hace cien años; el ana lfabetismo se ha reducido de modo significativo; se desarrollan valiosos programas de vivienda y el afán por enriquecer los conocimientos está en la voluntad de nuestra gente. Está presente, además, un fenómeno muy interesante de ascenso social. Éste sería parte del lado fecundo y creador de una medalla que reflejara la vida del Perú de hoy que es patrimonio de todos los peruanos.

No obstante, los aspectos negativos no se pueden soslayar. Fenómeno de dimensión dramática es la visión relativa de la norma moral: “la dictadura del relativismo moral”, como la definió en la víspera del Cónclave el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI. ¡Cuántas denuncias han zarandeado a los peruanos! ¡Olas de pensamientos que nos han llevado de un extremo al otro confundiendo a la población! En resumen una “alienación paralizante” que no reconoce nada como bueno y que deja como única medida moral el propio egoísmo y los propios caprichos.

El insulto, la denuncia, y lo sensacionalista pueden introducirse en el mercado a un costo muy bajo; en cambio, la verdad, la responsabilidad y la calidad suponen un camino muy largo y un precio muy alto porque requieren de un valor superior. En los tiempos actuales el Perú requiere de este suplemento de valor. No debemos permitir que se mire y se escuche la verdad con desdén manteniéndola como en una “isla”, al margen de la vida. Ni permitir que se la apropien utilizándola dentro de ropajes moralizantes. El Evangelio nos habla de esa “verdad que nos hará libres”. Lo que posibilita la libertad no es la lucha contra las instituciones, sino el esfuerzo por conseguir instituciones conformes a la justicia. Solamente proporciona libertad una justicia que inspire confianza y que sea aplicable. La verdad es de tal calidad y es tan necesaria para la vida en sociedad que no se presta a ser convertida en arma de amenaza y menos de manipularla al servicio de objetivos subalternos.

Quiero referirme a un aspecto puntual: La afirmación sobre la verdad del matrimonio y la defensa de la familia deben ser preocupación y mandato que a todos nos compromete. La familia, institución de orden natural irreemplazable, sufre la censura implícita o expresa de quienes pretenden reconocer en el matrimonio una estabilidad simplemente temporal vinculada con la voluntad libre de uno u otro de los esposos. Del mismo modo, se conspira contra ella cuando se quiere configurar una asociación hum ana de diverso estilo que olvida que la unión entre el hombre y la mujer es elemento que por un orden simplemente racional no puede tener sustituto.

El relativismo moral al que antes me he referido produce, entre otras consecuencias, la ausencia de valores que es una de las grandes limitaciones de la tarea docente contemporánea. Se instruye pero no se educa, o la educación es sólo sentimental y deficiente. Debemos reiterar la necesidad de la educación integral de la persona, de la formación de su cabeza, de su criterio, de su conciencia; es urgente formar a las nuevas generaciones a través de una línea que las aleje del egoísmo y las acerque a la solidaridad. Como se ha dicho en otras oportunidades semejantes a la que ahora nos reúne, es tarea central fortalecer la educación de nuestros compatriotas en valores. Formar a la persona, formar al hombre, es tarea superior a cualquier otro empeño social.

La Iglesia, en su Magisterio social, nos enseña que todos los peruanos tenemos la misma dignidad como criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios, y elevados a la condición de hijos adoptivos, en Cristo, por la gracia bautismal. El flagelo de la pobreza que nubla la vida de todos los días no podrá vencerse si es que se carece de una visión cabal de lo que es el hombre y de cuál es su destino. La solidaridad, virtud cristi ana , será realidad cuando entre todos los peruanos busquemos y logremos la seguridad jurídica necesaria y el orden público imprescindible.

Todo ello permitirá que, con más inversión de capital, mayor eficiencia en la producción y, de manera especial, con una justa distribución de la riqueza y del empleo, se ofrezca una auténtica propuesta pacífica de dignidad para todos. En cambio, queremos recordar que la violencia no conduce a nada.

En este cuadro que aspiro a pintar con los colores más objetivos de la realidad peru ana , es factor fundamental fortalecer nuestra conciencia de la identidad nacional; enriquecer el conocimiento de nuestra historia que nos ha creado como nación; superar el pesimismo que hoy día nos aniquila en buena parte por ignorancia de lo que ha sido y es la persona social que llamamos Perú.

La globalización es un hecho universal que no podemos desconocer y en el cual ya nos encontramos. Sin embargo, nuestra presencia en el mundo mayor de lo universal no es ni puede ser amorfa, incierta. El Perú ingresa al diálogo más intenso de lo global, con su historia, con su pasado de siglos y milenios, con su realidad antropológica y social, con sus valores morales cristianos, del mismo modo que el hombre nuestro es y será con más fuerza actor en lo universal y de lo universal, con el nombre y apellido de “peruano”. Ser peruano no es un accidente; es una cualidad que debe penetrar toda nuestra vida y definir muchas de nuestras decisiones.

En esta hora de gran responsabilidad recordemos que la verdad vendrá dada no por la imaginación brillante, ni por la opinión, ni por el número de votos, ni por la brutalidad de los hechos consumados, ni por el poder de quien domina, sino que la verdad se impone por la luz y claridad de la realidad que formula.

Nuestra época, nos enseñó Juan Pablo II, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. Sin amor y respeto a la verdad no podemos hacer Patria. En este año que inauguramos hoy formulamos el deseo de que este gran valor de la verdad esté presente en el normal desarrollo de las propuestas electorales de los candidatos, como un homenaje a nuestra Patria, el Perú, como un homenaje a todos los peruanos.

Este año estamos viviendo el Jubileo en preparación al cuarto centenario del fallecimiento del segundo Arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, este misionero incansable. A él nos dirigimos para que nos ayude con su intercesión delante de Dios.

En el Evangelio la Virgen María nos acaba de decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador (S. Lucas 1, 39-47)

Madre Mía, Reina de la Paz, que este año que inauguramos, la paz ilumine nuestra Patria, la verdad señale el rumbo de este panorama electoral, y la humildad en todos nosotros, permita que el país unido afronte esta coyuntura difícil, pero que tengamos esa permanencia de lo peruano. No dividamos, unamos.

Que Dios bendiga a nuestra Patria,

Así sea.
 
 

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